martes, 21 de noviembre de 2017

Mircea Cărtărescu: Solenoide

Título original: Solenoid
Idioma original: Rumano
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2015
Valoración: (Casi) imprescindible

Dice la crítica seria y especializada que esta es la obra cumbre de Cartarescu. A ver. Igual es algo aventurado, sobre todo si tenemos en cuenta que Cartarescu tiene unos 60 años y aún le quedan unos cuantos libros por delante, ¿no? Lo que sí que puedo decir es que se trata de su obra más ambiciosa hasta el momento (o, al menos, de lo que yo he leído), un compendio de todo su universo literario en versión extendida. 

Es un libro que no me atrevería a recomendar a nadie como punto de partida para adentrarse en la obra del rumano. Sus casi 800 páginas y su peculiar mundo hacen aconsejable acercarse a "Solenoide" tras alguna que otra experiencia en el mundo cartaresquiano. 

Pero vayamos al grano. Creo que estamos ante uno de los libros del año. Sin más. Por su originalidad, por su atrevimiento y por llevar casi al límite aquella frase de Pío Baroja, extraída de sus "Páginas de autocrítica", en la que decía que la novela es un saco donde cabe todo. 

A grandes rasgos, podríamos decir que "Solenoide" es una novela sobre el extrañamiento de uno mismo y del mundo que le rodea, una novela dual, realista y onírica a partes iguales. Y es que su protagonista es, así mismo, un ser dual. De día es un gris profesor de Lengua Rumana es un gris colegio del extrarradio de Bucarest, ciudad museo de la melancolía y de la ruina. De noche, se trata de un hombre asediado por miedos, sueños y alucinaciones.

El libro son los cuadernos que va escribiendo su protagonista a lo largo del tiempo, en los que hace un repaso a toda su vida, determinada siempre por decisiones (propias o de terceros) conscientes e inconscientes, desde la infancia a la madurez, pasando por una adolescencia marcada por su estancia en un terrible sanatorio para tuberculosos, por su compulsiva afición a la lectura y por un doloroso rechazo a su primera obra literaria. Tal y como el propio escritor-lector-personaje de los cuadernos, estos son informes sobre sus propias anomalías escritos con el único objetivo de intentar comprender.

Como decía anteriormente, los cuadernos tienen dos vertientes. Una de ellas es diurna y correspondería a su monótona vida como profesor en un colegio de primaria, lleno de piojos y liendres; bichos reales y presentes en las primeras páginas del libro, metafóricos y terribles más adelante. El retrato de la Rumanía de los años 60-70 y 80 es devastador. Es el retrato de una soledad sin esperanza, de una vida con miedo, de una realidad que se ha convertido en la más abrumadora de las prisiones, en la que "todos somos ácaros ciegos pululando en nuestra mota de polvo en un infinito desconocido". Esta parte más realista me parece, sencillamente, brutal. Las páginas que reflejan la soledad, el dolor, el absurdo y el vacío son de lo mejor de la obra de Cartarescu.

La otra vertiente, llamémosla nocturna, es fruto de los miedos, sueños y alucinaciones de su protagonista. Pese a estar íntimamente relacionada con la parte realista, ya que procede del dolor "del día", podría leerse como una novela diferente. Sería, en este caso, una novela onírica, con una potente carga alegórica y metafórica, en la que los sueños del protagonista no constituyen otra cosa que planes de huída de la realidad. Esta parte es más compleja para el lector. Los extraños y terribles sueños están narrados con gran detalle, sobre todo en su aspecto más "técnico", y, en mi opinión, entorpecen un tanto la agilidad de la lectura.

En cualquier caso, se trata de un grandísimo libro, que trae a la mente, además de obras anteriores de Cartarescu (Lulú, Nostalgia...), a Kafka, con millones de insectos y parásitos como metáfora del mundo, a Borges o al Sábato de "Sobre héroes y tumbas". Palabras mayores, oigan.

P.S.: No quisiera acabar la reseña sin destacar el trabajo de Marian Ochoa de Eribe, traductora habitual de Cartarescu. El texto, sobre todo en su parte más onírica, está plagado de tecnicismos y de detalles e imagino que el esfuerzo debe haber sido ímprobo.

Otras obras de Caratarescu en ULAD AQUÍ

lunes, 20 de noviembre de 2017

Zygmunt Bauman: Tiempos líquidos. Vivir en un tiempo de incertidumbre


Idioma original: Inglés 
Título original: Liquid times. Living in an age of uncertainty
Traductor: Raül Garrigasait 
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable 

 Zygmunt Bauman es un prestigioso sociólogo conocido por acuñar el término de la “modernidad líquida”, cuyas ideas, versátiles y con pretensiones generalistas, han influenciado a muchas otras disciplinas. Él mismo ha hecho incursiones en varios campos, con más o menos éxito (por ejemplo, cuando su discurso aborda el amor o el arte, me parece algo pobre y desinformado). Tiempos líquidos es un libro en que Bauman está en su terreno, la sociología, aunque también se desvíe hacia la economía, la política... Los ejemplos que da para justificar sus aseveraciones se me antojan menos forzados y autojustificatorios que los que presenta, por ejemplo, hablando de arte contemporáneo. 

 Básicamente, en Tiempos Líquidos, este pensador reflexiona sobre una modernidad (líquida) en la que, al contrario que antaño (cuando era sólida), es imposible que nada cale; instituciones, modas, identidades, relaciones, todo es efímero. Eso engendra a un individuo perdido, sin marcos de referencia a largo plazo, condenado a seguirle el juego a un presente que cambia de reglas constantemente. 

 Quizás un defecto que veo al libro es que el autor es bastante comedido. Se limita a exponer una situación (situación que muchos otros ya habían predicado antes que él, todo sea dicho) a la que no propone soluciones, ya que, según Bauman, eso sería precipitado y hasta contraproducente. También me disgusta que en ocasiones se le ve poco dispuesto a emitir juicios de valores sobre los temas que trata, lo cual puede parecer un acierto, un tanteo hacia la objetividad ensayística, si es que eso existe realmente, pero cuando debe enfrentarse a cuestiones de la envergadura de la paulatina pérdida de poder del Estado a favor de los caprichos del mercado global, el desgaste de las iniciativas colectivas o los refugiados, esa tibieza se me antoja algo frustrante.  

 Tiempos líquidos, en resumen, indaga en las consecuencias del paradigma actual y las repercusiones que estas puedan tener en las personas de a pie. Y pese a los aspectos negativos que he mencionado, me parece que Bauman cumple con su intención de informar. De hecho, tiene una facilidad pasmosa para ejemplificar lo que dice con metáforas de lo más ilustrativas. Encima, el libro es breve y no muy difícil de leer, algo que los flojos de mollera como yo agradecemos sobremanera en un ensayo.


También de Bauman en ULAD: La ambivalencia de la modernidad y otras conversacionesModernidad líquida

domingo, 19 de noviembre de 2017

Alan Moore & Dave Gibbons: Watchmen

Idioma original: inglés 
Título original: Watchmen
Año de publicación: 1986-87  (capítulos seriados); 2007 (libro)
Traducción: Raúl Sastre (capítulos) - Ana Calvillo (textos finales)
Valoración: muy, pero que muy recomendable

Vamos hoy con un clasicazo donde los haya del cómic de superhéroes; mejor dicho, el cómic de superhéroes definitivo, el que sirvió de epitafio y requiescat in pace para todo el género; el que lo llevó hasta fuera de sus límites y cerró la puerta; el Ulises de los tebe... Bueno, vale, igual estoy exagerando un poco. Y tampoco ha sido el último cómic del género de capa y mamporro, ni mucho menos, pues en décadas posteriores ha conocido un auge importante, aunque quizás más gracias al cine que al papel impreso. Pero lo cierto es que Watchmen representó en su momento no ya un "hasta aquí hemos llegado", sino sobre todo la posibilidad de que el género diese un salto hacia delante en profundidad y complejidad narrativa. Moore y Gibbons marcaron un hito, vaya.

La historia, ya desde el comienzo, descoloca bastante: en 1985, en un distópico y ucrónico Nueva York (es interesante saber que Alan Moore comenzó el guión en el emblemático 1984... al tiempo que, en Berlín,  Margaret Atwood escribía su propia y muy distinta distopía), alguien parece estar acabando con los antiguos justicieros enmascarados, fuera de la circulación por ley desde 1977. El único que aún actúa por su cuenta, el enigmático y categórico Rorschach, decide investigarlo, al tiempo que avisa a sus antiguos colegas, ya retirados o trabajando para el Gobierno. Mientras tanto, la guerra fría entre EEUU y la Unión Soviética está experimentando una escalada de tensión que parece abocar a la guerra termonuclear; el único elemento disuasorio para que evitar el desastre es, precisamente, la presencia, en el bando americano, del Dr. Manhattan, el único verdadero superhéroe, en realidad, pues es el único con poderes suprahumanos y que, de hecho, le convierten en una suerte de dios, pues puede modificar la materia a su antojo (los demás  justicieros no pasan de ser tipos disfrazados). 

