martes, 27 de octubre de 2009

Franz Kafka: Un médico rural

Idioma original: alemán
Título original: Ein Landarzt
Fecha de publicación: 1919
Valoración: Imprescindible

Es sabido que Max Brod publicó póstumamente la mayor parte de la obra de Kafka contra la expresa voluntad de éste, que le había confiado sus manuscritos inéditos con el mandato de destruirlos. La desconfianza de Kafka hacia su propia obra era tal, que en una carta a Brod del 29 de noviembre de 1922 confesaba que, de todos sus escritos, sólo cinco libros tenían algún valor. Inmediatamente añadía: "no quiero decir con esto que tenga el deseo de que se impriman de nuevo y se transmitan a los tiempos venideros; al contrario, si se perdieran del todo, se cumpliría así mi auténtica voluntad" (fuente: "Kafka" en la Wikipedia alemana). Estos cinco libros eran La condena, El fogonero (que luego se convertiría en el primer capítulo de la novela inacabada América), La metamorfosis, En la colonia penitenciaria y Un médico rural, a los que se sumaba el relato "Un artista del hambre".

Afortunadamente, Max Brod no hizo el menor caso de las instrucciones recibidas, y publicó todo lo que encontró. Sin él no conoceríamos El proceso, El castillo o la Carta al padre, por ejemplo. No es aventurado pensar, sin embargo, que la influencia de Kafka sobre la literatura no hubiera sido menor si se hubieran conservado sólo esos cinco libros que no le desagradaban. En ellos está ya todo Kafka, y así lo supieron ver los pocos críticos que le reconocieron en vida. Entre ellos, Walter Benjamin. Hoy hablaremos de uno de estos libros: Un médico rural.

Es díficil decir cuál de los relatos de Kafka es más inquietante, pero desde luego el que da título a esta colección no estaría nada mal posicionado en esa carrera. Transcurre todo él como una pesadilla, es decir, con ese extraño sentido de lo que es al tiempo incomprensible y necesario. Un médico debe salir en mitad de la noche a visitar a un enfermo grave que vive lejos. No encuentra caballos para su coche, pero de pronto surge alguien de su pocilga y le da dos caballos, tomándose a cambio el derecho a hacer lo que quiera de Rosa, la criada del médico. El pueblo está lejos y es de noche y está nevado, pero el médico llega sin darse cuenta. El paciente no tiene fiebre y parece sano, pero una segunda revisión descubre una herida supurante y llena de gusanos. Todo ocurre así, como episodios de una contradicción irreal y constante. Esa atmósfera de pesadilla diluye la capacidad de asombro del lector, que empieza a aceptar, con la sumisión del protagonista, el terrible desenlace que se prepara.

Frente a esto, es todo un alivio leer "Preocupaciones de un padre de familia", donde se describe a Odradek, un afable ser animado que parece hecho de hilos. Nada puede haber de malo en una madeja parlante, dirá el lector. La última frase revela, sin embargo, el desconsuelo inevitable que despierta en todo humano la visión de Odradrek.

Un par de relatos comparten cierto parentesco: el celebérrimo "Ante la ley" (incorporado luego a El proceso), "Un mensaje imperial" y "Un viejo manuscrito". En el primero, ya se sabe, un campesino espera ante la puerta de la ley a que el guardián le deje pasar, pero esto no sucede nunca; en el segundo, el emperador envía un mensaje a un súbdito suyo desde el lecho de muerte, pero el mensajero nunca conseguirá salir del vasto palacio y, si sale, nunca podrá abandonar la capital. En cuanto a "Un viejo manuscrito", tengo la sospecha de que está de algún modo en la raíz de la novela Esperando a los bárbaros, de Coetzee. En el relato de Kafka, un ciudadano aterrorizado cuenta cómo los nómadas salvajes se han adueñado de la capital del imperio, y llegan a comerse viva una vaca frente a los mismos muros del palacio imperial. Nadie puede impedir sus desmanes, y menos que nadie el emperador, que les observa con melancolía desde una ventana. Creo que la novela de Coetzee parte de la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si ese relato no es más que la proyección de un miedo sin fundamento real? ¿Qué ocurriría si fuese el propio imperio quien alentara ese miedo a unos bárbaros que quizá no existan?

Haya o no motivos para esa filiación, lo cierto es que la versión de Coetzee es anti-kafkiana, porque el parentesco que une a los tres relatos mencionados es precisamente la creencia en la debilidad congénita del poder. El poder no puede engañarnos y manipularnos, porque es demasiado débil. Permanece alejado de nosotros de un modo cruel, sí, pero su ocultación no responde a una siniestra voluntad de dominio, sino a la acción de unas instancias intermedias. Nos deja abandonados a nuestra suerte, sí, pero no por indiferencia, sino por incapacidad. El emperador sabe de nosotros: nos busca en su lecho de muerte, nos mira desde la ventana, pero hay demasiadas barreras entre él y nosotros. La Ley mantiene una puerta destinada para cada uno, pero hay infinitos guardianes hostiles que nos impiden el paso. El poder impotente: ésta es la paradoja que revelan los tres relatos, y el núcleo mismo de la obra de Kafka.

