domingo, 24 de septiembre de 2017

Boris Vian: El lobo-hombre

Idioma original: francés
Título original: Le loup-garou
Traducción: J.B. Alique
Año de publicación: 1947
Valoración: Recomendable

Para mucha gente esto del ‘lobo-hombre’ se corresponde directamente con la estimable canción que en 1984 dio a conocer al grupo La Unión. Según se ve en el enlace al videoclip, la melodía tiene un punto de oscuridad y misterio muy manifiesto, que se refuerza con las imágenes de callejuelas parisinas, prostíbulos y delincuentes, donde irrumpe la híbrida criatura. El caso es que la archiconocida canción sintetiza bastante bien el relato de Boris Vian, si bien esa ambientación, aunque muy conseguida, tiene poco que ver con el enfoque del texto original. En realidad ‘El lobo-hombre’ es una especie de brevísima fábula en la que un lobo vegetariano, sumamente educado y culto, sufre una sorprendente transformación en humano. Movido por la curiosidad, se interna efectivamente en la noche parisina que tan bien presentaban Rafa Sánchez y sus chicos, desencadenándose alguna situación curiosa. Pero el tono es más bien paródico, el pobre Denis, al principio estupefacto, asume con buen ánimo su nueva condición y se decide a escrutar sus posibilidades, para finalmente mostrar su decepción terminando en algo parecido a un mensaje moralizador.

Así que, desembarazados del posible prejuicio sobre cuentos de terror, nos sumergimos en una colección de relatos que se moverán en parámetros similares al que da título al libro: extravagancia, buenas dosis de humor, el absurdo, tramas disparatadas y, sobre todo, personajes singulares. Porque, como decía Borges, ‘nadie es imposible’. Para eso Vian fue un ilustre miembro del Colegio de Patafísica, aquella célebre 'escuela' que por encima de cualquier otra cosa veneraba la creatividad, la imaginación, haciendo de lo inútil el corazón del arte, poniendo en valor la excepción frente a la regla. Se podría decir que Boris sigue al pie de la letra esas pautas. Los relatos son casi siempre muy breves y en general presentan elementos inverosímiles incrustados en un argumento banal. La intersección de lo insólito con distintos grados de humor (y distintas tonalidades, a veces más verde, otras más marrón) genera un ambiente en ocasiones bastante rabelaisiano (no sé si se dice así), muy francés.

Apenas encontramos la habitual irregularidad de las colecciones de relatos, y su nivel resulta bastante equilibrado. Tal vez uno de los más potentes es ‘Los perros, el deseo y la muerte’, en el que una misteriosa cantante se deleita atropellando perros y peatones, en un mórbido éxtasis del que se beneficia el taxista propietario del vehículo. La cosa recuerda con nitidez a 'Crash’, la turbadora película de David Cronenberg. Otro de mis favoritos es ‘El pensador’, uno de los más divertidos, donde Vian adorna con sentencias patafísicas al idiota Urodonal Carrier.

‘El mirón’ es quizá el relato más convencional, con un aire inquietante y alejado del tinte desenfadado y mordaz del resto. Pese a que finalmente lo inesperado termina por imponerse, resulta uno de los más sólidos, y deja claro que Vian sabe también desenvolverse en terrenos menos extravagantes. Y así se van desgranando como una docena de pequeñas historias pobladas de caraduras, ladronzuelos, suicidas y enamorados, que antes o después terminan inmersos en situaciones paradójicas, en que se reúnen la mofa y la tragedia como en un gran juego de sorpresas, más o menos afortunadas según las ocasiones.

Y bueno, reconociendo lo tonto de la broma, es imposible evitarla, y más aún tratándose de autor tan aficionado al equívoco: ¿quién le iba a decir a Vian que medio siglo después de su muerte, su doble iba a ser presidente de la República francesa? Es quizá el relato que nunca se le ocurrió escribir.

sábado, 23 de septiembre de 2017

John Higgs: The KLF. Caos y magia

Idioma: inglés
Título original: The KLF. Chaos, Magic and the Band who Burned a Million Pounds
Año de publicación:2016
Traducción: Elena Morán
Valoración: recomendable

Casi 300 páginas sobre un grupo que, técnicamente hablando, publicó un solo disco largo (LP, dos siglas que van desapareciendo), puede parecer desproporcionado, y lo es. Y por muy influyente en lo sonoro y en lo "filosófico" que fuera la banda, a veces en este libro se percibe que Higgs necesita rellenar páginas con cuestiones que, aún viniendo al caso, no dejan de ser circunstancias paralelas cuando, a la hora de escribir sobre música (alguien lo comparó a cantar sobre fútbol), en la nada humilde opinión de quien esto escribe, lo fundamental es hablar de sonido, de canciones, de sensaciones subjetivas al oír éstas. Pero hay que aceptar que The KLF no fueron un grupo al uso, y que, por prolongada y forzada que pueda resultar alguna vez, la puesta en contexto resulta necesaria para comprender los motivos de la prolongada reverencia de cierto sub-sector del mundo underground hacia esta banda.
La cuestión es que a mí, aunque me parezca lógico, no acaba de cuadrarme que título y primeras páginas del libro hagan referencia al hecho que representa uno de los cúlmenes de la banda. Empaquetar un millón de libras (de 1994: eso es mucha pasta), llevarse a un fotógrafo que dé fe, irse a una isla en Escocia, y pegarle fuego. Es muy difícil controlar las reacciones ante un hecho así, porque el común de los mortales (me incluyo) lo encuentra inexplicable y un acto que es muy difícil digerir evitando términos como chulería, estupidez, absurdo, y eso quedándose muy corto. 
Aunque como acto promocional no puede negarse que es de una brillantez que descoloca.
Quizás situar esa escena al inicio del todo esclaviza al resto del libro como una especie de tesis enfocada a explicar el acto, y quizás toda la relación de referencias a hechos culturales, ritos con tendencia al ocultismo o a cierta creencia pagana, muchos etcéteras que cuesta hilvanar, sea un intento excesivo de intelectualizar todo el itinerario de la banda y de sus miembros (Jimmy Cauty y Bill Drummond) cuando otra explicación plausible pero mundana y desprovista de todo glamour sería decir que fueron dos colgados pasados de algún viaje con vete a saber qué substancia, que se encontraron un éxito descomunal que solo supieron finiquitar apostando al máximo por la excentricidad, como si ésta surtiese el típico efecto catártico o liberatorio que experimentan los serial-killers cuando acaban siendo detenidos.
Así, los párrafos que más he disfrutado en este libro son aquellos más convencionalmente cercanos al libro-biografía, con la descripción de su ascenso a la cumbre (hablamos del grupo que vendió más discos sencillos en el mundo en el año 1991), el proceso de producción de sus discos y los sucesivos avatares donde sus miembros ya empezaban a dar pistas de que la historia del grupo y de sus proyectos previos no podía tener un final convencional.
Queda claro, en todo caso, que Higgs está muy informado y toda esa maraña (completada gráficamente) que enlaza a Stonehenge, al Cabaret Voltaire, al movimiento discordante, a Timothy Leary, al pirado de Julian Cope, a los Illuminatus y a unas cuantas piezas oscuras y malditas de literatura apocalíptica puede resultar a veces cargante o a veces excesivamente divagatoria, pero el libro resulta muy ameno, incluso si se le reduce a un mínimo esqueleto de ascensión fulgurante, estancia breve y caída suicida de un grupo actuando en un entorno enrarecido, pero en el fondo, tan pop como uno quiera ver.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Colaboración. Margaret Atwood: Nada se acaba

Idioma original: Inglés 
Título original: Life before man 
Traductor: Miguel Temprano García 
Año de publicación: 1979
Valoración: Recomendable 

 Esta novela, finalista del Governor General’s Awards del 1979, me ha gustado. Exhala sensibilidad, sabiduría y lirismo, la prosa es ágil pero compleja, las escenas, inteligentes y conmovedoras, los personajes redondos... Nos acuna mientras nos traumatiza: la separación no sólo rompe familias, sino personas; los triángulos amorosos se expanden, tres vértices se quedan cortos; nadie logrará jamás conocerte del mismo modo que tú crees conocerte... Es innegable que este libro tiene muchos logros. Y, sin embargo, pienso que su ejecución podría haber sido más acertada. 
 Nada se acaba gira en torno a un matrimonio agonizante. La relación de los casados, Nate y Elisabeth, es cada vez más tensa; atraviesan dudas, rencores, autoengaños, infidelidades, penitencias, incoherencias. Elisabeth estuvo con varios hombres. Nate, después de tener a una amante, se enamora de Lesje, con la que empieza una aventura. 
 Los pensamientos de los tres personajes principales son fascinantes, pues son muy humanos. Empatizamos con ellos. Además, fluyen orgánicamente. En un capítulo, por ejemplo, Elisabeth banaliza el que Nate vaya a dejarla, mientras que más tarde admite que no quiere ser abandonada. O Nate, que ama a sus hijas, va a reprocharles que son lo que le ata a su mujer. Lesje se da cuenta, demasiado tarde, de que prefería la rutina de alguien a quien no quería a las incertidumbres que surgen por estar con Nate. 
 Sus conflictos tienen repercusión, y ellos lo saben, de modo que no siempre toman decisiones egoístas, como haría un protagonista de Ray Loriga. Encima, tienen el dilema de no saber qué es justo, pues no comparten la definición de esa palabra, los matices y los intereses lo relativizan todo. 
 Lo que les pasa a estos personajes es que no dejo de verlos como eso mismo; no son personas. Todo lo que dicen, piensan y sienten parece trascendente. Son muy humanos, ya lo he dicho, pero monotemáticos: tristeza, dolor, angustia, melancolía... ¿Acaso una persona no puede experimentar más cosas? ¿Por qué nunca logran nada sin sentir inmediatamente culpabilidad o arrepentimiento? Sólo podemos empatizar con la parte del espectro sentimental más emo.
 Y, ya puestos, ¿sus diálogos y acciones deben ser tan solemnes, tan descaradamente significativos? ¿No pueden respirar, tomarse un café o darse un baño, sin que eso sea tan imprescindible, tan memorable? Son personajes, no personas, porque no hay nada de banal en ellos, nada de cotidiano. 
 Creo que la autora podría habernos hecho padecer más por ellos si no nos hubiera anestesiado con más de 400 páginas de lo mismo, de vulnerabilidad, de sufrimiento, y si hubiera puesto un marcado contraste entre esos momentos oscuros y algunos más felices.  
 La mayoría de secundarios desfilan con la cabeza bien alta. Cada uno de ellos es relevante para el argumento, y muchos son meticulosamente caracterizados. Muriel, la tía de Elisabeth, es mi favorita: está definida desde el principio y aún y así es imprevisible.
 Acabaré diciendo que es la primera novela de Atwood que leo y que, pese a lo que he señalado, me ha despertado el apetito. No voy a esperar mucho antes de hincarle el diente a otra de sus obras, pero no voy a mentir: cruzaré los dedos para que haya algo más de alegría e intrascendencia en sus personajes, además de variedad en el tono global del libro. Mis exigencias se deben a que no veo a ésta escritora, pese a no haber tenido más que una toma de contacto con ella, como puro entretenimiento (al fin y al cabo es candidata al Premio Nobel, y eso sigue significando algo, ¿o quizás ya no?), y por eso me gustaría disfrutarla en su plena potencia. Aunque claro, tampoco es que un mindundi como yo esté necesariamente en lo correcto... 