A partir de aquí asistimos a un despliegue metanarrativo más propio -al menos hasta entonces- de la novela postmoderna que del cómic de consumo rápìdo por más que las editoriales del género hayan acabado por desarrollar sus propios "multiversos", etc...): durante toda la primera mitad del libro -es decir, seis capítulos de doce- conocemos a los personajes, su idiosincrasia, circunstancias y obsesiones, su "vida civil" -si es que la tienen-, sus secretos, ya sean referidos a su intimidad o a los "servicios" prestados como héroes, quienes fueron sus antecesores -los, irónicamente, conocidos como Minutemen-, que ha sido de los supervivientes de esa primera generación, etc... Por resumir: una auténtica deconstrucción del arquetipo "superheroico". Aderezado, además, con un buen aliño de la llamada metaficción: al final de cada capítulo encontramos extractos de libros, informes policiales, reportajes periodísticos, entrevistas... incluso un "cómic dentro del cómic": un tebeo de piratas de lo más escabroso (y que muy bien pudo inspirar la saga de Piratas del Caribe). Por no olvidar las maravillas narrativas que son los capítulos V y VI: en cuanto a composición gráfica el primero, pues es absolutamente simétrico (!) y en cuanto al guión el otro, un alarde existencialista a base de saltos temporales y fundamentado en la teoría de la relatividad del tiempo y el espacio, la física cuántica y vete a saber qué otras cosas más sólo compresibles por Sheldon Cooper y su panda de amiguetes... que yo soy de letras (aunque lo mismo da: es toda una gozada leerlo). En la segunda mitad del libro, aunque se mantienen muchos elementos, la historia deriva más hacia la de unos superhéroes, bien que bastante sui géneris, que deben cumplir una misión para salvar al mundo y todo eso...

En todo caso, el gran tema del que trata Watchmen es, cómo no, la dicotomía entre el bien y el mal y, más aún, una reflexión sobre la mejor actitud para enfrentarnos a este último (¿a alguien le suena este dilema?). Cada uno de los componentes del grupo parece adoptar un posicionamiento distinto al respecto: desde la intransigencia maniquea de Rorschach al "despotismo ilustrado" de Ozymandias, al tiempo que el Comediante y el  Dr. Manhattan no ven diferencia alguna entre hacer el bien o el mal, aunque uno de ellos opta por dar rienda suelta a sus bajos instintos, mientras que el otro lo que siente es un cada vez mayor distanciamiento hacia una Humanidad de la que quizás ya no forme parte... Por último, Búho Nocturno y Espectro de Seda representan al común de los mortales, a la mayoría de las personas que nos debatimos entre las buenas intenciones, la impotencia y la más general desidia.

No me enrollo más: aún podría extenderme sobre la impronta derechista (por no decir ultra) de estos supuestos héroes enmascarados, sobre los recursos semióticos presentes en el cómic (no deja de ser una obra de los 80) o la visión crepuscular del género, característica de todo fin de época... Pero lo mejor es que quien esté interesado, y espero que sean muchos, deje de leer esta reseña y se ponga a buscar el libro o os cómics originales. No se van a arrepentir.

Nota para los muy fans (o que quizá no lo sean tanto): Amén de que HBO está preparando una serie sobre esta obra, DC Comic va a publicar en muy breve una especie de  secuela de esta Watchmen, titulada Doomsday Clock, con la aparición de algunos personajes como el simpático Rorscharch, relacionándolos con el resto de superhéroes del "multiverso DC". Sin guión de Alan Moore, por supuesto. ¿Era necesario? No. ¿les importa un carajo que no lo sea? Tampoco. ¿Harán luego otra peli, serie de televisión o lo que sea? Probablemente. ¿La pela es la pela? Aquí y en Tombuctú... (¿Era necesaria una continuación de Blade Runner? Pues lo mismo)

Éste ya se lo está empollando,  por si acaso



Otras obras de Alna Moore reseñadas en Un Libro Al Día: V de Vendetta




sábado, 18 de noviembre de 2017

Eduardo Halfon: Duelo

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

A estas alturas, y con sus libros hermanados por títulos escuetos, extensión algo rácana, y elegante portada en motivo gris azulado, no sabría decir si Halfon cierra con Duelo una tetralogía iniciada con El boxeador polaco (que no he leído y que no me extrañaría que Asteroide reedite algún día, como para cerrar el círculo) o si son Monasterio, Signor Hoffmann y esta novela una trilogía donde el autor guatemalteco rememora diversos eventos de su vida y los presenta en una forma que tiene un indudable aspecto compacto. A obra por año, y con el indudable emblema de la editorial (gustarán más o menos, pero creo que Asteroide siempre presenta libros que al menos son dignos de ser tomados en serio -o sea, serían incapaces de publicar a Milena Busquets), Duelo parte de un recuerdo de juventud (el incidente idealizado en la familia de un niño ahogado en un lago en Guatemala) a partir de cual, y contra la voluntad de su familia, se indaga hasta descubrir que las cosas no fueron así, que fueron en realidad de otra manera.
Halfon es capaz de administrar ese misterio y envolverlo en algo más de 100 páginas de efectiva prosa, prosa cálida y precisa donde cada frase tiene sentido y donde, sin primar resolución más que de forma muy sutil, impera la búsqueda de la identidad a través de la comprensión de los orígenes y a través de la asunción de ciertos aspectos de la herencia familiar con los que los lectores de sus anteriores novelas ya estamos, erm, familiarizados. Todo sumamente eficaz en su propósito narrativo y con esa apelación a las circunstancias de la presencia de los Halfon en Guatemala, en medio de la diáspora producida por el nazismo y en medio de esa re-colonización de la América Latina, la que se produce en pos de salvar el pellejo, tema que, ya sabemos, suele aflorar de tanto en tanto y es una baza más que segura a la hora de empatizar con un texto (siempre que el lector no sea un patán insensible).
Aunque he de recuperar algún concepto del inicio de esta reseña. Sí, los tres textos de Halfon son valiosos y eficaces y posiblemente la intención del autor sea la de diferenciar esas tres historias dándoles el amparo de diferentes títulos y diferentes entornos. Pero la cuestión es, somos un blog dedicado a la literatura y esa dedicación entraña también defender al lector que toma una decisión de empleo de recursos (tiempo, pero también dinero) a la hora de abordar sus lecturas. Los tres libros de Halfon, obviamente interconectados por su común talante autobiográfico, sus lógicas licencias creativas y sus sutiles apelaciones al pasado europeo, suman algo más de 300 páginas, en tres libros que se han publicado por separado. Una inversión estimable, teniendo en cuenta que hay alternativas en ediciones de bolsillo, por ejemplo. Creo que lo expliqué a cuenta de alguna otra editorial: sabemos que las ediciones son caras, sí, que los buenos escritores muchas veces no pueden subsistir solo de las ventas, pero creo que deberíamos intentar que el placer de la lectura en su vertiente de comprar libros para leerlos y conservarlos, no se convierta en otro lujo al alcance de pocos.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #12: Laura, de Vera Caspary

Resultado de imagen de vera caspary laura amazonIdioma original: inglés
Título original: Laura
Año de publicación: 1943
Valoración: Está bien









