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sábado, 16 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #6, Peggy Guggenheim: Una vida para el arte

Idioma original: inglés
Título original: Out of This Century
Traducción: Clara Gabarrocas
Año de publicación: 1.979
Valoración: Recomendable (muy recomendable para interesados en el mundo artístico de la época)



Hoy en día el apellido Guggenheim suena a titanio, Frank Gehry y turistas en Bilbao. Pero no siempre fue así. Los Guggenheim fueron una de esas familias judías que amasaron una inmensa fortuna en América y, entre ellos, a Solomon le dio por el arte, hasta que reunió una fantástica colección y fundó el museo neoyorkino que lleva su nombre, del que el de Bilbao es una especie de franquicia (buf, qué mal suena eso).

Los miembros del clan combinaban los negocios con diversas excentricidades. Peggy, sobrina del citado –o sobrina-nieta, no sé-, perteneció a una de las ramas menos favorecidas de la familia, y aun así nadaba en dinero. Con mucha viruta para gastar y tiempo de ocio ilimitado, la señorita Guggenheim pronto se aburrió de la vida convencional, y sacó a pasear una larga lista de ocurrencias, al tiempo que coleccionaba otra nómina, aún más extensa y variopinta, de maridos y amantes. Una idea de las extravagancias la da esta anécdota en un viaje por Egipto: "para pasar el tiempo compré una cabra embarazada con la esperanza de verla parir". Y al respecto de sus parejas, la lista es tan amplia que define toda una forma de vivir. 

A base muchas fiestas y viajecitos por la Europa glamourosa de las primeras décadas del siglo XX, acabó Marguerite (que así se llamaba en realidad, por mucha rabia que le diese) por entrar en contacto con los ambientes bohemios de la época. Diversión, desenfreno y gasto desbocado eran los elementos que condujeron esta envidiable vida hacia el coleccionismo y el mecenazgo. A veces bajo el consejo de una mano sabia (Duchamp sobre todos los demás), y otras veces por pura casualidad, los artistas acababan contactando con Peggy, y la relación pronto daba buenos resultados, bien en la cama, bien en el mercado del arte, o en ambos a la vez.

Así que, casi sin pretenderlo, la autora empieza a comprar arte contemporáneo y a formar una colección que adquiere una magnitud sobresaliente. Porque esta mujer, inteligente y vivaz, parecía tener un sexto sentido, un don para distinguir obras valiosas entre muchas otras.  Y así, lo que empezó como un capricho de ricachona aburrida, terminó por ser no sólo una profesión, sino un estilo de vida. Todo ello llevado a cabo cuando por las obras todavía se pagaban sumas digamos normales, 'antes de que el mundo del arte se convirtiera en un mercado de inversión'. A eso se llama clarividencia, y eso que la buena señora no podía prever la locura que vendría en las décadas posteriores.

La narración mantiene un tono desenfadado y directo, empapado de buenas dosis de ironía, y puede recorrerse en diversos niveles. Podemos leerlo simplemente como la amplísima acumulación de anécdotas personales que es en realidad, un divertimento basado en la vida, extravagante y un punto (o varios) escandalosa, de una señora rica. Desde otra perspectiva, es la historia de una mujer rompedora que siempre se consideró libre y que –ciertamente sustentada por su enorme patrimonio, que el dinero lo aguanta casi todo- tuvo narices para saltarse sin miramientos cualquier tipo de normas convencionales.

Pero personalmente me interesa por encima de todo lo que el libro tiene de crónica del mundo artístico europeo y norteamericano en las primeras décadas del siglo XX, aspecto que empieza a despuntar pasado el primer tercio del relato. Si las Soirées de Paris del conde Beaumont fueron el gran aglutinador de la vida artística de Francia y de media Europa, la Guggenheim fue al mismo tiempo mecenas y descubridora de numerosos artistas plásticos, fundó varias galerías entre las que destacó la famosa Art of this Century, puso en el mapa internacional el entonces incipiente expresionismo abstracto (aunque sobre eso hay otras opiniones), apoyó y dio a conocer a numerosos artistas y, en definitiva contribuyó, entre fiestas, flirteos y derroches, a dinamizar el ambiente cultural a ambos lados del Atlántico.

Todo esto nos lo va contando, paso a paso, en un relato construido de forma sencilla, donde van surgiendo uno tras otro artistas de toda condición, desde Joyce y Beckett hasta John Cage o Yoko Ono, pasando por todos los nombres de artistas plásticos de la época que podamos imaginar. Entre ellos vivió y con ellos trabajó y se divirtió nuestra sorprendente dama, que fue para muchos (Pollock por encima de todos) apoyo fundamental en una época de creatividad apasionante. 

Hasta muy cerca del final vivió en su palacio de Venecia, la ciudad que le enamoró desde su juventud, y donde se le llamaba 'la dogaresa'. Allí permanece su extraordinaria colección, una de las más importantes del mundo. Sus cuadros, lo mismo que los objetos que cualquiera conserva tras muchos años, guardan cada uno trozos de la vida de su antigua dueña. 

2 comentarios:

  1. Yo leí la biografía de Peggy Guggenheim escrita por Anton Gill. Todo un personaje esta Peggy.

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  2. Pues no conocía esa biografía, pero el personaje sin duda es interesante.

    Muchas gracias por tu comentario.

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