Firmado: Oriol Vigil

jueves, 21 de septiembre de 2017

Reseña a cuatro manos: Llorenç Villalonga: Bearn o La sala de muñecas

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1956
Valoración: Muy recomendable

La literatura española de posguerra (digamos las décadas de los 40 y 50) se encontraba dominada por obras de marcado carácter realista. Ejemplos claros son "La sombra del ciprés es alargada" o "El camino" (Delibes), "Nada" (Laforet), "Jarama" (Sánchez Ferlosio) o "La familia de Pascual Duarte" y "La Colmena" (Cela). De ahí que la publicación en 1956 de "Bearn o La sala de muñecas", obra culta y refinada de marcado carácter proustiano y absolutamente a contracorriente de las modas de la época, pasase practicamente desapercibida a nivel de público. Se trata de una obra, al parecer, inicalmente redactada en castellano para, con posterioridad, ser traducida por el propio autor al catalán, aunque a un catalán que escapa al canon fijado por la filología barcelonesa pues no renuncia, especialmente en los diálogos, a su variedad salada e informal, propia de los hablantes baleares.

Para entender el origen y el estilo de "Bearn" hay que dedicar unas líneas al autor. Mallorquín, aristócrata y procedente de una familia de "rancio abolengo", Villalonga forma parte de los ganadores de la Guerra Civil, milita en la Falange, ejerce la psiquiatría y frecuenta el Circulo Mallorquín de Palma, la institución donde sólo eran admitidos las gentes de "buena familia" y que todavía hoy en día arrastra una agonizante irrelevancia en la vida social de la capital balear.

Todo esto nos lleva a "Bearn o La sala de muñecas", crónica de la decadencia de un mundo o de una forma de ver el mundo y reflejo de las dos españas de las que hablaba Machado. Estamos en la segunda mitad del XIX (época de inestabilidades políticas en el interior y en el exterior, época de grandes descubrimientos), estamos en la Mallorca interior (alejada por completo de la imagen recurrente de la isla) y estamos ante los últimos representantes de una larga estirpe. Estos representantes son el matrimonio formado por don Antonio de Bearn y su prima doña María Antonia y es el capellán de la Hacienda, don Juan Mayol, quien, en forma epistolar, se encargará de narrar esa decadencia. La narración recrea minuciosamente esa tensión entre una sociedad agrícola, devota, ensimismada y dominada por la aristocrácia y la Iglesia Católica y la aparición de las nuevas Ideas basadas en la Razón, el materialismo, el positivismo científico y las nuevas aplicaciones e instrumentos tecnológicos.

Don Antonio de Bearn, prinicipal protagonista de la novela, es un hombre enigmático, desconcertante, amante de ensueños y desvaríos, capaz de azotar a los trabajadores de la Hacienda y de reverenciar a Diderot o a Voltaire, dócil en apariencia, irreductible en el fondo. Su esposa, doña María Antonia, por contra, destaca por su aparente sencillez y su gran capacidad de adaptación al entorno. Entre ambos está Xima, sobrina de los señores, tercera en discordia y con un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos. Desde la atalaya de su posición -nobles y arruinados- se comportan conforme a sus convicciones, prejuicios y tradiciones: su condición es ser servidos por un pueblo de gentes pobres, ignorantes, toscas, incultas e intrasigentes, con los que conviven y a los que parecen observar y tratar con la misma actitud disciplente y distante que los visitantes de un zoológico, y a los que el autor no otorga ni una pulsión de rebeldia sino una complacida sumisión.

El narrador, el capellán Juan Mayol, criado desde niño por los señores, será quien nos presente los hechos, quien trate de interpretar las acciones de los personajes y quien nos traslade una visión de Bearn (hacienda, no Bearn lugar) como paraíso perdido. Aunque durante todo el relato no deja de insinuarse un lazo más estrecho que el de la mera adopción por parte del Señor, la figura de este narrador atormentado y ambiguo nos ofrece una mirada muy viva a la moralidad y cultura (entendida como forma de relación entre los individuos) de esa sociedad, en la que unos pocos lo podían absolutamente todo y todos los demás debían limitarse a sobrevivir en unos límites -mentales y materiales- tan estrechos como arbitrarios. Un mundo del que Villalonga es absolutamente consciente y del que, por tanto, no hurta a los lectores su irremediable inoperancia y caducidad.

En el primer párrafo decimos que se trata de una obra culta y refinada de marcado caracter proustiano. ¡Que esto no desanime a posibles lectores, ni mucho menos! Decimos culta porque la obra está plagada de múltiples referencias culturales y filosóficas, refinada porque transmite una sensibilidad especial y proustiana por ese continuo recurso al recuerdo y la evocación de un mundo y un tiempo posiblemente perdidos para siempre.

Pese a estos adjetivos que adjudicamos a la obra, no penséis que se trata de una obra "aburrida". De hecho, admite desde interpretaciones sesudas al estilo novela psicológica o novela filosófica hasta interpretaciones más "banales" como la de novela negra (¿crimen?, ¿celos?, ¿pasión?) o la de novela histórica (el París del Segundo Imperio, la Roma de León XIII, la primera República Española, etc). Es, de hecho, una lectura entretenida, reveladora y grata, el retrato de un mundo fenecido con un estilo ágil, mundano y rico y con una perspectiva lúcida y profunda. Por lo que al llegar a la última página, tanto la parte vasca como la parte mallorquina de esta reseña a cuatro manos lo hacen con la sensación de haber disfrutado de "Bearn" y de tener su lectura por muy recomendable.

Fdo: Carlos Ciprés y Koldo CF

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Gabriel Rodríguez García: Hasta la última suela

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: está muy bien


Aquí donde ustedes (no) me ven y, sobre todo, mi cuestionable forma física, yo también tengo mi pasado más o menos remoto de aficionado a la montaña, como es preceptivo en algunos lugares. Pero he de confesar que a mí lo que más me gustaba de la actividad montañera  era darme un garbeo entre hayedos, vacas y flores y luego comerme el bocata en buena compañía, más que hacer cima y, tras la foto y el pis de rigor, bajar otra vez a toda pastilla (no digo ya subir corriendo en plan Kilian Jornet, como se estila ahora). (*)

¿A qué viene este párrafo nostálgico y, lo reconozco, totalmente prescindible, como pensarán muchos de ustedes? Pues a que el autor de este libro de relatos, Gabriel Rodríguez, sí que parece ser un montañero merecedor de tal nombre, uno que se dedica a subir montes con más vocación y, sin duda, por razones más profundas y elevadas (valga la paradoja). Como además es escritor, ha tratado de plasmar estas motivaciones y sensaciones en una serie de relatos que se desarrollan, claro está, en plena montaña, protagonizada por unos personajes que, al menos en principio, tampoco se dedican a subirlas  para comerse el bocadillo arriba (con lo rico que está...).

Los cinco relatos componen en conjunto un panorama de diferentes épocas y variantes del alpinismo. Desde el viejo asturiano que recuerda a los pioneros de tal actividad en su pueblo, cuando él era guaje -por los tiempos de la República-, a la adolescente contemporánea enganchada a la escalada de paredes en vertical. Los otros tres cuentos de desarrollan en diferentes puntos del "camino del alpinista", por decirlo así: los Picos de Europa -vertiente lebaniega-, los Alpes y, por fin, uno de los ochomiles más legendarios: el Annapurna. En todos ellos el aspecto técnico de la escalada juega un papel fundamental en la narración; ahora bien, esta circunstancia, y el uso de una jerga tan específica no debe arredrar a los desconocedores de la misma. De hecho, los relatos que a mí más me han enganchado y mantiene, creo, mejor la tensión narrativa, son Las huellas de Gretti (no, no del Yeti) y Here comes the sun, que prácticamente lo único que cuentan es sendas escaladas  y no mucho más -sobre todo el primero-. Los personajes, no obstante, también han resultado muy logrados: una mención merece, por ejemplo, Koldo, el viejo tabernero bilbaíno que aparece en el último relato, Que el fin del mundo te pille bailando.