De Vera Caspary no sabía absolutamente nada. Llegué a ella consultando un libro que aún no he leído completo, pero, me consta, contiene datos relevantes y cuya mera existencia ya es una buena noticia. Se trata de El séptimo círculo del infierno –subtitulado Escritores malditos, escritoras olvidadas –en el que Santiago Posteguillo, en la misma línea que este blog (mejor dicho, nosotros en la misma línea que su ensayo), reprocha a los poderes de diverso pelaje de cualquier lugar y época la persecución de determinados escritores a los que acaba relegando al infierno de la guerra, la cárcel, la censura, quizá el exilio, añadiría yo, y, por supuesto la violencia de género, para preguntarse después “cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien”. No olvida añadir que la discriminación de las escritoras es doble ya que a su activismo, rebeldía o lo que sea se añade su condición de mujeres.
Posteguillo sitúa a esta autora de novela negra en la cúspide del séptimo círculo, se lamenta de la persecución que destruyó su carrera, recuerda que autores como Borges y Bioy Casares reivindicaron seis títulos de su obra nada menos y que dos de sus novelas fueron llevadas al cine. Y en este punto me pregunto (retóricamente, claro) cuál será la causa de que se recuerde perfectamente el nombre de novelistas varones trasladados también a la pantalla por entonces, como Raymond Chandler, James M. Cain o Dashiell Hammett, y esta escritora haya quedado completamente eclipsada por el prestigio de Otto Preminger (Laura), pero también de Mankiewick, Stanley Donen, Fritz Lang y Cukor.
Entre 1922 y 1979 Caspary publicó hasta veintitrés títulos. En esta novela de 1943 adopta con toda naturalidad las convenciones del género que marcaban sus compañeros de generación, aunque manifestando sus sentimientos feministas. Elegantes, cínicos, mundanos, sarcásticos y escépticos los personajes van mostrando sus debilidades, sus alianzas y hasta sus cartas ocultas. En ese mundo de frivolidad y codicia, todos tratan de triunfar social y económicamente, pero hay una diferencia, mientras ellos compiten entre sí por adaptarse al modelo de virilidad exigido, ellas solo tratan de salir a flote. Saben que serán engullidas por él a no ser que, con un poco de suerte y talento, se conviertan en trofeo de triunfadores. Aunque en un principio parece que no, que la protagonista es una ganadora absoluta, que ha sabido abrirse paso en el mundo de la publicidad por sus propios medios, posee una economía saneada y se mueve con soltura en la sociedad neoyorquina a pesar de su procedencia rural. Pero ella intuye que necesita un protector, alguien que dé la cara por ella, y trata de enamorarse a toda costa.: “La mujer educada, no menos que la pobre trabajadora de una fábrica, está atada por los grilletes del romance.” Como vemos, una clara actitud feminista, que se repetirá más adelante camuflada entre los clichés del hiper-masculino género negro.
Este personaje, al que Caspary mata ya desde el comienzo –cuyo retrato preside su elegante vivienda, que seleccionaba sus lecturas, tenía un pigmalión por amigo y una criada incondicional, vestía bien, asistía a estrenos y frecuentaba los buenos restaurantes– iba a casarse precisamente el día que falleció. Alguien que llamó a su puerta le disparó un tiro a bocajarro.
¿Por qué una mujer que se ha hecho a sí misma se enamora una y otra vez de un patán con buena facha? Esto se pregunta Waldo Lydecker, escritor, viejo amigo y enamorado sin esperanza, pero él no es mucho mejor, utilizando armas intelectuales también manipula e intenta seducir a Laura. En los primeros capítulos conocemos su versión que, por cierto, presagia una trama trillada y predecible. Pero a partir de ahí, se produce una vuelta de tuerca, tanto argumental como narrativa, ya que cada una de sus partes está a cargo de un narrador distinto. Estos cambios de óptica, junto a los diálogos, conducen a un duelo de personalidades que va desvelando pistas, a menudo falsas, donde tiene lugar un fino análisis psicológico que el lector tiene que ir desentrañando. Caspary no lo pone fácil pero los candidatos tampoco son tantos y todos hemos leído lo nuestro: si no queremos adivinar el desenlace, mejor no darle muchas vueltas. Desde luego, la autora no tiene la culpa de que, a estas alturas, un relato así nos parezca archiconocido. Pero hay algo que, en mi opinión, es difícil de creer, no viene a cuento y desmerece dentro del conjunto: la introducción del detective en el triángulo amoroso, que a partir de entonces –según como se mire– se convierte en cuadrilátero.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Nuestros autores olvidados #11: El día de los prodigios de Lídia Jorge

Idioma original: portugués
Título original: O dia dos prodígios
Año de publicación: 1980
Valoración: Muy recomendable

A diferencia de mis colegas, que han hecho justicia a determinados autores individuales olvidados hasta ahora por nosotros, con esta entrada yo me propongo hacer un desagravio colectivo: por ULAD han pasado ya muchos de los grandes escritores (hombres) que han marcado la historia de la literatura portuguesa (Camões, Eça de Queirós, Pessoa, Saramago, Cardoso Pires, Lobo Antunes, Gonçalo M. Tavares...), pero no así las escritoras (mujeres) que marcan, sobre todo, el siglo XX: la poetisa y narradora Sophia de Mello Breyner, la multifacética Natália Correia, Agustina Bessa-Luis, hermética y exigente, o la imaginativa y no menos exigente Lídia Jorge, que con obras como El día de los prodigios o La costa de los murmullos vino a representar la apertura de una nueva fase en las letras portuguesas tras la Revolución de los Claveles.

El día de los prodigios, publicada en 1980, trata precisamente, aunque de una forma tangencial e irónica, sobre la revolución del 25 de abril. La acción se sitúa en un pequeño pueblo del Algarve, Vilamaninhos, en el que en los mismos días de la revolución se están produciendo fenómenos asombrosos: una serpiente que vuela, una mula que huye, unos soldados que llegan al pueblo ataviados con claveles en las armas... Así, los grandes acontecimientos de la Historia quedan diluidos, por no decir anulados, en el contexto de la pequeña historia de la aldea, sus conflictos y relatos cotidianos y su cosmovisión mítica y mágica.

Por esta visión imaginativa en la que lo real y lo mítico se mezclan, El día de los prodigios ha sido comparado muy frecuentemente con el realismo mágico latinoamericano; quizás exista una influencia directa o una coincidencia en la perspectiva narrativa, pero creo que esta obra también conecta con una tradición propiamente portuguesa: la de la representación del mundo rural interior, como un microcosmos cerrado en el que operan reglas (morales, mentales e incluso naturales) diferentes a las de la gran ciudad o el gran mundo: así, Vilamaninhos podría ser perfectamente la villa en la que transcurre Humus, de Raul Brandão, o un primo hermano de la Gafeira de El Delfín de Cardoso Pires, que comparte con esta novela también la búsqueda estilística y técnica más exigente.

Porque, efectivamente, ningún comentario de esta novela puede dejar de lado la belleza y la eficacia del estilo de la autora, que mezcla la reproducción del habla de los habitantes de la aldea (con alteraciones fonéticas, por ejemplo) con una imaginación metafórica y una experimentación formal y estilística sorprendentes: las voces de los personajes se confunde a veces en largos párrafos en estilo indirecto y sintaxis entrecortada; otras veces aparecen indicados en forma de diálogo, o a doble columna, o con una indentación inferior al resto del texto.

Y el estilo: compacto, poético, trabajado como con un cincel. Copio un párrafo del principio de la novela, como ejemplo:

Carminha parecía fazer adeus, mas apenas lavaba janelas. Um pano branco na mão. O braço adejando de encontro ao vidro. Alguidarzinho ajoujado de espuma cremosa, um alguidar maior de pura água macia. Novelo de saias entre pernas. Cadeira de tábua ajaezada de nódoas, flores vermelhas. Os pés aí juntos no fundo côncavo. As pernas de leve penugem rasinha. Então Carminha empertigava-se de encontro à mancha renitente entre a unha e o vidro. Minúscula, fruto de mosca palhetando asas em tempo vazio, compondo um ovo de esterco redondo. E ali impregnado no vidro da quadrícula despintada de branco. Zing zing de encontro à lisura espelhada.

Que si soy capaz de traducirlo bien (Camões me perdone si no), significaría:

Carminha parecía decir adiós, pero solo lavaba ventanas. Un trapo blanco en la mano. El brazo agitándose al encuentro del cristal. Palanganita coronada de espuma cremosa, otra palangana mayor de pura agua suave. Embrollo de faldas entre piernas. Silla de tabla enjaezada de manchas, flores rojas. Los pies ahí juntos en el fondo cóncavo. Las piernas de leve plumaje rasito. Entonces Carminha se yergue al encuentro de la mancha persistente entre la uña y el cristal. Minúscula, fruto de mosca paleteando alas en tiempo vacío, componiendo un huevo de estiercol redondo. Y allí impregnado en el cristal de la cuadrícula despintada de blanco. Zing zing al encuentro de la lisura espejada.

Lídia Jorge tiene en Portugal un estatuto de clásico contemporáneo, de clásico vivo, del que no disfruta tanto fuera de sus fronteras. De hecho, El día de los prodigios no está todavía traducido al español (sí en cambio, entre otras obras, La costa de los murmullos). Esperemos que lo sea en breve, y Lídia Jorge deje de ser una autora solo conocida en Portugal.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #10: Victor Hugo: Último día de un condenado a muerte

Idioma original: francés
Título original: Le dernier jour d'un condamné
Año de publicación: 1829
Valoración: recomendable

Creo que podríamos estar todos (o al menos bastantes de nosotros, que ya sabemos que en ULAD siempre existe sana discrepancia) que Victor Hugo es uno de los grandes escritores de la historia. Y sí, paradojas blogueras hacen que hasta hoy no haya tenido una entrada en ULAD. Tocaba corregir la situación y, aunque siempre se reconocerá al escritor por ser el autor de la gran obra maestra que es «Los miserables» (sí, es una obra maestra), quiero destacar este relato corto, escrito al inicio de su larga carrera literaria y que trata sobre la justicia y la condena. Las reflexiones del autor expuestas en este libro, servirían posteriormente para sentar las bases de «Los miserables», focalizando sus dudas y contradicciones sobre ambos temas en el mítico personaje de Jean Valjean, su gran protagonista.