Sin duda, son muchas las influencias que le llevaron a esta idea. No puede despreciarse su contexto histórico, claro: el Imperio Austro-húngaro. ¿Qué relación había entre Francisco José I y Kafka, miembro de la minoría judía, dentro de la minoría alemana, en la pequeña región checa del Imperio? Pero yo no puedo evitar pensar que hay cierto influjo de la teología gnóstica, aquella que confiesa un Dios bueno pero impotente, separado del hombre por una extensa jerarquía de malvados arcontes. Si Kafka tuvo acceso o no a esta teología, es algo que ignoro. Afortunadamente para sus lectores: lo mismo da.

También de Kafka: Carta al padre.

5 comentarios:

Jaime dijo...

Vale, Santi, la reseña me ha salido insufriblemente larga.. pero al menos lee la parte en que hablo de Esperando a los bárbaros y dime qué te parece mi genial hipótesis de detective literario. ¡Que es tu libro!

Santi dijo...

Pues tu hipótesis sobre Coetzee puede tener su parte de verdad, porque seguro que Coetzee conocía muy bien las obras de Kafka, aunque es difícil saber si hay una filiación directa entre los dos textos. Más bien yo diría que hay un tema común en ambos, como tú dices: la relación entre el poder y el individuo, o cómo se puede (si es que se puede) soportar el enorme peso del poder -de todos los poderes superpuestos- y no morir en el intento.

En todo caso, la idea del Imperio y los bárbaros es una imagen muy poderosa, que utilizó por ejemplo Kavafis en su famoso poema ("Esperando a los bárbaros", este sí directamente relacionado con la obra de Coetzee).

Es curioso que en tu reseña hablas de un "poder impotente". No es esa la impresión que yo tengo leyendo a Kafka: yo más bien hablaría de "poder imponente". Como si previese las arbitrariedades de los regímenes totalitarios del siglo XX, Kafka siempre muestra al poder como un ente burocratizado, arbitrario y, sobre todo, opresivo.

Es cierto que las figuras de poder de Kafka suelen ser "segundones" en la jerarquía: guardianes, burócratas, funcionarios... Pero es que, creo yo, a Kafka no le interesa demasiado realmente el poder que hay al otro lado de la puerta, sino la puerta en sí misma, y sobre todo el modo en que no poder cruzar esa puerta (por la voluntad arbitraria y caprichosa de un sistema absurdo) destruye al individuo, lo anula. Esto está todavía más claro, creo yo, en El proceso o en El Castillo: el individuo muere aplastado no por el poder supremo, que en el fondo es lo de menos, sino por los innumerables engranajes intermedios del poder.

Jaime dijo...

Sí, estoy de acuerdo en que Kafka supo prever muchos de los horrores del poder en el siglo XX. De hecho, Reyes Mate (el flamante Premio Nacional de Ensayo -vaya temporadita de premios, ¿no?-) suele decir -tomando una expresión de Walter Benjamin- que Kafka es una "avisador del fuego", que de algún modo vio la que se venía encima.

La que se venía encima era precisamente la despersonalización completa del poder, la tiranía del burócrata. Lo curioso es que en la vida real, eso llevó aparejado un paralelo culto a la personalidad del líder, que venía como a contrarrestar esa tendencia. Pero en Kafka no existe eso. Es como dices: se detiene ante la puerta.

Pero no creo que sea porque no le interese lo que hay al otro lado. Si fuera así, ¿por qué siempre intentar cruzarla, intentar llegar al Castillo, etc.? En los relatos que menciono, se ve que el poder también se interesa por el individuo (mira por la ventana, le manda mensajeros).

El problema está efectivamente en los intermediarios, en los segundones. Pero yo diría que ni siquiera puede decirse que sean opresivos. Más bien les es totalmente indiferente la suerte del individuo. Ni siquiera se sabe muy bien qué hacen. Uno no podría decir que "gobiernan" o que usan al individuo para fines perversos. Sólo están ahí y molestan. Impiden la eficacia de un poder central que parece bienintencionado, pero que no puede superar tanta barrera. De ahí lo de que sea impotente.

Chito dijo...

Me ha gustado mucho la reseña y su blog en general.
Le cuento que he llegado hasta aquí porque casualmente yo soy un médico rural retirado y estoy escribiendo un libro con una recopilación de todas las maravillosas historias, aunque algunas veces tristes, que mi carrera me ha hecho vivir.
De momento he creado un blog donde estoy poniendo alguna de ellas: http://corazonchito.blogspot.com
Y espero, al finalizar mi libro, tener la dicha de aparecer un su blog.

Jaime dijo...

Me alegro de que te guste el blog, Chito, y te deseo todo lo mejor en este proyecto que comienzas. ¡Mucha suerte!