sábado, 30 de septiembre de 2017

Francisco Casavella: Un enano español se suicida en Las Vegas

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: se deja leer

Pues si hay que ser sacrílego, se es con un par.
Nada me extraña que algunos escritores locales anden tan veneradores con Casavella. Mi adorado Zanón, por ejemplo. Algún otro, pero no quiero hacer más daño. El tono de esta novela, en particular el de sus primeras decenas de páginas, ya suena a haber sido imitado en ese relato nervioso, acelerado, tardo-adolescente, ese recurso tan usado de hablar de hechos de la niñez, de correrías en pantalón corto por pisos de barrios obreros de Barcelona, proclives a todo tipo de estrecheces. Unos cuantos han ido por ahí y ahora, necrofilia mediante, no puedo negar que sea muy caballeroso rendirle pleitesía al creador de ese discurso, si es que Casavella fue el creador, eso está por ver, quizás Marsé o Vázquez Montalbán ya tantearon antes, no puedo decirlo.
Y es curioso, porque, para mi decepción, (pues aún conservo el agradable sabor a licor bien macerado de los mejores, que eran muchos, fragmentos de El día del Watusi), esta novela, (cuyo título particularmente discutiría mucho, me recuerda a cutreces de usar y tirar como los discos de la Orquesta Mondragón o algunas peliculillas de los 90 donde salían Juanjo Puigcorbé o Gabino Diego o Juan Luis Botto) no me ha gustado casi nada. El casi se lo reservo a esos tramos donde el Casavella-escritor-en-maduración empieza a mostrar maneras, pero en lo relativo a la concepción de la novela, a su desarrollo, y a eso que gusta tanto de la atemporalidad de la situación, demasiadas, sí, demasiadas cosas parecen estar simplemente en ciernes o incluso en pañales para que mi opinión, modesto lector que declara admiración al fallecido escritor barcelonés, pueda establecer que haya que recomendarla. Aquí sobran cosas: el inicio parece irnos a abocar a una especie de juego de persecuciones chorras, la sensación de que no sabemos si Casavella quiere confundirnos con la identidad de esos dos hermanos tan unidos y tan distantes o simplemente quiere definirnos esa dualidad en las relaciones familiares: rencor vs amor incondicional, celos vs defensa de la sangre. Más de 200 páginas y la dispersión de la trama no ha conseguido aclarármelo. Faltan otras cosas: parece reivindicar (véase portada de la reedición de Anagrama) esa condición de novela barcelonesa, cuando la ciudad es un escenario que no pasa de aportar algo más que eso que los pintores llaman veladura. Falta peso de los personajes secundarios: las respectivas compañeras no parecen trascender la condición de compañeras de alcoba, los matones (véase próximo párrafo dedicado a sinopsis) son exasperantemente planos y formulaicos, lo de Chester Winchester - el enano del título - no acabo de entenderlo... en fin.
Pues eso: dos hermanos con suertes dispares protagonizan una situación en la que las deudas de juego de uno de ellos arrastra a la familia y hay que coger el toro por los cuernos o, mejor dicho, ver si se huye hacia atrás o hacia adelante, mientras los mafiosos de turno (estereotipados hasta decir basta) acosan y van adelantando muestras de cariño, optando por organizar una mega-partida donde la cosa va a ser un todo o nada.
Así: cuatro líneas básicas desde las que la prosa de Casavella traza profundos altibajos (situándose más veces en los bajos) hasta convertirlas en eso, en 266 páginas bastante dispersas y confusas, pero, al primer párrafo me remito, capaces de deslumbrar tanto a algún pardal que, cegados por un cóctel donde, claro, la necrofilia no podía faltar, habrá quien, fajas, contraportadas, y aduladores varios incluidos, lo considere hasta algo seminal y capital. Y no.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Reseña + Entrevista: Palacio Quemado, de Edmundo Paz Soldán

Año de publicación: 2007
Valoración: Bastante recomendable

Uno de mis descubrimientos literarios de los últimos tiempos ha sido el boliviano Edmundo Paz Soldán. Pese a que lleva publicando desde los años 90, ha sido en 2016 y 2017 cuando he tenido la oportunidad (y la suerte) de conocer su obra a través de los recientemente publicados "Las visiones" y "Los días de la peste". Y tanto me han gustado que me he lanzado a buscar obras anteriores.

Es así como he llegado a este "Palacio Quemado", obra publicada allá por el año 2007, que si bien en primera instancia puede parecer una obra absolutamente diferente de las dos ya citadas, tras su lectura observamos que guarda algunos puntos en común.

Entre las diferencias, la más clara es meramente formal. En "Palacio Quemado" nos encontramos con una novela mucho más convencional que en "Los días de la peste". Mientras en esta última la trama se narra "en tiempo real" a través de múltiples personajes con voces perfectamente diferenciadas, en aquella el narrador es único y la narración, lineal con importantes flashbacks, se produce algunos años después de los hechos. Por otra parte, mientras "Las visiones" y "Los días de la peste" podrían englobarse dentro del género distópico (con algunas reservas, eso sí), "Palacio Quemado" es, al mismo tiempo, novela histórica e intriga política.

"Palacio Quemado" está ambientada en el mandato de Sánchez de Lozada y en las protestas, lideradas por Evo Morales, que acabaron con la renuncia del presidente. Es la historia de Oscar, un hombre de unos 35 años que trabaja como "escribidor" de discursos para el presidente Canedo (trasunto aquí del ex-presidente boliviano Sánchez de Lozada). Es Oscar un tipo sin ideología, un escritor que no cree en lo que escribe, sino en escribir acerca de lo que otros creen. Es, por otra parte, hijo de un ex-ministro, lo que sirve a Paz Soldán para desarrollar paralelamente la historia personal de Oscar y la historia reciente de Bolivia, ambas marcadas por hechos un tanto turbios.