La pregunta podría ser: ¿Ha conseguido Gabriel Rodríguez dilucidar la razón por la que tanta gente se ve impulsada a subir a sitios donde se juegan la vida y en los que las circunstancias ni siquiera les permiten recrearse a contemplar el paisaje? Pues quizás no, pero no importa mucho: lo que deja claro el libro es que la causa es lo de menos; lo que importa es lo que se hace y no el por qué.  El formar parte, además, de una cordada de escaladores, desde que se comenzó a subir montañas sin tener obligación de hacerlos, de una cadena de historias, algunas ya convertidas en leyenda, que posibilitan que se puedan escribir libros como éste. El vivirlo con libertad, sobre todo.


(*)Quiero aprovechar para expresar mi admiración por don Carlos Soria, que si no es el alpinista y el deportista más grande que hay ahora en el mundo, se le acerca mucho.


Otros libros de Gabriel Rodríguez García reseñados en ULAD:Maestro, extraígame la piedra

martes, 19 de septiembre de 2017

Juan Carlos Márquez: Resort

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: se deja leer

Motivos por los que pensaba que me iba a gustar Resort:
  • Porque me gustó mucho Los últimos, una original revisitación del género post-apocalíptico / zombi;
  • Porque sigo al autor en facebook, y derrocha una saludable mala baba, generalmente cargada de sentido común;
  • Porque el tema elegido (los resort turísticos a pie de playa con-todo-incluido) estaban pidiendo una buena sátira desde hacía tiempo;
  • Porque Juan Carlos Márquez es de Bilbao, aunque viva en Madrid. Y los de Bilbao somos la hostia.
Motivos por los que Resort me ha gustado mucho menos de lo que pensaba que me iba a gustar:
  • Porque parece ser la mezcla de dos novelas, sin decidirse a ser del todo ninguna de las dos: por una parte, la novela costumbrista-satírica sobre la vida de una familia en un hotel de playa y piscina; por otro, una novela policiaca sobre la desaparición de un niño alemán en ese mismo hotel;
  • Porque, en la parte costumbrista, no hace sangre en los elementos más absurdos y al mismo tiempo más relevantes (solo hay que imaginar lo que David Foster Wallace habría hecho con el mismo tema), y en cambio algunas veces cae en el chascarrillo o el estereotipo, como cuando habla de los alemanes y su afición por las filas. No quiere decir que no haya momentos divertidos, claro que los hay, y la lectura se hace ligera, pero si pretendía ser una novela cómica, le faltan gags; y si pretendía ser una novela de crítica social, le falta profundidad.
  • Porque la parte policiaca, una vez más, se queda a medio camino, apunta hacia algunos de los tópicos del género (la pareja de policías, los interrogatorios, los múltiples sospechosos...), amaga pero nunca llega a dar, y no atrapa por el suspense. No voy a contar el desenlace, solo diré que es un no-desenlace que resulta muy anticlimático.
  • Porque la novela está excesivamente dominada por la male gaze: las dos historias (la costumbrista y la policiaca) están contadas a través de la mirada de dos hombres (el marido y el policía), y las mujeres, y sobre todo sus cuerpos, están completamente supeditadas a su deseo o a su repulsión: tetas, culos, entrepiernas, todo se valora en función de si al personaje masculino le gusta o no le gusta, le provoca o no le provoca una erección. Y si a mí, que soy hombre, me ha resultado incómodo por momentos, me imagino lo que les debe haber parecido a muchas lectoras...
  • Porque la novela da en general una impresión de precipitación, quizás (lo digo siendo un poco malo) porque había prisa para publicarla antes del verano y aprovechar el tirón del tema asociado a este época. 
Resumen: Que conste que Resort es una lectura ligera y generalmente amena, o sea, puede ser una buena lectura para llevar a la playa, como esos "culebrones" de verano que publican los periódicos. Pero había muchas otras novelas que Resort podía haber sido, y que creo que me habrían gustado mucho más:
  • Una comedia alocada, tipo Wilt, sobre las relaciones que se establecen en un resort vacacional;
  • Una comedia más profunda y más crítica sobre consumismo, globalización, turistificación, etc.
  • Una novela policiaca con todas las de la ley, sobre la desaparición de un niño en un pueblo de playa (¿alguien recuerda a Maddie McCann?)
  • Una novela opresiva y quizás hasta fantástica, estilo Ballard, sobre un puñado de veraneantes obligados a convivir durante tres días (o más), con una tensión creciente que lleva a la violencia, al sexo, a la autodestrucción...
En fin, Resort podía haber sido cualquiera de estas novelas, pero es la novela que es; personalmente, solo puedo darle un "se deja leer", y esperar a la siguiente novela de Juan Carlos Márquez, a ver en qué género decide adentrarse.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Colaboración. Arturo Pérez-Reverte: Falcó

Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Lorenzo Falcó es el mercenario ficticio que Arturo Pérez-Reverte ha concebido para dar pie a un ciclo que constará, por lo pronto, de este primer volumen y de otro más, que llevará por título Eva. La Guerra civil no es un ambiente ajeno a los escritos del autor cartaginés: antecedentes suyos que trataron el tema serían las colaboraciones en El Semanal de ABC o el tomo La Guerra civil contada a los jóvenes. La imprecisa postura que mantiene sobre esta cuestión continúa enfrentando a sus seguidores y detractores en una polémica que se anuncia duradera.

El libro presenta un tiempo —aquellas décadas del siglo XX que explotaron a España como laboratorio político— y un país —espías a pie de pista, bien o mal pagados; más libertinaje militar del que se piensa; una nación dividida en bandos, suscritos a su vez a lealtades que actúan como infamantes parteaguas. En medio, una galería de caracteres distintivos de su creador que se relacionan de diversas maneras (escabrosos erotismos incluidos) con el agente secreto Falcó, encargado del motín que pretende liberar a Primo de Rivera de la prisión de Alicante. Su jefe es un almirante gallego ocupado con frecuencia en sacarle las castañas del fuego. Los secuaces, Eva Rengel, intachable mujer fatal; Juan Portela y los hermanos Cari y Ginés Montero, falangistas disconformes con las órdenes del protagonista; y algún secundario ocurrente, como el sicario Araña o el confiado Estévez.

Tal vez la obra ejerza como punto de partida de las siguientes entregas. Para calificarla de sospechosa basta saber que la constante puesta en escena de personajes y lugares comunes cede poco paso a la acción, así como que Reverte (tan contrario a Faulkner o Bolaño) nunca da cabida al pretexto estilístico. El tan provechoso paso del río Pisuerga por Valladolid permitiría debatir ad infinitum si la serie que comienza con Falcó no será, en realidad, una treta por parte de narrador o editorial con el fin de sacar una rentabilidad parecida a la que proporcionaron Las aventuras del capitán Alatriste, cuyo estreno, por cierto, tenía mucho más contenido. No sé si a medida que se conozcan las andanzas de este espía el interés individual de su primer tomo disminuirá. El aleatorio público me dispensará que sea poco adepto a los (casi siempre) excusables alargamientos y, por ende, persona desautorizada a la hora de juzgar este aspecto, típico de sagas como la que comienza con esta novela.

Firmado: César Muñoz


Otros libros de Arturo Pérez-Reverte en ULAD: Cabo TrafalgarLa sombra del águilaEl maestro de esgrimaLa reina del surHombres buenos

domingo, 17 de septiembre de 2017

Adam Haslett: Aquí no eres un extraño

Idioma original: inglés
Título original: You Are Not a Stranger Here
Año de publicación: 2002
Valoración: muy recomendable

En este libro de relatos cortos, primera obra del autor, Haslett escribe sobre lo que mejor se le da: el retrato de personas. Dando rienda suelta a su dialéctica rápida y de verbo fácil, lo que nos ofrece el autor en este conjunto de relatos es una imagen variopinta de diferentes personalidades que podríamos encontrar en este, cada vez más, uniformizado mundo.

Los relatos que encontramos en este libro tienen un nexo común: la fragilidad psicológica de sus protagonistas. Así, asistimos a un conjunto de historias donde encontramos personas mayores que necesitan de la compañía de alguien joven para que les alegre el día, un médico volcado en su profesión que empatiza en exceso con sus pacientes, la relación a tres bandas entre dos hermanos y otra persona común a ellos, un hombre con depresión que necesita un cambio a su vida (aunque él no es muy consciente de ello) y así hasta completar las nueve historias, todas independientes entre ellas.

Dicho así, podríamos estar hablando de un libro triste, pero la sensación global que deja este libro es de una gran redondez: las historias comparten un tono muy similar, un nexo común en torno a la fragilidad de las personas que sufren algún tipo de problema psicológico, o a veces no es tal, sino simplemente alguna carencia afectiva  emocional; o temor, o dudas, o incertezas que preocupan a sus personajes. En función del relato vemos las diferentes gravedades de tales problemas, y la variedad de enfoques posibles. La forma hábil en que el autor los expone, los trata, y los analiza deja como recuerdo un sinfín de sentimientos que giran en torno a la soledad, a la necesidad, al cariño, a la calidez, al trato humano siempre necesario y cada vez más difícil de encontrar de forma desinteresada.

Como ocurre en la mayoría de libros de relatos, hay algunos mejores que otros, pero todos ellos son, como mínimo, buenos. La gran habilidad de Haslett es retratar estos personajes y aquello que sienten. El autor se encuentra como pez en el agua en la definición de los personajes y consigue que fácilmente uno conecte con ellos de forma que parece como si les conociera de antemano, imprimiendo un ritmo alto que fácilmente contagia al lector, incrementando su avidez lectora. En los relatos narrados sus personajes sufren, y el lector con ellos. Hay mucha pena en los relatos, una gran fragilidad en los caracteres de sus protagonistas, cierta aura de incomprensión y mucha solitud, pero, por encima de todo, hay calidez y ternura. Y un deseo evidente de hacernos reflexionar sobre qué sienten aquellas personas que tenemos cerca y de hacernos ver que, en el fondo, todos necesitamos de alguien que esté a nuestro lado.