Así, esta novela corta de Victor Hugo, escrita cuando tenía apenas veintisiete años, toca un tema tan trascendental como es la pena de muerte y la necesidad de su abolición. Con este propósito, el libro nos plantea los últimos días de vida de un condenado a muerte, un condenado del que no conocemos su nombre, su origen o su delito. De él, únicamente sabemos que tiene esposa e hija, y que ha cometido un crimen. El resto de información no se nos detalla y es evidente que no es algo casual, sino que está hecho expresamente. Así, el condenado a muerte podría ser cualquier persona, cualquier ciudadano, y el autor prefiere no entrar en qué le ha llevado a estar preso sino en quién es ahora como persona, cuáles son sus sentimientos y sus reflexiones, y a qué se reduce su vida en sus últimos días.

De esta manera, el libro tiene una doble capa, tratando esos últimos días desde dos aspectos. Por una parte, somos testigos del detalle de lo cotidiano, donde las últimas horas de vida provocan una fascinación por cualquier cosa que permita al preso escapar de la monotonía de su celda, acentuando en él la percepción de la belleza que albergan las pequeñas cosas cuando son observadas como algo único e irrepetible. Esta vertiente de la novela nos permite ser conscientes de todo aquello que nos envuelve, y también a los pequeños detalles a los que tendemos a hacer caso omiso hasta que, por algún motivo, se convierte en todo aquello que tenemos. Así, el libro es un alegato en defensa de imprimir cierta pausa en nuestras vidas, para aprovechar para disfrutar de todo aquello que nos rodea, por muy nimio que sea. La otra vertiente del relato, más profunda e introspectiva, viene de la mano de las reflexiones sobre la pena capital; debido al hecho de estar preso en una celda, privado de la libertad, se cuestiona qué puede hacer para pasar el tiempo y una idea aflora: teniendo papel y lápiz, ¿por qué no escribir lo que siente, exponerlo como un conjunto de memorias, con la esperanza de que lo lea un guardián, o un verdugo, y consiga con ello hacerle dudar de la ética de las acciones que realizan al segar la vida de los condenados? Este es el propósito máximo y principal motivo del libro, y también su mejor parte.

Así, exceptuando algunos pasajes donde abunda la descripción de los pequeños objetos, imperceptibles para aquellos que no tienen fijado el día de su muerte, hay momentos realmente bellos; los recuerdos de su hija y el lamento por aquello que pierde con su inminente muerte, el no poder seguir compartiendo esos pequeños momentos rutinarios del día a día con ella plagados de pequeños gestos de estimación y afecto. Estos pasajes son altamente emotivos, cuando el personaje toma consciencia de que todo aquello no volverá jamás, y piensa que aquellos que lo han querido lo extrañarán. Y en medio de esa nostalgia, va creciendo su sentimiento de culpabilidad, los remordimientos por el crimen cometido afloran cuando va tomando consciencia de aquello que perderá, aquello que se ha ido para no volver, aquello que no se repetirá en un futuro.

A partir de este conjunto de reflexiones, el libro es un claro alegato contra la pena de muerte, una crítica sin contemplaciones a la condena a la pena capital y su ejecución por medio de la guillotina, que convierte la aplicación de la justicia en un espectáculo para el pueblo que asiste a ver las ejecuciones. Los sentimientos del preso sirven al autor para poner de manifiesto la aberración, el abuso y la injusticia que supone quitar a alguien de aquello más valioso que posee: la vida.

El prólogo añadido al final del libro y escrito en 1832 expone claramente lo que el autor pretendía con este libro y, en buena manera, pone en duda la idoneidad del sistema penitenciario y la pena de muerte acusando a la falta de oportunidades, de educación, de instrucción y a la propia sociedad por no haber sabido ayudar a los condenados en su crecimiento y formación como personas. Es curioso encontrar este análisis en un libro de hace casi doscientos años cuando, hoy en día, siguen alzando la voz activistas que cuestionan la cárcel con esos mismos argumentos, reclamando una revisión del sistema penitenciario y haciéndolo desde un punto de vista social, analizando no ya la adecuación de las penas impuestas, sino el motivo por el cual las personas llegan a cometer los delitos. Para evitar malentendidos, el libro no justifica la absolución ni el indulto, sino la pena de muerte pues afecta también a los allegados de la persona condenada. Por ello, es interesante el análisis expuesto en clave social, en clave moral y en clave de progreso. Sostiene que la pena de muerte desaparecerá, que la guillotina dejara de segar las vidas de los condenados porque las tres columnas sobre las cuales reposaba la civilización van cayendo: la iglesia, la monarquía y la guillotina. No le faltaba razón a Víctor Hugo al reclamar la abolición de la guillotina y denunciar las ejecuciones en público a modo de atracción, escarmiento y ejemplarización para el resto de la sociedad. Lamentablemente su abolición tardó más de lo que esperaba; la guillotina fue utilizada por última vez en Francia hace pocas décadas, en 1971, y la pena de muerte diez años más tarde. Parece que la civilización avanza aunque, como se puede comprobar, no de forma tan rápida como la velocidad a la que la guillotina segaba la vida de sus víctimas.

martes, 14 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #9: Tom Wolfe: La hoguera de las vanidades


Idioma original: inglés
Título original: The Bonfire of the Vanities
Año de publicación: 1987
Traducción: Enrique Murillo
Valoración: bastante recomendable

¿Pero la Gran Novela de NY no la habría de escribir Auster, o DeLillo, o Roth? ¿Me vais a decir que, tres décadas tras su publicación, este montón de páginas, primera novela de un periodista ya muy reputado cuando la publicó, no ha hallado sustituto a la altura, aunque haya sido llevada al cine (en una versión bastante castradita, si se me permite apuntarlo) y aunque parezca uno de esos libros que uno pondría de ejemplo al lado del término "best-seller"?
Sabéis. A veces, hasta que no he avanzado unas cien páginas en esta clase de libros no me atrevo a empezar a confeccionar la reseña. Con este no me ha hecho falta llegar a la 60. Sabía que acabaría el libro e intuía que se trataba de una apuesta bastante segura. 
Primero: menos de cinco páginas para darse cuenta de que Tom Wolfe es un escritor de primera categoría, solamente algo oscurecido por el curioso uso de las distintas voces para adaptarse al modo de hablar del personaje elegido, que no siempre resulta tan natural como a uno le gustaría, pero que en cualquier caso muestran un escritor comprometido con que sus personajes suenen sinceros y creíbles. Con éxito.
Segundo: la innegable capacidad para que estos personajes atrapen al lector, perdonad el topicazo, pero uno no necesita muchas páginas para imaginar a ese Sherman Mc Coy de nula ética y éxito profesional descollante. El reflejo de la época (que completarían Easton Ellis o Jay McInerney), el lodazal de mierda y vacuidad tras los fiestorros en la planta noventaypico de cualquier coloso, el horror de una sociedad construida sobre la nada absoluta del flujo monetario, de la especulación, del EBITDA y de la construcción de enormes castillos de naipes sobre el futuro de empresas que eran puro humo. 
Y aún no habían llegado las puntocom ni caído las Torres Gemelas.
Tercero: Wolfe no se conforma con eso. No se detiene ahí. Las grandes ciudades y sus barrios Upper y sus apellidos ilustres y el rancio abolengo. Claro que un escritor de éxito y que va siempre vestido de blanco no parece ser el mejor de los ejemplos para zurrarle a los excéntricos que se gastan decenas de miles de dólares en cajoneras que quedan en un rincón o se pasan la vida en restaurantes con colas de reserva para varios meses. Wolfe critica desde dentro pero su crítica no siempre hace sangre.
Cuarto: vayamos valorando el conjunto. Wolfe apuesta de forma decidida por una novela sustentada en una estructura que se ensambla y que se nota influyente en algunos hitos narrativos posteriores. En lo literario, es evidente que un escritor como Franzen toma nota de su ambición, pero permitidme que perciba ese retrato caleidoscópico de New York en el Baltimore de "The Wire", esa necesidad de explicar una urbe a través de segmentos clave en la determinación de su devenir.
Quinto: cuestión que mantiene al lector expectante pero que también hace que ciertas líneas argumentales no lleguen a una conclusión. Una decepción relativa sobre todo al enfrentarnos a ese capítulo final/epílogo algo desconcertante en el cual Wolfe parece (optando por la disposición del texto en modo prensa en las últimas páginas) demasiado propenso a ejemplificar esa dicotomía periodística entre noticia de portada/páginas interiores, aunque a pesar de todo sea un recurso que tendrá sus partidarios.

Tarde para la sinopsis: lo sé, pero vayamos con ello.