Otras obras de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoy, Union Atlantic

sábado, 16 de septiembre de 2017

Nicos Casandsakis: El capitán Mijalis



Idioma original: Griego
Título original: Ο Καπετάν Μιχάλης
Año de publicación: 1950
Traducción: Carmen Vilela Gallego
Valoración: Está bien



Griegos y turcos. Cristianos y musulmanes. Tan parecidos. Tan mediterráneos. Tan suspicaces y encarados. La pelea, la inquina y la sangre derramada ha sido frecuente y regular, al menos en los últimos doscientos años. El listado de agravios y cuentas pendientes por ambas partes es extenso, inacabable. Y la literatura, como no, también ha contribuido con generosidad.

Deliberadamente, con ánimo de arrojar gasolina al fuego del enfrentamiento para enardecer el espíritu nacional griego en el Chipre dominado por los británicos tras la II Guerra Mundial, lo hizo Nicos Casandsakis en 1950 escribiendo El Capitán Mijalis (Llibertad o Muerte) que ambientó en su Creta natal, a finales del siglo XIX, todavía sometida al dominio del Imperio Otomano. Casandsakis (Heraklion, Creta, 1883) recurrió a las figuras de su abuelo y de su padre para la caracterización del protagonista, un atormentado, belicoso y fanático burgués cretense que renunció a la sonrisa de por vida, hasta que la isla no se sacudiese el yugo turco. La acción se sitúa en el levantamiento de 1889, que a la postre no fue más que otro estallido en la secuencia de episodios violentos entre ambas comunidades: 1821, 1834, 1841, 1854, 1866, 1878…

No obstante, Casandsakis no cayó en la simpleza de enaltecer a unos para denigrar a los otros y por eso la novela se puede seguir leyendo con interés hoy en día. En general, los turcos son taimados, volubles y aprovechados, pero los griegos no les andan a la zaga; resignados, vacilantes, interesados. Hasta que la paciencia se agota, la tierra reclama su tributo de venganza y libertad, la sangre empieza a hervir y el cierre de filas desata, nuevamente, la violencia: “¡Fuego a los pueblos! ¡Hacha a los árboles! ¡Aniquilación! ¡Lágrimas y sangre!”.

El propio Capitán Mijalis es víctima de su carácter taciturno y endiablado y su comportamiento está sometido a las pulsiones eróticas que le despierta una mujer musulmana y a su propia incapacidad de mantener cierta coherencia ante los demás, inepto para manejarse más allá de la bravuconería y el exabrupto. Así que en las páginas de El Capitán Mijalis hay prosa inflamada alentando el globo de la épica colectiva, emancipadora y liberadora, pero también personajes mezquinos y desastrados que no merecen mejor suerte que la que les depara la pétrea y cruda realidad cotidiana. Es en el desamparo y la fatalidad en el que Dios mantiene a los cretenses –como representación de la Humanidad- donde hay que buscar inspiración y fuerzas para salir adelante como sea posible, viene a explicarnos Nicos Casandsakis, pues solos estamos y a nada ni nadie que no seamos nosotros mismos podemos recurrir. 

Es en el tono trágico con el que el autor levanta esta epopeya excelentemente ambientada y con un repertorio de personajes secundarios memorable –Casansdakis retrata con especial viveza la atmósfera social de un momento, componiendo con sagacidad ambientes minuciosos, orgánicos- donde está el corazón de la novela. Un relato que va bombeando dramatismo, en algunos pasajes con tremendista desmesura, y que dispone del aliento preciso para que el interés por la lectura no decaiga y finalmente asistamos compungidos a la proclama que acompaña al título: Libertad o muerte

Por su parte, diez años después de la publicación de este libro, Chipre obtuvo su independencia de Gran Bretaña, nombrando presidente de la República a Michail Chritodulu Muskos, el arzobispo Makarios de la Iglesia Ortodoxa. Cristianos y musulmanes, griegos y turcos, volvieron a la greña en 1963 y 1967, hasta el enfrentamiento armado abierto en 1974, en el que la isla quedó definitivamente partida, incluso con un muro en la capital Nicosia, hasta la actualidad.


Otros libros de Nicos Casandsakis (también transcrito como Nikos Kazantzakis) en ULAD: Zorba el Griego

viernes, 15 de septiembre de 2017

Antonio Scurati: El padre infiel

Idioma original: Italiano
Título original: Il padre infidele
Año de publicación: 2014
Traducción: Xavier González Rovira
Valoración: Recomendable

Este libro, como tantos otros, comienza por el final, con un tajante "quizá no me gustan los hombres".

En un contexto general de crisis económica, política y social, llega una crisis doméstica; una crisis a pequeña escala pero, a la vez, más dolorosa para sus protagonistas. Parece que el amor se acabó, surgen las preguntas, las dudas y lo que es un "punto y final" pasa a ser el punto de inicio de una novela introspectiva en la que Glauco Ravelli pasará revista al período de su vida comprendido entre la finalización de sus estudios universitarios y la finalización de su matrimonio, tratando de ver qué ha podido fallar o cómo se ha llegado a ese punto en un mundo en el que a uno le hacen creer que la felicidad está tan al alcance de la mano (una lata de refresco, el nuevo móvil de última generación, un coche...)

Glauco tiene algo más de 40 años, estudió Filosofía pero trabaja como chef en el restaurante que fuera de su padre, está casado y tiene una hija pequeña. Es alrededor de estos hechos sobre los que gira la novela: el matrimonio y, sobre todo, la paternidad. Y también sobre la eterna búsqueda de la felicidad.

El matrimonio y la paternidad son, en gran medida, desmitificados. Porque ninguna de las dos cosas son el "paraíso" que nos habían prometido. Porque la paternidad, pese a ser el acontecimiento más importante en la vida de ambos, no es generadora por sí misma de felicidad. Todo pasa a girar alrededor de Anita. Glauco y Guilia pierden su individualidad, comienzan a alejarse y empieza el desmoronamiento. La felicidad, ese nuevo Dios moderno y accesible (a priori) del siglo XXI, se nos escapa y buscamos una grieta a través de la cual huir de esa sensación de hastío, de infelicidad y de nostalgia.

Scurati construye un retrato generacional bastante certero (mucha gente se sentirá muy identificada con la historia de Glauco), con buenas dosis de acidez, mención honorífica a las clases de preparación al parto y a la cena en un sofisticadísimo restaurante milanés, y amargura. Un libro que me ha gustado más en su vertiente ensayística o sociológica que en su parte ficcional y que, en cualquier caso, es altamente recomendable para padres (primerizos o no) y para futuros padres. Mucho más útil que cualquier guía de tres al cuarto que se pueda encontrar por ahí.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Wu Ming: El Ejército de los Sonámbulos

Idioma original: italiano
Título original: L'armata dei sonnambuli
Año de publicación: 2014
Traducción: Juan Manuel Salmerón
Valoración: bastante recomendable


Vuelve Wu Ming, aun con un poco de retraso para los hispanolectores, qué se le va a hacer... Pero vuelve Wu Ming y eso no puede sino ser una buena noticia, más aún porque vuelven con una nueva novela histórica ambientada en el periodo que , de una forma u otra, era inevitable que alguna vez tocara este colectivo -supuestamente- de escritores italianos: la Revolución Francesa, madre y padre de todas las que vinieron después... y hasta de las que sucedieron antes, que también las hubo. A la época más dura de dicha revolución, además: los primeros tiempos de la Convención y el Terror, pues la narración comienza en enero de 1793, cuando es guillotinado el rey Lui... perdón, en ciudadano Capeto y se extiende por todo ese año y el de 1794. Una interesante visión, por tanto de esa época que  inauguró el concepto de "terrorismo", ya que como bien recuerda Cristina Morales, el terrorismo, en un principio, estaba íntimamente asociado a la creación del estado moderno, y no sólo era cosa de unos gilipollas fanáticos con una furgoneta de alquiler (esto lo digo yo, no ella).

Novela, además y al igual que sus presuntos autores, de vocación coral -pues ya se sabe que el protagonista de la revolución ha de ser el pueblo y tal y cual-, aunque en realidad los Wu Ming se centran sobre todo en un puñado de personajes más o menos representativos...o quizás simplemente adecuados para la trama: Marie Nozière, costurera del barrio de San Antonio y, en principio , una de las célebres "brujas de la Montaña"; Treignac, policía del barrio enamorado de ésta; Leonida Modonesi, actor italiano admirador de Goldoni y habitual intérprete de Scaramouche; Orphée d'Amblanc, médico veterano de la guerra de América, estudioso y practicante de las enseñanzas sobre el "fluido magnético" de Mesmer, y el caballero conocido por Laplace, contrarrevolucionario y también conocedor de las técnicas de magnetización y sonambulismo, que se ha ocultado de los revolucionarios en el manicomio de Bicêtre... La acción, como es de esperar, se centra en Paris -magníficamente logrado el ambiente revolucionario de la época, creo yo-, pero a partir de un momento la narración se bifurca, cuando el ciudadano D'Amblanc es enviado a la Auvernia para investigar unos curiosos y tal vez peligrosos para la República casos de sonambulismo y hasta licantropía.

La novela,  además de fresco histórico, tiene un poco de folletín y hasta de pastiche, de novela de aventuras y cómic de superhéroes, de El pacto de los lobos y Batman Begins... Es también, claro está, una reveladora radiografía de un proceso revolucionario y de su reverso (y muchas veces prima hermana), la contrarrevolución -que nadie se equivoque: la impronta contestataria de los Wu Ming no impide que éstos reflejen en la novela todos los excesos sanguinarios de unos y de otros, que fueron muchos-; un proceso en el que sus actores se entregaron con fruición al enfrentamiento de unas facciones con otras, a la denuncia y aniquilación del supuesto aliado, más incluso que del enemigo político, en imponer su visión de como debía ser y comportarse el ciudadano virtuoso y, todavía más, la ciudadana virtuosamente revolucionaria... en fin, lo que viene siendo Twitter un día cualquiera, para entendernos. Sólo que con Madame Guillotine trabajando a destajo... y nunca mejor dicho.

Y, sobre todo, lo que pone de relieve el libro, ya desde su portada y la organización de los capítulos, es el carácter esencialmente teatral de toda política, sobre todo en momentos como los que describe, cuando la pura oratoria y los gestos de ciertos líderes eran capaces de provocar matanzas y cuando el pueblo en armas se convertía en actor principal de una obra que oscilaba entre lo cómico y la tragedia, como pocas otras veces en la Historia. Una tragicomedia en la que participaban hasta los locos, que quizás fueran los más cuerdos de toda la compañía...  Sería recomendable no olvidarlo.


Otros títulos de Wu Ming y demás, reseñados en Un Libro Al Día: ManituanaQ

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Ian McEwan: Cáscara de nuez

Resultado de imagen de cascara de nuez ian mcewan amazonIdioma original: inglés
Título original: Nutshell
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer





Vaya por delante que acabar esta novela me ha costado un triunfo. Los días pasaban y el marca-páginas no se movía gran cosa. Leía un par de líneas y me ponía a pensar en lo que fuese, avanzaba otro renglón y se me volvía a ir la cabeza, cualquier palabra servía para enganchar ideas que desviaban mi atención. Si he conseguido acabarla se debe a un esfuerzo ímprobo, no al disfrute, la intriga ni a ninguno de los elementos que sirven para fidelizar al lector. ¿Ustedes no se sentirían molestos si piensan que les están engañando palabra por palabra?
Cómo supondrán, lo de la nuez es una metáfora. No puedo desvelar a qué alude pues les mostraría la clave de la novela, su máxima originalidad y gran hallazgo. (Eso, al menos, es lo que debió pensar McEwan). 
Lo habitual, cuando se comenta una obra de ficción, es hablar sin tapujos de lo que aparece en las primeras páginas ya que nadie lo considera un misterio. Pero este caso me parece especial, así que tendré cuidado en no mostrar la carta por la que ha apostado el novelista y les recomiendo que procuren no leer sinopsis previas.
Es el momento de aclarar que es, precisamente, esa carta oculta –en mi opinión el colmo de lo inverosímil– lo que me disgustó tanto, me impidió disfrutar de la lectura y la alargó mucho más de lo deseable para una obra de poco más de doscientas páginas sin ninguna dificultad, al contrario, demasiado lineal para mi gusto. Y aquí aparecen otros obstáculos que también dificultaron mi labor: personajes tópicos y predecibles, un argumento calcado de novelas bien conocidas, nula complejidad de una acción que podría haberse resuelto en cuatro o cinco páginas, desenlace que no es más que un sencillo fuego de artificio, pues no solo es abierto es que además se refugia en lo obvio.
Nada nuevo bajo el sol: marido, amante, asesinato, testigo, decadencia. ¿A alguien le suenan estos ingredientes? Efectivamente, con dos enfoques muy distintos podemos encontrarlos en Thérèse Raquin (1868), de Zola y en El cartero siempre llama dos veces (1934), de James M. Cain, nada menos.
Pero lo principal, la famosa carta –que, como digo, McEwan se guarda en la manga muy poco tiempo, ya que solo hay que abrir el libro y leer la primera línea para que quede boca arriba– no es otra que la identidad del narrador, lo que se suele denominar punto de vista. Si la he definido –y lo mantengo –como el colmo de lo inverosímil es, simplemente, porque su pensamiento y opiniones, así como su carácter observador, están en abierta contradicción con su idiosincrasia. Yo la veo como una de esas ideas que parecen geniales a primera vista y que no tardan en desecharse por no resistir una segunda ojeada, me parece un recurso que no se puede permitir ni un principiante, mucho menos un escritor tan justamente reputado como este. En casos así, suelo atribuir los errores a la presión editorial, que quizá no deja tiempo a los autores para plantearse construcciones más sólidas. Pero vaya usted a saber, tampoco hay que disculpar al que escribe solo porque su obra, en general, pueda calificarse de magnífica.
Un pequeñísimo botón de muestra:
“… Sobre la esperanza: he sabido de las últimas matanzas como consecuencia de la búsqueda de sueños de la otra vida. Caos en este mundo, felicidad en el otro. Jóvenes de barba reciente, hermosa tez y largas armas de fuego en el Boulevard Voltaire, mirando a los ojos incrédulos y hermosos de su propia generación. No fue el odio lo que mató a los inocentes, sino la fe, ese fantasma famélico, todavía venerado, incluso en barrios más tranquilos. Hace mucho tiempo alguien sentenció que la certeza infundada era una virtud. Ahora lo dice la gente más educada…” *
¡Venga ya! ¿Alguien duda de que esto lo ha escrito (dicho, pensado) una persona educada y culta, de nacionalidad británica, o al menos de mentalidad  occidental, con personalidad moldeada en el ámbito universitario y más de seis décadas a cuestas? Ian McEwan sin ir más lejos ¿no? Desde luego, es obvio que se trata de la crónica de un escritor en su última fase vital y del resumen de todo un siglo efectuado por uno de sus influencers. Si lo que deseaba era hacer algo así –un proyecto tan legítimo como plausible– debería haber tomado otro camino, creo yo. Nada de novela negra fallida ni de narrador absolutamente improbable que, además, constituyen un lastre para ese testimonio vital en potencia.

(*)Traducción de Jaime Zulaika

También de McEwan: Sábado, Solar, Chesil Beach, Expiación

martes, 12 de septiembre de 2017

Paul Auster: 4 3 2 1

Idioma original: inglés
Título original: 4 3 2 1
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«Siento que me he estado preparando durante toda la vida para escribir esta novela»

De esta manera tan contundente nos presenta Auster su último libro, después de siete años sin publicar novelas de ficción. Con esta declaración, las expectativas de quién afronta la lectura de un libro que se acerca a las mil páginas son elevadas, o incluso muy elevadas. Y, aun así, el libro no defrauda, sino todo lo contrario.

Para empezar, la estructura del libro facilita su lectura, partiendo de un capítulo común a todos los personajes: el capítulo «1.0». En él conoceremos los orígenes de la familia donde nacerá Archie Ferguson, protagonista de la historia. A partir de su nacimiento, la novela se compone de capítulos con una numeración algo particular: «1.1» correspondiente al capítulo 1 de la «versión» 1 de Archie, «1.2» al capítulo 1 de la «versión» 2, y así sucesivamente. Además, en cada uno de ellos, el autor introduce hábilmente pinceladas que nos hacen recordar lo sucedido a ese Archie en cuestión. Este aspecto ayuda al seguimiento de la evolución del personaje (o personajes).

Explicado este aspecto más formal, creo que útil para orientar al lector, el libro nos explica cómo, partiendo de un mismo punto, un mismo momento y una misma persona, las cuestiones del azar pueden afectar a la vida de cada uno. No el azar relacionado con la suerte, sino con las casualidades, los sucesos espontáneos, aquellos acontecimientos que ocurren en la vida de una persona de forma fortuita, incontrolada. Las circunstancias que rodean la vida de cada uno afectan no únicamente al presente, sino también a aquello que nos ocurrirá; las decisiones tomadas por cada uno y por su entorno afectan a nuestro desarrollo como personas y a nuestras vidas. Este aspecto es el eje en torno al cual gira la novela y Auster utiliza hábilmente esta idea llevándola al extremo, ramificando la vida de una persona en cuatro; cuatro versiones, cuatro caminos, cuatro vidas que parten de en una sola.

De esta manera, la declaración del autor en la primera frase de esta reseña encaja perfectamente con lo que nos ofrece el libro, puesto que en él encontramos todos los puntos característicos de su obra: las cuestiones del azar, la familia y la relación con los padres, las relaciones sentimentales, la siempre incierta edad adolescente y la revisión del pasado (no es casual que Archie nazca en el mismo año que lo hizo el autor, que viva en los lugares donde también vivió él, ni que comparta sus aficiones como el deporte o la afición por escribir). Auster ha cogido todo aquello que aparece en sus novelas para tejer una obra magnífica, completa, probablemente su gran obra si tenemos en cuenta todo lo que en ella expone.

No es casualidad que gran parte del libro, y la más interesante, se desarrolle entre los seis años de Archie y su adolescencia. Ya en las últimas novelas de Auster nos encontramos una mirada al pasado, como vimos en «Diario de invierno» e «Informe del interior», ambas autobiográficas. También es habitual ver cómo la edad adolescente es tratada por el autor en muchas de sus obras; puede ser un síntoma de empezar ya a notar el paso de los años (curiosamente cuando uno va distanciándose de la adolescencia es cuando uno recuerda los momentos en los que la vida cambió, o pudo haber cambiado), puede que sea porque es en esas edades cuando uno traza el camino principal que le llevará donde se encuentra ahora. Auster lo sabe y juega con eso, y sus últimas novelas suponen echar la vista atrás para ver de dónde venimos y conseguir explicar, de esta manera, aquello que ahora somos.