Sherman McCoy es un Amo del Universo. Desde su despacho en Wall Street y su apartamento de dos plantas en Park Avenue que vale una millonada, no se siente otra cosa. Aunque no sepa explicarle a  Campbell, su hija de seis años, qué hace para ganar ese millón de dólares anual que permite a su familia el tren de vida de lujo y oropel. Recoge migajas, debería decir, a base de cobrar comisiones de operaciones de bonos, alta ingeniería financiera y alta especulación de la cual su empresa se lucra y de la cual McCoy disfruta a todo tren. Pasta por todos lados, en ropa, calzado, restaurantes, muebles, tejidos que decoran viviendas, chorradas de todo pelaje que McCoy ha asimilado como necesarias para su existencia. Olvidé un detalle. McCoy tiene una joven amante, veinteañera esposa de un empresario anciano. Y sus furtivos encuentros deben producirse en lugares y circunstancias poco usuales. Y una de ellas es que McCoy recoja a Maria Ruskin, que así se llama su amante (luego la prensa la llamará la Morena Cachonda y otras fruslerías) en el aeropuerto. Y volviendo desde allí a Manhattan se pierden con el Mercedes de McCoy, y aparecen en el Bronx , el Bronx de los 80, ese Bronx de películas de pandilleros que ellos tienen grabado en su cerebro. Fuera de su hábitat, dos animalillos asustados que no deberían estar allí, y que resuelven la situación de la manera más desastrosa: creyendo que van a ser atacados, en su huida atropellan a un joven y prometedor estudiante de color del barrio que, pasados unos días, entra en coma. Deciden no informar a la policía. Las influencias de la  madre del muchacho hacen que el caso tome relevancia y la inseguridad de un mando municipal acosado aprieta hacia una solución del caso. Curiosidad periodística de por medio, el cerco se estrecha y McCoy se ve envuelto en una tormenta perfecta. Lo han pillado y su caso se presenta como el paradigma de la equidad. La justicia debe ser ciega justo en ese momento. Te tocó, chaval.

Wolfe decide poner muchas cartas sobre la mesa. Conflicto racial y lucha de clases. Cuitas políticas y del mundo judicial. High society neoyorquina y su insoportable levedad. La cabecita de McCoy con sus miedos justificados y su chulería de clase que entra en demolición, las traiciones cuando las cosas se ponen feas, el funcionamiento de la sociedad y de los peones (policías, abogados, investigadores) que se empeñan en vano en que todo sea justo. Wolfe fue ambicioso como solo puede serlo un periodista de referencia que se asoma a la obra de ficción por primera vez pasada la cincuentena y siendo ya casi un mito viviente. De todo ello era difícil que saliera una mala novela, pero la excelencia queda un poco apartada aún, y seguramente sea así porque, de otra manera, era imposible.  

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #8 Maksim Gorki: La madre

Idioma original: ruso
Título original: Мать (Mat´)
Año de publicación: 1907
Valoración: Recomendable


Es indiscutible que Maksim Gorki es uno de los tíos más feos que han podido verse desde que los cromañón triunfaron en la línea evolutiva del hombre. Pero aparte de esa evidencia, Gorki fue también el abanderado del realismo social ruso, y un autor completamente implicado con los ideales revolucionarios que cristalizaron ahora hace justo cien años. Tras mucho batallar por sus ideas, parece ser que se las tuvo tiesas con el mismísimo Lenin y, en un largo tira y afloja durante el stalinismo, acabó cayendo en desgracia, no sin que antes su ciudad natal, Nizhni Nóvgorod fuera rebautizada con su apellido, lo cual no sé si es exactamente un premio. Vamos, como si la plaza de la Concordia estuviese en Voltaire, o la Giralda en Cernuda. Pero ya he vuelto a irme por las ramas.

La posición militante de Gorki fue siempre inquebrantable y queda patente en su obra, de la que ‘La madre’ es el ejemplo más significativo y reconocido. Digámoslo ya: todo el relato está hecho al servicio de la causa, la emancipación del proletariado, el despertar a una ‘nueva fe’. La acción se sitúa justamente en un periodo embrionario, en el momento en que pequeños grupos, integrados generalmente por jóvenes, toman conciencia de la situación y comienzan a expandir sus ideas entre los obreros, algo muy próximo a la excepcional ‘Germinal’, escrita unos cuantos años antes.

El Étienne de Zola es aquí Pável Vlásov, cuya madre asiste atónita a la transformación de su hijo en algo desconocido: un joven que no bebe, lee libros y se expresa sin la rudeza de sus vecinos, a veces de forma ininteligible para ella. La madre es entonces una especie de alegoría de Rusia, una mujer ignorante y devastada por la brutalidad y el alcoholismo de su marido -por lo demás muy poco diferente del resto de los hombres. Es ésta una imagen fijada como una maldición en la literatura rusa de la época. Como también observamos en otras obras, por alguna parte aparece una voz que clama contra ese país primitivo e inculto, pero Gorki va más lejos: ya no se trata sólo de un intelectual en su torre de marfil, sino de un fuego con vocación de extenderse entre los oprimidos, entre los trabajadores de las ciudades, de las fábricas, que tímidamente, aun con miedo, van sin embargo asimilando el mensaje liberador.

Pável es el cabecilla del movimiento, a su alrededor se mueve un pequeño círculo de jóvenes comprometidos, y la madre pasa lentamente del terror ante ideas subversivas que no entiende bien, a descubrir más bien a golpe de intuición el atisbo de un mundo futuro en el que será posible recuperar la dignidad, salir de la miseria, abandonar el estado de postración al que la vieja Rusia, el poder del dinero y la violencia han relegado durante siglos a los de su clase.

Como decía al principio, todo el libro está orientado a enaltecer estos principios con un objetivo didáctico. Pero esto tampoco quiera decir que carezca de valores literarios. Los personajes son simples aunque están bien dibujados; no busquemos sutilezas psicológicas, sus matices tienen que ver con su posición en relación con el ideal revolucionario, y sólo con ello: el hosco Vessovchikov va por libre, siempre echando de menos acciones más contundentes; el entrañable Andrei encarna el aura romántica de la lucha, mientras que Rybine presenta un sesgo mesiánico también interesante. Pável, el héroe, representa a su vez al estratega que estudia sin descanso, elabora planes y tiene muy claro lo que hay que hacer. Finalmente, la madre es la ingenuidad y el buen corazón de las gentes sencillas, la materia prima que hace posible la revolución. También es cierto que a la hora de expresarse, casi todos los personajes tienen la misma voz, incluida la propia madre. Pero estaría mejor decir que Gorki sólo permite esas voces y excluye expresamente tonos diferente tales como discusiones teóricas, o las intervenciones técnicas en un juicio. No quiere desenfocar la atención con cuestiones complejas o laterales, de manera que sólo tenemos la sencillez inicial de la madre y su posterior incorporación al coro que lanza sus proclamas y exhibe su aguerrida forma de vivir a la menor ocasión.

Algo parecido pasa con el argumento. Sí que existe un cierto crescendo con la progresiva infiltración de las ideas socialistas en las fábricas, su aceptación creciente por grupos cada vez más amplios, y la paralela asunción de esas ideas por parte de la madre. Pero el ritmo tampoco es gratuito, está también estrechamente relacionado con el mensaje, y hace posible exponer algunos puntos esenciales de la estrategia revolucionaria, primero los episodios de agit-prop en las fábricas, y más adelante la difícil tarea proselitista en el mundo rural.

No obstante lo dicho, aunque desde el primer momento uno es consciente de lo que tiene delante y de lo que puede esperar del libro, éste se lee con agrado. Hay que reconocer que a veces los discursos se hacen un poco pesados por reiterativos, que el trazo resulta algo maniqueo y se echa en falta algo más de humanidad, pero en general está escrito muy pulcramente, intenta, y creo que consigue casi siempre, mantener la atención del lector, colocándole claro está el mensaje, pero sin apabullarle, y concediéndole también algo de intriga, de entretenimiento, pedagógico pero digno. Sin olvidar ese espléndido capítulo-escena final, cinematográfico donde los haya y sumamente convincente.

Posiblemente el canon gorkiano no está tan lejano de aquella anécdota –apócrifa o no- que se atribuye a Bertolt Brecht, según la cual éste tenía junto a su escritorio un burro de madera con un cartelito colgado al cuello que decía ‘Yo también debo entenderlo’.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Nuestro Autores Olvidados #7: El astillero, de Juan Carlos Onetti

Año de publicación: 1961
Valoración: Imprescindible

Rescatamos hoy a uno de esos autores injustamente “olvidados” del célebre “boom latinoamericano”: el uruguayo Juan Carlos Onetti, al que quizá pueda pesar el hecho de ser compartir generación con Cortázar, Lezama Lima, Sábato o Rulfo, entre otros.

La obra de Onetti, como la de algún que otro compañeros de generación, está atravesada por un lugar de resonancias casi míticas, Santa María, y por un personaje inolvidable, Larsen.

En esta ocasión, volvemos a encontrarnos a Larsen, ya avejentado y de vuelta de todo, que regresa tras “Juntacadáveres” a Santa María, donde asumirá la gerencia general de los restos de un astillero y donde, con el aparente propósito de apropiarse de un más que improbable dinero, tratará de seducir a la hija idiota del propietario.

Para mostrarnos este microcosmos que son Santa María y el astillero, Onetti sitúa la acción en varios escenarios - el propio astillero, la estrambótica mansión de su propietario, las míseras vivienda de los trabajadores, algún que otro antro de mala muerte - y nos la cuenta a través de diferentes voces -el doctor Díaz Grey, el propio Larsen o un narrador del que desconocemos todo-, ofreciéndonos así una visión parcial y poliédrica al mismo tiempo. 

Al igual que en el resto de su obra, en "El astillero" Onetti se sirve de largos párrafos y de un lenguaje extremadamente cuidado y denso, que nos transmite la misma sensación de ahogo y asfixia que invade a los protagonistas.

Y es que “El astillero” es la historia de un mundo de fantasmas que ha sobrevivido a innumerables fracasos (personales y económicos), de hoscos seres sin pasado y sin futuro que, pese a todo, viven sus vidas como si de una trampa y un (auto)engaño continuo se tratase. Para vivir esas vidas se aferran al astillero y a lo que le rodea, refugio final desesperanzado y absurdo.

Absurdo, desesperanza, hastío, inexorabilidad del destino... ejes sobre los que pivota el libro y que envuelven a los personajes en una tupida maraña de la que les resultará imposible escapar, pese a que lo intenten a través de diferentes acciones y gestos.

Absurdo, desesperanza, hastío, inexorabilidad del destino... maravillosamente representados por ese astillero abandonado en el que se oxidan máquinas, herramientas, personas y vidas, y por un clima opresivo (no solo en lo meteorológico) que hace que sintamos adheridos a nuestro cuerpo la lluvia, el lodo, el sudor y la soledad que impregnan todas las páginas de la novela y que son una segunda piel (¿o quizá la primera?) de unos personajes y de una historia muy difíciles de olvidar.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #6: La vorágine, de José Eustasio Rivera

Resultado de imagen de la voragine novela amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1924
Valoración: (Casi) imprescindible


“Y por este proceso –¡oh selva!– hemos pasado todos los que caímos en tu vorágine.”
“Tengo el presentimiento de que mi senda toca a su fin, y, cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta, percibo la amenaza de la vorágine.”
J.E R.


¿Cómo explicar lo inexplicable? Me refiero al abandono que sufre esta novela por parte de libreros, editores y público. No sé si ocurre lo mismo en Latinoamérica, pero la última edición de La vorágine en España de hace solo tres años, es cierto– estuvo a cargo de una editorial especializada en rastrear textos… digamos que traspapelados por el tiempo. Ni siquiera es fácil de encontrar en muchas bibliotecas públicas que no sean de primera fila. Solo se me ocurre un motivo, y es que su autor no publicó más que esta –la siguiente quedaría inconclusa– y un volumen de sonetos, pero también Juan Rulfo tiene una obra reducida y ahí lo tenemos, admirado por todos.
José Eustasio Rivera (1889-1928) fue un funcionario colombiano, doctor en derecho y ciencias políticas, que formó parte de una comisión enviada a Venezuela por su gobierno en 1922. Allá tomó conciencia de las condiciones de sus paisanos, envió informes a sus superiores y, a su regreso, escribió artículos en prensa y realizó denuncias ante el ministerio que no tuvieron ningún efecto práctico. Si murió tan joven fue a causa de la malaria, adquirida probablemente en la selva.
La vorágine, ahí dónde la ven, es una de las más importantes precursoras del boom, ha estado considerada la gran novela colombiana hasta la aparición de Cien años de soledad, figura en primera fila en los manuales especializados de literatura latinoamericana y no desmerece al lado del resto de grandes obras universales de todos los tiempos. Hay quien la ha calificado de naturalista –y es cierto que se pueden encontrar rastros en la actitud nihilista de los personajes y en el determinismo insuperable que transpira el texto– pero, en general, se dice que transciende el naturalismo para adscribirse a la corriente modernista de su época. Hasta yo he encontrado, no sé si coincidencias o influencias recíprocas. Tirano Banderas es algo posterior, pero el esperpento de Valle Inclan ya existía y algunos fragmentos son una muestra clarísima:
“El tísico rostro del señor Juez era bilioso como sus espejuelos de celuloide y repulsivo como sus dientes llenos de sarro. Simiescamente risible, apoyaba en el hombro su quitasol para enjugarse el pescuezo con una toalla, maldiciendo los deberes de la justicia que le imponía tantos sacrificios…”
Las preocupaciones sociales y ecológicas del autor se reflejan sobre todo en dos aspectos. Por una parte, la recreación de la miserable vida de los caucheros colombianos que, habiendo sido capturados por algún cacique local enriquecido a su costa, viven en estado de explotación permanente, sin libertad ni derechos, trabajando solo por la comida en condiciones insalubres y a expensas de una supuesta deuda que no se agota nunca. Por otra, la situación de las mujeres en aquellas circunstancias. Los dos personajes femeninos centrales, Alicia y la niña Griselda, son secuestradas por uno de aquellos mandamases. El propio protagonista observa espeluznado la situación de las niñas concubinas: “… se las cambiaron a sus parientes por sal, por telas y cachivaches o las arrancaron de sus bohíos como un impuesto de esclavitud. Ellas casi no han conocido la serena inocencia que la infancia respira, ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro de cargar agua…
En esta epopeya de perdedores, que es también novela de compromiso y hasta de aventuras –aunque sería injusto y confundiríamos a los lectores si la encasillásemos en esos géneros– Rivera utiliza el recurso del manuscrito encontrado, que contribuye a la sensación de veracidad y cuenta con un avalista tan ilustre como El Quijote. En este caso, se trata de una especie de crónica que el Consul de Colombia en Manaos habría recibido tras la muerte de Arturo Cova (su autor y, por tanto, protagonista de la novela), en ejecución de instrucciones testamentarias, que remite a un supuesto Ministro de su país, quien, a su vez, lo habría hecho llegar a manos del novelista.
Sufrimiento, desesperación y quejas parecen no tener fin en el mundo, tan olvidado como la propia novela, de Arturo Cova y de todos los que, por desgracia para ellos, le acompañan en su delirante escapatoria. Quien nos habla es, precisamente, Arturo, el protagonista absoluto, un personaje complejo, sin oficio ni beneficio, aspirante a poeta, narcisista, testarudo y peleón, pero también tenaz, decidido y solidario. Todo esto lo vamos conociendo poco a poco: por sus actos, por la opinión que tiene de sí mismo y por lo que piensan de él los demás.
Entre la gran cantidad de secundarios, en general bastante desdibujados, destacan: Fidel Franco, el amigo inseparable, la madona Zoraida Ayram, aguerrida negociante en aquel mundo de hombres; Clemente Silva, figura estelar de una de las historias contenidas en esta, que tiene entidad por sí mima y solo tangencialmente se incorpora a la corriente principal;  y –ya en el último tramo– Ramiro Estévanez, cuyo carácter reflexivo y pacífico se opone al de Arturo y que a mí, personalmente, me parece un alter ego del autor, algo que no sería de extrañar pues él es quien aconseja al protagonista la redacción de lo que sería su extensa denuncia.
Tras unos inicios algo anodinos nos dejamos arrastrar por los acontecimientos. Aún así, llevará algo de tiempo comprender dónde estamos: Rivera agarra al lector, lo coloca en plena sabana sin más explicaciones y es él quien tiene que orientarse a través de lo que ve y escucha igual que si estuviese allí. En cambio, una vez que llegamos a la selva son frecuentes ya las descripciones y reflexiones que añaden profundidad a la aventura. Unas descripciones tan expresivas y rotundas que llegan a apabullar por su precisión, belleza y sobre todo por una prosa llena de ritmo. A través de ellas nos enfrentamos a una naturaleza tan esplendorosa como terrorífica. En un contexto desalmado, donde no hay piedad e impera la ley del más fuerte, donde los personajes son atacados por enfermedades, sufren alucinaciones, se desorientan con la oscuridad de la selva, son amenazados por saqueadores, competidores y tiranos, hace falta abrirse paso a la fuerza, ejercer la violencia para sobrevivir. Violencia casi nunca explícita, crueldad de los hombres entre sí, del hombre hacia el árbol, de la naturaleza contra el hombre, en una selva que trastorna y pervierte al ser humano reteniendo a esclavos y amos, ya que ambos sufren la misma maldición: están condenados a quedarse allí para siempre. El lector, igual que los personajes, vivirá a salto de mata, contemplará la captura y doma de animales, atravesará llanuras sin encontrar un alma, se implicará en peleas, atravesará ríos enormes, se desorientará en la oscuridad de la selva, sufrirá por los árboles heridos, por los hombres esclavizados y se asombrará de lo poco que puede valer una vida. En resumen, será testigo, fascinado y angustiado a partes iguales, de tanta exuberancia.
El tono es realista cien por cien, pero en un ambiente así no podían faltar leyendas, brujería, hechizos… En definitiva, la magia que impregna aquellos escenarios.
En general, el lenguaje es magnífico –solo alguna vez resulta un poco afectado, aunque probablemente se trate de un rasgo de la época– y perfectamente adaptado a cada situación. Donde se produce más sensación de realidad es en los diálogos: el habla coloquial se transcribe perfectamente utilizando una ortografía propia que imita la fonética de los personajes y un vocabulario que retuerce y fuerza las expresiones para reproducir los modismos de época y lugar. Algunas escenas son muy cinematográficas, en realidad toda la novela es tan visual que nos la podemos imaginar como si la estuviésemos viendo en la pantalla. De hecho, en 1949 se hizo una adaptación para el cine y, más tarde, dos series para la televisión de Colombia.
En los tramos más líricos la prosa es cantarina, con un ritmo claro, que nos eleva a las alturas o nos acerca a la realidad más descarnada. Sorprende e impresiona tanto el dominio de los localismos como la precisión de los términos. A cada objeto o especie vegetal se le aplica su nombre exacto, y el contexto no siempre ayuda, a veces necesitaremos consultar o dejar una palabra por imposible. Y la dificultad no está solo en el lenguaje, la acción en sí misma, o algunos personajes –que entran y salen sin demasiadas explicaciones–, pueden resultar algo confusos. Se trata de una lectura nada fácil, por eso me he resistido a calificarla de imprescindible sin más. Pero lo que importa es disfrutar de la prosa, la potencia de las imágenes y la acción, ya que, desde luego, merece la pena el esfuerzo. Lo mejor es ir leyendo en pequeñas dosis, se disfruta más y se entiende mejor.
En la selva inextricable, apenas se distingue el paisaje, para caminar hay que continuar la ruta que marca la espalda del guía, eso mismo debe hacer el lector: seguir a Rivera donde quiera que le lleve, él sabe adónde va.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Nuestros autores olvidados #5: Gaspar de la nuit, de Aloysius Bertrand