Empezando la historia con un joven Archie, el autor demuestra una gran destreza al ponerse en la piel y la mentalidad de un niño; con maestría nos sumerge en su mundo lleno de ilusiones y sueños, aunque lleno también de dudas e incertezas. Auster sabe gestionar el ritmo narrativo, sabe introducir anécdotas y detalles sin que uno se dé cuenta, y las páginas pasan volando ante los ojos del ávido lector que quiere, casi necesita, saber más sobre Archie Ferguson. Así, sembrada la semilla de la curiosidad, se aprovecha la evolución del personaje a través de cada una de sus versiones, para potenciar más una parte de su carácter u otra. A pesar de que las diferentes versiones comparten elementos comunes (la familia, la afición al deporte, las ganas de escribir, y el sexo), así como también muchos de los personajes de su entorno, cada una de ellas difiere en parte de las demás ya que opta por una vertiente literaria diferente (periodismo, crítica, literatura) y cada uno de ellos experimenta una vida sentimental propia y distinta. Esta diferenciación de personalidades sirve para hablar de diferentes sucesos importantes que afectaron a la sociedad norteamericana del momento: retrata E.E.U.U. en clave política (la guerra del Vietnam, la lucha por derechos civiles, el asesinato de Kennedy, la lucha contra el racismo), el mundo literario (con referencias a múltiples escritores, no sólo americanos) y su pasión por el cine. Este hecho contribuye a engrandecer y ampliar la novela, dotándola de un fondo social y cultural que añade interés a la propia historia narrada.

De esta manera, la novela nos retrata un mundo de posibles, donde aquellas decisiones propias o ajenas marcan nuestro futuro, potenciando unos aspectos de nuestro carácter por encima de otros en función de lo que hemos vivido, experimentado, sufrido y soportado. La vida y los sucesos (fortuitos o no) dirigen nuestra vida hacia un camino u otro y es todo aquello que envuelve nuestro mundo el que conformará nuestra forma de ser y nuestro devenir. Juntando elementos relacionados con la familia y las aficiones con las consecuencias del azar, Auster elabora una novela ambiciosa, compleja, enredada en sí misma y, a través de ella, conforma un mapa vital donde cada una de las ramificaciones puede desembocar en las diferentes vidas posibles pero, siempre, en todas ellas, con un rasgo común que no varía en exceso: aquello que conforma nuestro núcleo más genuino de nuestra personalidad, manteniendo aquello con lo que hemos nacido, lo modificamos acorde a la vida que hemos tenido.

Sin embargo, siendo honesto, cabe decir que el último tercio del libro se hace algo denso, menos ágil y más reiterativo. En esta última parte abundan los párrafos largos y con exceso de detalle, algo que lastra el desarrollo del libro, haciéndose cuesta arriba en su último tramo. Quizá, siendo escrupuloso, con unas cien o doscientas páginas menos el resultado hubiera sido mejor. De todos modos, cuando uno ha disfrutado de más de setecientas páginas y nota que, aunque flojee algo la última parte, necesita saber cómo termina el libro y no puede parar de leerlo, es porque éste vale la pena, porque su recorrido por las casi mil páginas te dejan con ganas de más y porque el final, ¡qué gran final!, pone la mejor rúbrica posible a esta colosal obra.

En resumen, grandes sensaciones las que deja el libro. No aconsejaría a lectores que no conozcan al autor que empiecen por este libro. No porque no valga la pena, no porque no sea bueno (o muy bueno), no porque uno no goce leyéndolo, sino todo lo contrario. Es un libro tan completo que se disfruta especialmente cuando se reconoce en él aquello que Auster ha estado escribiendo a lo largo de su existencia. Es su mayor obra, es el resultado de todo aquello que ha estado creciendo interiormente a lo largo de su vida literaria, la culminación de su creación. Es puro Auster y eso, ya de por sí, es su mejor aval.

También de Paul Auster en ULAD aquí

lunes, 11 de septiembre de 2017

Jose María Guelbenzu: El mercurio

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1968
Valoración: Recomendable

Leí por primera vez ‘El mercurio’ hace una buena porrada de años. No entendí nada pero quedé fascinado. El tal Guelbenzu rompía las normas de la literatura, modelaba el lenguaje y los formatos a su antojo. Era una obra libre de ataduras gramaticales, transgresora. No era el único, claro, antes lo había hecho Joyce desde luego, pero la cosa hundía sus raíces incluso mucho antes, ahí estaba Lautrèamont, los surrealistas, Dadá, Roussel. No sólo se retuerce el elemento instrumental (el lenguaje, las normas gramaticales), sino el mismo desarrollo de la narración, la perspectiva se vuelve múltiple, se confunden autor y personaje, el tiempo deja de ser lineal. Todo patas arriba en busca de un objetivo que tampoco está muy claro: se buscan sensaciones, atmósferas, intensidad, ruptura con el realismo precedente. Se obliga al lector a un esfuerzo suplementario para percibir las ideas de forma no convencional, con lo que deja de ser un receptor pasivo y no le queda otra que currarselo, integrarse en el texto. Sufre, y a cambio disfruta de sensaciones diferentes, o eso se supone. En España, por aquello de la guerra y la polarización, quizá había cosas más importantes de las que ocuparse, y hubo que esperar unos cuantos años para disponer de obras que se arriesgasen en estos peligrosos acantilados de la experimentación. Pero mereció la pena: Martín-Santos, Goytisolo, Juan Benet, Torrente-Ballester (¡qué grandes!), se lanzaron sin paracaídas y alcanzaron algunas de las cimas más elevadas de la literatura española en el siglo pasado –al menos en mi modesta opinión. Incluso un tal Cela hizo un par de incursiones notables en ese mundo enloquecido. Y ahí, un pelín más tarde, apareció este Guelbenzu y su primera obra narrativa (por llamarlo de alguna manera): ‘El mercurio’ (1968)

Bueno, vale, vaya speech. La cuestión es cómo se nos presentan estas cosas hoy día, bien entrado el siglo XXI. A estas alturas ya no nos sorprenden mucho ciertas apuestas estilísticas, y algunos de los recursos narrativos que eran rompedores hace medio siglo nos resultan más o menos familiares. Se puede decir que en el terreno de la audacia ya se llegó todo lo lejos que se podía, y en las últimas décadas la narrativa se ha vuelto quizá más conservadora, con algunas aportaciones sobre todo en el terreno de la estructura, y no mucho más. Todo sea dicho en términos generales, con las lógicas excepciones y a la espera de que alguien más experto me sacuda el correspondiente tomatazo.

A lo que iba. Quizá en estas circunstancias, con una perspectiva temporal mucho más amplia, la fascinación que decía al principio por obras como ‘El mercurio’ se difumina para permitir un juicio un poco más objetivo. Efectivamente, Guelbenzu llegó muy lejos en su osadía, quizá más que la mayoría de sus coetáneos. Tampoco olvidemos que era su primera obra narrativa (hasta entonces sólo había escrito poesía), con lo que puede suponerse que esa creatividad explosiva estaba en su punto más elevado, sin el freno que puede aportar la experiencia. De esa forma, se ve que el autor hace explotar toda la pirotecnia sin escrúpulos, tal vez de forma un poco desmedida. La novela es así una sucesión de golpes a un proceso de lectura digamos normal, empezando por la numeración de los capítulos, continuos saltos en el tiempo y cambios de plano, páginas sin puntuación ninguna o escritas de derecha a izquierda, por supuesto monólogos, a veces entreverados con un relato aparentemente lineal, metaliteratura con el autor como personaje integrado en un libro dentro de otro libro. Vamos, de todo. Eso sí, sin ocultar que la prosa de Guelbenzu, cuando se pone en plan clásico, es elegante y eficaz al cien por cien.

Ah, bueno, claro, el argumento. Pues básicamente tenemos a un grupo de jóvenes intelectuales madrileños entre los que se desarrollan líneas argumentales más o menos relevantes: la pérdida de una amante, el proceso creativo del escritor, reuniones sociales más o menos apetecibles o directamente catastróficas, un colega con una neura importante. Son personajes desubicados, insatisfechos, que buscan su camino en una ciudad que se nos pinta como agresiva e inhóspita, entre el jazz, la literatura y amores que pretenden sean libres y diferentes a lo establecido. En definitiva, elementos muy de la época, que ni llaman mucho la atención ni tampoco conforman una trama demasiado definida.

Pero, aunque en este campo de la literatura hay narraciones a mi juicio más sólidas que ésta, digamos que es admisible que el argumento, al menos en su concepto tradicional, pase a un segundo plano. Estos libros hay que tomarlos como son: experimentos estilísticos arriesgados que tienen el mérito de haber abierto caminos y ampliado los horizontes de la literatura. Con el tiempo, muchos de sus recursos han sido trabajados por otros autores y asimilados por el público, y otros no. Como lectores de narrativa, quizá no muy aficionados a estas aventuras, costará trabajo disfrutar con los obstáculos que el autor nos coloca; pero creo que merece la pena hacer el esfuerzo y conocer otra forma de contar las cosas.

domingo, 10 de septiembre de 2017

David Stubbs: Future Days. El Krautrock y la construcción de la Alemania moderna

Idioma original: inglés
Título original: Future Days. Krautrock y el edificio de la moderna Alemania
Año de publicación: 2016
Traducción: Tadeo Lima
Valoración: muy recomendable