Idioma original: Francés 
Título original: Gaspard de la nuit  
Traductor: Emma Calatayud 
Año de publicación: 1836. Bruguera hace la recopilación el 1983
Valoración: Muy recomendable 

 Descubrí esta joya en un mercadillo de segunda mano hará siete años. Había una oferta que te permitía llevarte cuatro libros (a extraer de un abarrotada caja) por un euro. La mayoría de esos libros no valían ni la mitad, evidentemente, pero si escarbabas bien podías encontrar alguno más que decente: una recopilación de relatos de Poe, aunque de esas ediciones tan poco atractivas que sacan a veces los periódicos; La perla, de Steinbeck; El mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo; incluso algún bestseller ya olvidado cuya historia no es memorable, pero sí entretenida. Y entre todos esos libros estaba Gaspar de la nuit. Escrito por Aloysius (Louis) Bertrand. Yo no sabía quién era este hombre, pero, según aseguraba la contracubierta, Baudelaire y André Breton sí. Con esas referencias me bastó para decidirme a darle una oportunidad. Ahora celebro esa decisión. 

 Este es, de lejos, el libro que más veces he leído. La asiduidad con que lo disfruto (podría decir, incluso, con que lo consulto) se debe a que su contenido me encanta, pero también a otros aspectos. Para empezar, no es muy extenso, por lo que me puedo permitir esas repetitivas incursiones sin sacrificar otras lecturas. Y, por si fuera poco, me permite desintoxicarme de la cada vez más frecuente sobredosis de literatura que encadena a la imaginación, pues su estilo, lírico y sugerente, convierte al lector en coartífice de la obra, en el responsable de decorar las ambigüedades con su propia imaginación. 

 Gaspar de la nuit abre su magistral contenido con diversas misivas. Dichas cartas aportan un marco general en el que encuadrar a Aloysius Bertrand, detallan aspectos biográficos del miserable poeta. Primero le tenemos haciendo todo lo que se atribuye a los artistas: estar enfermo, pedir dinero, entregado (según sus propias palabras) a la vida contemplativa. Sé que el inicio puede sonar algo caricaturesco, sobretodo teniendo en cuenta el barroco y extravagante lenguaje que en él se usa. Pero creedme cuando os digo que no es así. El pobre está muriendo, llamando desde su lecho de muerte a un amigo que no le oye. Y vaya si nos conmueve. Cuando ya está enterrado toma el relevo el amigo, David d’Angers. Llegó a pasar la víspera de la muerte de Bertrand con él. Le escuchó hablar confusamente sobre Gaspar de la Nuit, que por entonces estaba pendiente de publicación. Al día siguiente, d’Angers va al hospital, donde le es anunciada la defunción del joven. Sus palabras al rememorar todas estas situaciones están cargadas de sentimiento.

 Tras este prolegómeno empieza el inclasificable Gaspard de la Nuit, con una introducción del autor, un prefacio y una dedicación a Victor Hugo, partes todas ellas tan cuidadas como el resto del libro. Gaspard de la Nuit, está subdividido en seis capítulos. Algunos están más encaminados al retrato costumbrista, otros a la especulación sobre lo exótico, también los hay que coquetean con la nostalgia histórica. El Libro tercero es el que más me gusta. Se titula La noche y sus prestigios y las once narraciones breves que recopila son las más oníricas y fantasiosas. Solamente por este pasaje la lectura ya valdría la pena; imaginad si el resto de contenido también es exquisito. Aprovecharé para citar otros dos capítulos que también me gustan mucho: La escuela flamenca y Las crónicas.  

 En resumen: no es extraño encontrar este tipo de material en una obra seguidora de la estela romántica. Pero esas características comunes con el movimiento no convierten a Gaspard de la nuit en un libro más de todos los que se encuadran en ese estilo. Prueba de ello es cómo reaccionan ciertas personas ante élBaudelaire, por ejemplo. A Baudelaire le sorprende gratamente algo: que exista prosa-lírica de este tipo, antes del advenimiento de la poesía moderna. Y Bretón también alucina al encontrarse con un surrealista siglos antes de que el movimiento se hubiera formado siquiera. Es triste ver a Bertrand condenado a manuales de literatura, sin interacción real con el público, teniendo en cuenta lo vasta que ha sido su influencia. Pero, mi pregunta es, una vez reivindicada su figura, ¿quién más y cómo va a reaccionar a ella?

jueves, 9 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #4 Susan Sontag: Bajo el signo de Saturno

Idioma original: inglés
Título original: Under the Sign of Saturn
Traducción: Juan Utrilla Trejo
Año de publicación: 1980
Valoración: Recomendable


Mucho, demasiado ha tardado Susan Sontag en aparecer en ULAD, lo cual no tiene perdón porque la escritora, filósofa y ensayista neoyorquina, desaparecida hace algunos años, fue una de las voces más notables del pensamiento crítico de las últimas décadas. Sus reflexiones sobre diversos aspectos de la cultura y la civilización, sólidas y afinadas, se multiplicaron en ensayos y artículos periodísticos, pero dejaron también rastro en sus trabajos en el ámbito del cine y el teatro. Sin atrincherarse en la abstracción, Sontag tuvo la gran virtud de sondear en aspectos muy concretos de la realidad, la comunicación, el arte, la enfermedad o la estética.

‘Bajo el signo de Saturno’ es una compilación de siete ensayos breves sobre algunos de estos asuntos, todos ellos a partir de distintos personajes vinculados a la cultura o el arte: Paul Goodman, Artaud, Walter Benjamin, Canetti o Roland Barthes entre otros. No me extenderé en comentarios concretos sobre cada uno de los textos, me interesa más una visión general del conjunto y de la posición de Sontag a la hora de enfocar los temas. Los ensayos no se centran en un único aspecto, sino que son más bien un flujo de ideas que, a partir de una cuestión nuclear, se van trasladando a sus derivaciones, a veces a la periferia del asunto, otras volviendo al origen. Es una especie de viaje sin rumbo fijo alrededor de aquel concepto inicial, o quizá utilizándolo como excusa. Como si se tratase de un objeto, damos vueltas a uno y otro lado, analizando las distintas perspectivas, indagando y buscando el por qué de su forma, su textura o su brillo.