Basta de justificarme. El subtítulo del libro ya es suficientemente claro, no vamos a hablar solamente de discos y de artistas y de sonido o de influencia. Aquí se escribe sobre un movimiento cultural que, aunque la música sea su emblema y su correa de transmisión, parte de la iniciativa de una generación emblemática en su país. Se trata de los nacidos durante la guerra o en los años inmediatamente posteriores. Criados en unas condiciones difíciles a todos los niveles. Con fuerzas de ocupación muy pendientes de que a los boches no les dé por liarla una tercera vez, con compatriotas que ocultan pasados relacionados con el oscuro período 1933-1945. Con un sistema educativo que parece haber hecho un pacto de silencio para eludir la profunda herida. Con muchas familias afectadas por el conflicto, sin nadie que pueda proclamarse ajeno porque todos conocen a víctimas o a verdugos o a ambos. Y la reacción de la generación inmediatamente posterior al conflicto, los nacidos a partir de 1945 es curiosa. Jóvenes de pelos largos, que se debaten entre la mala interpretación que puede representar un brote patriótico y una efervescencia creativa ayudada por sustancias de todo tipo, era hippy y eso, LSD, marihuana, pero intentando hallar su propio camino.
Krautrock es tan despectivo como efectivo a la hora de definir un movimiento restringido y quizás poco heterogéneo, pero su influencia perdura. Primero, porque son precedentes de cierta visión de la música rock omitiendo sus puntos de referencia clásicos. En concreto, el blues. No tanto el jazz, pero un jazz con un perfil técnico alejado de patrones al uso. Can  tiene más que ver con Sun Ra o con Miles Davis que con los Beatles o Chuck Berry. El krautrock es descrito como un golpe en la mesa reivindicando algunas dinámicas propias del renacimiento de la Alemania industrial, tutelada por Occidente, golpe desde un círculo creativo que surge de un esqueje que ahora podemos recordar de forma algo nebulosa. La Alemania de la RAF, de los movimientos estudiantiles, de la Baader-Meinhof, de las patillas imposibles y las Olimpiadas de Munich y los Campeonatos del Mundo del 74, de los pantalones de campana y esa especie de aura incómoda, con el país dividido, con Berlín aislado, con ese idioma que nos parece imposible a los de los idiomas romances.
David Stubbs es un periodista musical que ha desfilado por muchos medios. Desde la una vez totémica prensa semanal (la dupla NME-MM) hasta la difícil y rebuscada élite: The Wire. Uno de esos tipos que podríamos llamar musicólogos, esas rara avis que consiguen ser pagados por escuchar música y hablar y escribir sobre ella. Los que entran de gorra a los conciertos y someten a los artistas a duros tête a tête entre bambalinas y en vestíbulos de hoteles. Su trabajo en este libro es descomunal, analizando carreras, discos, picos y valles de discografías, hablando del proceso de composición, de grabación, refiriéndose de muy buena tinta a toda la juerga lisérgica, a las rencillas fuera y dentro de las bandas, al errático estilo de vida de algunos de los músicos, aludiendo a lo esencial de algunos discos que muchos desconocemos y obligando a ese agradabilísimo ejercicio cuando se lee sobre música: interesarse, indagar, comprar, descargar, escuchar, coincidir o discrepar.
Pero decir que este libro se limita a eso es quedarse muy corto. Sería eludir la disección paralela al auge y declive del movimiento musical, la de una sociedad alemana que se avergüenza de sentir orgullo de si misma, que necesita que pasen décadas, que las generaciones se renueven a toda castaña, que el mundo les mire sin pizca de sorna ni de recelo. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Moyshe Kulbak: Los zelmenianos

Idioma original: Yiddish
Título original: Zelmenyaner
Traducción: Rhoda Henelde y Jacob Abecasis
Año de publicación: 1931 (libro 1) y 1935 (libro 2)
Valoración: Recomendable (o algo más)

Que las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del sigo XX fueron tiempos de radicales transformaciones (tecnológicas, económicas y políticas, fundamentalmente) es algo innegable. Así, en el ámbito tecnológico tenemos la bombilla eléctrica, la radio o el cinematógrafo. Y en el ámbito político, la Comuna de París, la Primera Guerra Mundial o la Revolución Rusa.

Cuento esto porque "Los zelmenianos" es un libro acerca de la influencia de esos cambios, sobre todo los que origina la Revolución Rusa, en una comunidad tradicional judía.

Los "zelmenianos" son los descendientes de reb Zelmele, judío llegado desde la "Rusia profunda" a territorio de la actual Bielorrusia alrededor de 1864. En Bielorrusia se establecen en un "patio", en el que convivirán (en un decir) tres generaciones de zelmenianos, que será escenario de prácticamente todo el libro, como si de una obra de teatro se tratara.

Como digo, conviven tres generaciones de zelmenianos:. reb Zelmele, su esposa Basche y los hijos y nietos (yernos, nueras, sobrinos y demás familia). Las dos primeras generaciones son hijas de la tradición, cumplen los preceptos que establece la ley y desempeñan oficios también tradicionales, como el de sastre, curtidor o relojero. Por contra, la tercera generación es hija de la Revolución y trata de romper con la secular tradición familiar.

El enfrentamiento está servido. Los mayores ven con recelo cualquier novedad impulsada por los jovenes, ya sea la electricidad, la radio, el cine, las fábricas y granjas colectivizadas, una campaña de alfabetización, el matrimonio con "gentiles" o el nombre de los nietos, y los jóvenes ven a sus mayores como seres aburguesados y anquilosados en la tradición. Pero el enfrentamiento no es solo intergeneracional, sino que entre los miembros de una misma generación también se producen choques. 

Dos aspectos destacan por encima de todo en la novela. El primero es el humor con el que Kulbak trata el tema. Pese a que puede parecer una novela costumbrista con su punto trágico, por el desmoronamiento de una forma de vida, Kulbak da a las diferentes escenas un toque satírico, con sus dosis de humor absurdo, surrealista y negro, por momentos. Por otro lado, Kulbak no enjuicia a los personajes, no toma partido ni por unos ni por otros, sino que únicamente pone de manifiesto las tensiones a las que los múltiples personajes se ven sometidos, siempre con el humor como fondo.

Pese a todo lo anterior, el libro no ha cubierto las expectativas que en el tenía depositadas, si bien es cierto que estas eran muy altas.  Por una parte, está la estructura de la obra. Personalmente, esperaba una novela "más rusa", una narración más "al uso". Por otro, el hecho de que a lo largo de la historia aparezcan y desaparezcan tantos personajes hace que me quede con la sensación de que alguno de ellos pudiera haber tenido "más jugo", más profundidad, más extensión.

En cualquier caso, se trata de una obra curiosa, divertida y bastante entretenida. A quien parece que no le hizo tanta gracia fue al amigo Stalin, lo que llevó a la detención y ejecución de Kulbak en las tristemente famosas purgas del 37. Eso sí, el hombre fue rehabilitado en 1960, aunque de poco le sirviera ya. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Reseña + entrevista: "Mejor la ausencia" de Edurne Portela

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Edurne Portela apareció en el panorama editorial hace un año, con su ensayo El eco de los disparos, sobre las representaciones literarias y fílmicas del “conflicto vasco”. Ahora vuelve con una novela, Mejor la ausencia, que retrata la vida de una chica de la margen izquierda de la ría de Bilbao (en la que se sitúan las fábricas, las ciudades obreras, las minas) en su paso de la infancia a la adolescencia y a la madurez en el seno de una familia cargada de tensiones, culpas y silencios.

Esta es una novela marcada por la violencia, no solo del terrorismo, sino también de la conflictividad social de los años 80 (años de la reconversión industrial, con niveles de desempleo que llegaron al 30% en algunas zonas), de la epidemia de heroína que diezmó a toda una generación, o también la violencia machista ejercida dentro y fuera del hogar. Es por lo tanto una novela oscura, casi naturalista en su acumulación de desgracias (violencia doméstica, drogodependencia, alcoholismo, torturas, exilios, violaciones, pérdidas), que contrasta tanto con el relato idílico del nacionalismo vasco, como con la visión dominante de los años 80 como años de libertad, creatividad, aperturismo, “la movida madrileña” y Pedro Almodóvar, la europeización galopante.

Por eso, lo que narra Mejor la ausencia quizás resulte novedoso para algunos lectores, pero resultará muy reconocible para quien haya vivido en el País Vasco (o mejor, en Vizcaya) en los años 80: algunos de mis recuerdos infantiles están ligados a las sirenas de las fábricas, y a los enfrentamientos entre la policía y los trabajadores de los astilleros abocados al cierre. Estas otras violencias también forman parte de la historia y de la memoria reciente de Euskadi, que no se resume ni se agota en el llamado “conflicto vasco” (aunque este también está muy presente en la novela, de una forma poliédrica y no binaria o maniquea).

Edurne Portela ha optado por estilo seco y con pocas concesiones al preciosismo o al humor, pero muy efectivo en la transmisión de la dureza de la trama. Quizás uno de los aspectos más conseguidos sea la evolución de la sensibilidad (y la voz) de la narradora, desde las primeras páginas, en que tiene apenas cinco años, pasando por la áspera irritación de la adolescencia, hasta la edad adulta, en 2009, momento de volver la mirada hacia el pasado para intentar darle sentido.

Esta última sección, la que muestra el regreso de la protagonista a su casa, es quizás la que me resulta más problemática. Creo que la idea es introducir, precisamente, el momento de construcción de la memoria traumática desde la madurez, pero este tema no se desarrolla lo suficiente en mi opinión; y el recurso de volver atrás para reconstruir determinados episodios que habían quedado incompletos en la primera parte me parece confusa narrativamente.

En todo caso, esto no disminuye el valor de una novela más que recomendable, dura pero cargada de interés literario, histórico o político. Si El eco de los disparos es un ensayo que nos ayuda a reflexionar sobre el modo en que el "conflicto vasco" está siendo representado en distintos productos culturales, Mejor la ausencia es en cambio un producto cultural que nos recuerda que la historia del País Vasco no se reduce a ETA y al nacionalismo; que hubo muchas otras tramas y vivencias que compusieron un periodo duro de nuestro pasado, que esta novela contribuye a recuperar, en toda su complejidad y dolor.
 

Entrevista a Edurne Portela


Creo que mucha gente va a leer esta novela como un complemento o continuación de 'El eco de los disparos', o sea, como una novela sobre ETA. ¿Esta lectura es correcta, o puede ser reductora? ¿Las dos obras se compusieron al mismo tiempo, o secuencialmente?


Empecé a escribir Mejor la ausencia después de terminar El eco de los disparos, en agosto de 2015. Lo recuerdo perfectamente porque comencé a hacerlo sin saber todavía si iba encontrar un editor para El eco. Pero al finalizar el ensayo me di cuenta de que la pregunta principal que me había guiado a escribirlo no estaba agotada y esa pregunta era qué significa convivir, entendiéndola, con una herencia de violencia. Es decir, cómo la violencia (ya sea política, estructural o íntima/familiar) marca nuestra forma de concebir el mundo en el que vivimos, nuestra relación con él. En El eco lo exploro de forma muy específica en el contexto de la violencia que hemos vivido en Euskadi. En Mejor la ausencia hay una continuación de esta exploración, pero también una ampliación temática. La violencia que se explora en esta novela no es sólo la del "conflicto", sino también la del desarraigo, la droga, el maltrato en el seno de la familia, el machismo. En ese sentido, Mejor la ausencia no es una novela sobre ETA o no por lo menos exclusivamente.
 
Me imagino que eres consciente de que se va a comparar tu novela con 'Patria', que habrá quien diga que te has inspirado en ella o, peor todavía, que estás intentando aprovecharte del tirón de Fernando Aramburu. ¿Crees que por causa del éxito de 'Patria' se nos viene encima una oleada de novelas sobre el conflicto vasco? ¿Y eso, sería bueno o malo?

Como decía, empecé a escribir esta novela por lo menos un año antes de que Patria saliera a la luz. Para cuando leí el libro de Aramburu, mi novela estaba casi acabada. Creo que sería una tontería decir que está inspirada en ella porque no tienen nada que ver, ni en concepción literaria ni en el tratamiento de los temas. Y lo de aprovecharme del tirón... ¡si fuera tan fácil!

Patria ha marcado un antes y un después en la ficción sobre el tema y a partir de ahora será inevitable que todo lo que escribamos se compare. Si viene una oleada de novelas sobre el tema creo que no se debe tanto al fenómeno Patria (aunque seguro que le salen un montón de imitadores) sino a la necesidad que tenemos de entender y elaborar nuestro pasado reciente. Este mismo septiembre salgo yo, pero también sale Aixa de la Cruz y Juan Bas, que yo sepa. Y la traducción de Atertu arte itxaron de Katixa Agirre también se va a publicar ahora en castellano como Los turistas desganados. Y yo creo que esto es muy buena señal. Igual nos pasa como con las novelas de la guerra civil, que al final podemos acabar hasta el moño de malas novelas, o de novelas de héroes y villanos, pero esa producción también ha dado obras excelentes que nos han ayudado a entender ese periodo traumático de nuestra historia.

'Mejor la ausencia' es una novela de la memoria. ¿Hasta qué punto la construcción de esta memoria sirve para darle un sentido a la vida individual y a la historia colectiva?

La memoria, ya sea en su forma testimonial o en su elaboración a través de la imaginación en ficción, creo que es fundamental como herramienta para comprender nuestro pasado. Pero ojo, no se puede sustituir memoria por historia. La labor de los historiadores es fundamental y creo que a veces no les valoramos lo suficiente. Pero también es cierto (y esto ya es un tópico, pero creo que está bien recordarlo) que la ficción puede llegar allá donde la historia no puede: el terreno de lo íntimo, de los afectos, de esas zonas ambiguas y tremendamente humanas en las que también se gestan la historia y sus tragedias, la política y sus violencias. Entonces, las novelas que se nutren de la memoria o que indagan en el pasado individual y social, si consiguen indagar en ese sustrato afectivo y representarlo para el lector o lectora, aportan algo muy valioso al conocimiento de la historia.
 
¿Cuánto hay, en 'Mejor la ausencia', de deseo de completar la historia narrativa reciente del País Vasco con una serie de temas (el paro, la droga, el rock...) que están casi ausentes de la mayor parte de sus representaciones? El hecho de que sea una novela urbana, centrada en la periferia de Bilbao, te sitúa de alguna forma como contrapunto de Ramiro Pinilla, desde la orilla opuesta de la Ría: como cronista de una historia algo diferente de la oficial… 

Muy buena pregunta, aunque no sé si sabré contestarla. A ver, cuando me pongo a escribir esta novela no soy consciente de estar completando nada, no nace de una carencia, sino de un deseo de indagación. Tampoco pensé en ser el contrapunto de Ramiro Pinilla (sería de una arrogancia tremenda por mi parte).  Pero ahora que lo dices, sí es cierto que no tenemos mucha ficción centrada en esta geografía o en esos años. Pero el caso es que con esta novela yo partí de una serie de afectos, memorias, impresiones relacionados con lo que significaba vivir esos años en este contexto. Los hechos o la problemática histórica era por supuesto importante, pero no era lo que dictaba el texto. Es decir, no buscaba elaborar una tesis histórica a partir de mis personajes, sino dejarles vivir naturalmente en él. Si el resultado es, como dices, una historia diferente a la oficial o alternativa, pues me alegra mucho, pero es un resultado que no busqué conscientemente.

¿Por qué una novela tan oscura?

Pues ahí sí que sé es difícil darte una respuesta. Te diría que se lo preguntaras a mi psicoanalista, pero ya no tengo uno. Bueno, hablando en serio, además de la oscuridad que pueda haber dentro de una, creo que esos años que nos tocaron vivir son muy opacos, muy oscuros, años que, como dices tú antes, apenas hemos elaborado ni a través de nuestras memorias ni de nuestra imaginación. Creo que según los personajes fueron tomando cuerpo y vida, toda esa oscuridad, esos silencios, se apropiaron de la narración. Y tal vez, al estar contado desde la perspectiva de Amaia, un personaje que vive en la oscuridad, también en su edad adulta, nunca llegamos a salir de ahí. O sólo en breves momentos.
 
Como decía antes, quizás mi mayor problema con la novela sea la última sección, la que sucede en 2009 y se titula “el regreso”. ¿Por qué introdujiste esta segunda parte, más breve, en la novela? ¿Qué función tiene? ¿Por qué no la desarrollaste más?

Aquí retomo mi respuesta anterior. Como decía, toda la novela está narrada desde el punto de vista de Amaia. Desde pequeña, ella intenta entender el mundo que le rodea. Ese mundo se va ensanchando según va creciendo, pero gravita siempre entorno a su padre: su presencia y su ausencia. No quiero destripar la novela, entonces tengo que limitar un poco la respuesta. Pero piensa en eso en relación a la segunda parte. Ella, por una serie de circunstancias, regresa a "casa" y es entonces cuando ese proceso de intentar entender se reactiva, y se hace a través de la escritura, que para ella es una forma de conocimiento. A esa edad y con lo que ha vivido, Amaia intenta reconstruir todos esos pedazos del pasado, que son a veces intuiciones, a veces datos deslavazados, a veces memorias dudosas. Y el final, del que no vamos a hablar aquí, interrumpe ese proceso. Amaia va dando sentido, construyendo su propia narrativa, en esta segunda parte y a mí me parece que ese proceso de reconstrucción aporta toda una serie de matices sobre el pasado importantes. Y, bueno, quería dejarla crecer y ver en qué se había convertido como una mujer de 35 años.

Si no desarrollé más esta parte es porque pensé que con la elaboración que hago era suficiente. Hice una buena criba de secciones que me parecían que si bien eran importante para mí, para entender a Amaia, al lector o lectora no le iban a aportar mucho más. Igual te resulta frustrante que algunas cuestiones del pasado de Amaia y su familia no se aclaren, o estén confusas. Pero es que Amaia no logró nunca saber nada más. Y ella manda.
 
Por otra parte, esta segunda sección deja un mensaje bastante desasosegante: si tomamos a la familia de Amaia como una alegoría o metáfora de la sociedad vasca, la conclusión parece ser que la comunicación, la comprensión o la reconciliación son imposibles, sobre todo en un contexto traumático.

Aquí no estoy de acuerdo contigo. De nuevo, no queremos arruinar la lectura a nuestros lectores y lectoras, pero creo que la mayoría de los personajes de la familia sí establecen una comunicación, entre algunos sí hay reconciliación. ¿Amaia? Bueno, es que Amaia es una chica muy especial que ha vivido mucho. Y hay reconciliaciones que son no sólo imposibles, también indeseables.

Dicho esto, tampoco sé si la familia de Amaia se puede entender como alegoría o metáfora de la sociedad vasca. En parte sí, porque son personajes inscritos en la historia vasca de los últimos 40 años, pero por otra parte, ni ellos representan a toda la sociedad ni todo lo que les ocurre tiene que ver con el conflicto vasco (la desintegración social debido al paro o la heroína en los 80, por ejemplo, se da en otros lugares de España). Además, hay otras cuestiones que marcan a los personajes, como la violencia familiar (contra la mujer, los niños), en la que entran otro tipo de consideraciones cuando hablamos de términos como "reconciliación".

Por último, tengo curiosidad por saber si escogiste el estilo (frases cortas, uso de coloquialismos, sobre todo en los diálogos, pocos preciosismos...) de forma consciente para que correspondiese con el contenido o con la voz del personaje, o si simplemente es la forma de escribir con la que te sientes más cómoda...

Claro, toda la obra es la voz de Amaia y toda la narración se sustenta en ella. No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero Amaia es una chica capaz de mucha ternura, vulnerable también, pero al mismo tiempo puede ser dura, incluso violenta. Su voz es ella y, por eso dirá tacos o será seca, aunque también su voz puede destacar el cariño o sus pensamientos desvelar su ternura. La segunda parte es cierto que Amaia comienza con unas reflexiones más pausadas, pero el retorno a "casa" supone también una vuelta al pasado y, con ello, a un estado similar a aquél de la primera parte.