Tomamos como ejemplo el ensayo (provocadoramente) titulado ‘Fascinante fascismo’: se inicia con una buena serie de mandobles dirigidos a la fotógrafa y cineasta Leni Riefenstahl, o más aún a quienes intentaron reivindicarla como artista obviando su identificación con el nazismo. Sontag desgrana con minuciosidad el carácter propagandístico de los documentales de Riefenstahl y, una vez que se ha quedado a gusto, pasa con naturalidad a un análisis interesantísimo sobre la estética nazi y su significado litúrgico, para progresar después hacia una interpretación del sexo vinculado con la ideología y sus manifestaciones externas. 

Los diferentes trabajos adquieren coherencia mediante un hilo conductor, a veces difícil de detectar, que los va enlazando de forma muy sutil. Es desde luego uno de ellos el nazismo, y casi siempre los significados psicológicos de la estética, pero también los rasgos del temperamento melancólico, o la disociación entre la obra y el autor. Esta última cuestión, que se desarrolla con más detalle en uno de los ensayos, parece contradecir la posición de la propia Sontag, en cuyos ensayos se entrecruzan de continuo rasgos personales  de los autores (la exhaustividad de Syberberg, los problemas mentales de Artaud, el carácter ‘saturniano’ de Benjamin) con manifestaciones concretas de su obra respectiva. Más aún, en algunos momentos parece asomar la intención de ponderar el perfil del autor en una escala independiente de la aplicable a su obra (Goodman): la brecha entre la realidad y su percepción, otro de los temas favoritos de Sontag.

Cerca del concepto anterior, la grieta entre la vida y el arte es el elemento que nos introduce en ‘Acercamiento a Artaud’, quizá el texto más brillante de todos, o al menos el que a mí me parece más atrayente. Se examina la posición del autor francés frente al arte, y su opción por el teatro como forma de ‘arte total’. La personalidad arrebatada de Artaud determinará la radicalidad de sus propuestas y el carácter decisivo que pretende atribuir al componente emocional, todo lo cual se plasmará en ‘El teatro y su doble’, que algún día espero poder traer al blog. 

Manejando estos y muchos otros elementos con una flexibilidad que a veces parece derivar hacia lo aleatorio, la lectura de cada ensayo deja una sensación de fluidez muy distinta de la que obtenemos de un estudio árido y frío sobre un tema. Está claro que se parte de un conocimiento intelectual profundo pero, más que conocimientos, lo que se transmite son percepciones que se reciben como muy personales, el resultado de una reflexión natural y no una elaboración científica. No obstante, tampoco voy a ocultar que es un libro considerablemente denso, que requiere pausa y atención, y también es evidente que no todos los textos nos interesarán por igual. Tal vez es preferible ir sondeando alguno de vez en cuando para no saturarnos, porque ahí dentro hay mucha materia, mucha inteligencia, mucho que asimilar y sobre lo que pensar.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #3 Anne Tyler: El turista accidental

Idioma original: inglés
Título original: The accidental tourist
Traducción: Gema Vives
Año de publicación: 1985
Valoración: muy recomendable

Anne Tyler nació en Minneapolis hace setenta y seis años, cuenta con un premio Pulitzer, más de veinte novelas publicadas y sigue en activo. Es uno de esos valores seguros con una producción constante y una temática reconocible: gente normal que suele vivir en Baltimore o alrededores (que Baltimore no es sólo «The wire») y a la que le suceden cosas de la vida que les obligan a salir de su zona de confort y evolucionar. 

En mi opinión, Anne Tyler merece un lugar en ULAD al tratarse de una escritora con una mirada personal especialmente lúcida e irónica, entre otras muchas cualidades:
  • Capacidad de desentrañar una historia interesante allí donde otros solo ven cotidianidad. 
  • Creación de unos personajes muy bien definidos en lo físico, en lo psicológico y en sus conflictos, así como la habilidad para sacar partido de cualquier elemento que contribuya a su estado mental y emocional.
  • Diálogos dinámicos, verosímiles y cargados de sentido.
Una de las grandes cuestiones que Anne Tyler desarrolla con delicada maestría es la pérdida. Y la superación de la pérdida es, precisamente, el tema central de «El turista accidental». La novela ganó el National Book Critics Circle Award for Fiction en 1985, así como el Ambassador Book Award for Fiction en 1986. Yo la leí, hará cosa de veinte años y me pareció una historia maravillosa contada con grandísimo acierto y sensibilidad. Pero cuando la retomé, hace apenas unas semanas, temí que me decepcionara, temí haberla idealizado, que el estilo aparentemente sencillo de Anne Tyler que me sedujo cuando era (más) joven, ahora me supiera a poco. Nada más lejos de la realidad.

Resumen resumido: Macon y Sarah acaban de perder a su único hijo de doce años. Sarah está destrozada, mientras que Macon se aferra a sus rutinas y a su frío pragmatismo. Un día Sarah decide irse de casa y Macon se queda solo tratando de que todo siga como si nada hubiera pasado, sometiendo su vida a un férreo control con el ingenuo objetivo de que así mantendrá sujetas sus emociones. Pero los acontecimientos acaban venciéndolo y Macon se ve sumido en lo que más miedo le da en esta vida: el caos. Y es en medio de dicho caos en el que conoce a Muriel Prittchet; una joven madre soltera, adiestradora de perros por horas, extravagante y luchadora.

En una novela de personajes como es esta, el mayor reto es hacerlos verosímiles, que generen empatía y que a los lectores nos importe lo que les pasa. Y eso es algo que Anne Tyler tiene clarísimo. Sus personajes son auténticos logros, pequeñas joyas minuciosamente talladas, con un sinfín de detalles y pequeñas excentricidades: el huraño y entrañable Macon Leary, así como sus hermanos Porter, Charles y Rose, que conforman el curioso clan Leary:
«Rose tenía una cocina donde todo estaba hasta tal punto en orden alfabético, que uno encontraba la hierbabuena al lado del insecticida. Menuda era ella para andar criticando a los hombres de la familia Leary.
—En cualquier caso… —dijo Rose—. ¿Has sabido algo de Sarah desde que se fue?
—Ha venido por aquí un par de veces. Una vez, para ser exactos —dijo Macon—. A buscar cosas que le hacían falta.
—¿Qué clase de cosas?
—Pues… la olla para hervir al vapor. Cosas así.
—Entonces era un pretexto —repuso Rose—. Podía haber comprado una en cualquier cacharrería.
—Dijo que le gustaba la nuestra.
—Quería ver cómo va. Aún le importas. ¿Hablasteis?
—No —dijo Macon—. Solo le di la olla. Y el chisme ese que sirve para descapsular botellas.
—Oh, Macon. Podías haberla invitado a pasar.
—Temía una negativa.
Hubo un silencio.
—Bueno. En fin —dijo Rose al final.
—¡Pero me las arreglo!
—Pues claro que sí.
Luego dijo que tenía algo en el horno y colgó.»
Otro gran personaje es la joven Muriel Pritchett, banal en todos los aspectos pero con grandes momentos de perspicacia; contradictoria, peleona, cantarina... (el papel le valió un merecidísimo oscar a Geena Davis en la adaptación cinematográfica). También tenemos a Julian, el jefe de Macon o a Sarah, su esposa. Todo un universo de personitas cargadas de humanidad.

La autora emplea los recursos narrativos de modo que el lector no tenga que lidiar con párrafos complicados ni saltos temporales confusos ni ninguna otra filigrana. Anne Tyler es una de esas escritoras que emplea la sencillez como ariete de su escritura (y lo sencillo no es siempre lo fácil) y que mantiene su ego apartado del texto. Todo está al servicio de la historia y también del lector. Por otra parte, su estilo resulta muy visual, muy cinematográfico, puedes imaginarte las escenas mientras lees como si de una película se tratara; por no hablar de los diálogos que pasaron del papel a la a la adaptación cinematográfica casi íntegramente y funcionan a la perfección.

Así que muy recomendable, por no decir que es toda una delicia. Un clásico contemporáneo que logra el equilibrio perfecto entre calidad y entretenimiento. Es harto conocido que los integrantes de ULAD somos insobornables pero sí tenemos nuestro corazoncito y, en este caso, mi corazoncito está con esta autora que marcó hace muchos años mis intereses lectores y también creadores.

El título, en este caso, sí responde a la historia: Macon Leary trabaja escribiendo guías para gente que se ve obligada a viajar por cuestiones profesionales y no quiere «sorpresas». Hoy día, la existencia de internet hace que el trabajo de Macon nos pueda resultar inverosímil. Dejando esa cuestión a parte, la minuciosidad con la que Macon escribe esas guías (irónicamente, se ve obligado a viajar para poder escribirlas), es una acertada metáfora sobre su necesidad de tenerlo todo controlado.

Ya he avanzado que existe una película; se trata de una muy buena adaptación dirigida por Lawrence Kasdan, en 1988. Pero no seáis perros y leed primero el libro, allí disfrutaréis de los personajes en toda su esencia y del precioso viaje de Macon Leary.