En cuanto a los puntos en común con los libros más recientes de Paz Soldán, destacaría que, en el fondo, "Palacio Quemado" también gira, fundamentalmente, en torno al poder y a la violencia, ejercitados ambos tanto en un plano individual como colectivo. Además, Paz Soldán sitúa a los personajes de los tres libros en situaciones o escenarios "límite", en los que se pueden apreciar las fortalezas y debilidades del ser humano.

En resumen, se trata de una novela más que recomendable, especialmente para interesados en política latinoamericana, creíble, con buenos diálogos y personajes y tramas bien construidas y desarrolladas,. Eso sí, es menos arriesgada, y por esto quizá más accesible al "gran público", que sus obras más recientes.

También de Paz Soldán en ULAD: Billie RuthLas visionesLos días de la peste

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Después de cuatro reseñas, ya era hora de hacer una pequeña entrevista a Edmundo Paz Soldán, quien muy amablemente se ha prestado a responder a nuestras impertinentes preguntas. Aquí os las dejamos:

ULAD: Llama la atención en "Palacio Quemado" la visión desesperanzada de la política boliviana ("reino de la coyuntura", "los políticos le hacen más mal que bien al país", etc) y del propio país (corrupción, abismo entre la minoría blanca en el poder y el resto de la población, etc). ¿Han cambiado las cosas en el tiempo transcurrido desde la publicación de la novela? ¿Hay esperanza para Bolivia?



EPS: Palacio Quemado quería retratar un momento clave en la historia contemporánea del país, el del fin del modelo neoliberal a principios de la década pasada, con la sugerencia de la pronta llegada del neopopulismo. Las fuerzas en pugna no atinaban a encontrar una salida, y se hablaba de un "empate catastrófico". La falta de salida política también provocaba una indefinición en cuanto a nuestro destino como país, y tenía muchos antecedentes en la historia de Bolivia. Las cosas han cambiado mucho, se han sentado las bases para un Estado más incluyente, aunque problemas como la corrupción y la falta de independencia de la justicia parecen ser estructurales; el modelo neoliberal también se las ha ingeniado para subsistir a través de otra retórica. En todo caso, creo que, con todos nuestros problemas, estamos mejor que hace quince años, y hay esperanza.

ULAD: Una de las frases más potentes del libro es la que dice "el diccionario es un osario de palabras vacías". No sé si mi interpretación es errónea o no, pero daría la impresión de que el lenguaje es algo neutro per se. ¿Lo es en realidad?

EPS: No, no lo es. Pero es la perspectiva del narrador, que es alguien que vive de escribir discursos para los políticos de turno, y siente que ese lenguaje que el usa para construir discursos ha sido abaratado con tanto lugar común. Los políticos lo han vaciado de sentido, una cosa parece significar otra completamente opuesta, hasta que al final todo vale.

ULAD: En el libro se dice de Oscar que es "un escritor que no cree en lo que escribe, sino en escribir acerca de lo que otros creen". ¿Es posible hacer (buena) literatura sin algo de fe en ella?

EPS: No creo que se pueda. En América Latina la escritura ha estado muy relacionada con el poder, en el siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX los letrados participaban en la escritura de las Constituciones nacionales, redactaban las leyes de un partido, incluso se presentaban a cargos públicos. Había una jerarquía administrativa relacionada con el poder que daba la escritura. Muchos escritores encontraron acomodo ahí, alquilando su pluma. El campo cultural era muy precario como para acogerlos. Oscar es un descendiente de esos letrados. Podemos idealizar la escritura como un instrumento de liberación, pero lo cierto es que muchos no han sido suficientemente críticos con el poder y se han dejado cooptar por este.

ULAD: Tanto en "Palacio Quemado" como en "Las visiones" y "Los días de la peste" la violencia y el poder (también el sexo y las creencias "religiosas", en menor medida) determinan las acciones y el destino de los personajes. ¿Son la violencia y el poder tan determinantes en nuestras vidas? ¿Hay alguna forma de rebelarse frente a ellas?

EPS: La violencia y el poder son muy determinantes, pero claro que hay formas de rebelarse contra ellas. Lo que ocurre es que estos libros se enfocan en momentos específicos de crisis institucional, a nivel regional (Los días de la peste), a nivel de la nación-Estado (Palacio Quemado), y a nivel de un conflicto colonial, imperial (Las visiones). En esos momentos es difícil sustraerse a la conexión entre violencia y poder. El poder estatal está en nuestro día a día, tiende a camuflarse para funcionar mejor, pero apenas lo pones en entredicho busca reafirmarse. Nos queda romper esa lógica a través de su cuestionamiento continuo.

ULAD: Comparando las tres obras citadas, "Las visiones" y "Los días de la peste" me parecen novelas más arriesgadas que "Palacio quemado", tanto por el uso de lenguaje como por la técnica narrativa y el tratamiento de los temas. Personalmente, me parecen novelas más completas. ¿Seguirás por los caminos transitados en estos últimos libros? ¿Nos puedes adelantar algo?

EPS: Estoy escribiendo una novela corta con un solo punto de vista, sobre un psiquiatra que da apoyo psicológico a los voluntarios de un experimento con sustancias lisérgicas. Está ambientada en la frontera entre Bolivia y Brasil. Recupero temas de libros anteriores, pero en otro contexto.

ULAD: Por último, en España da la impresión de que la literatura boliviana es la hermana pobre de la literatura latinoamericana. De hecho, eres el único autor boliviano que hemos reseñado en el blog (tras 3200 reseñas), aunque he de decir que tengo pendiente de reseñar libros de Liliana Colanzi y de Maximiliano Barrientos. ¿Qué autores o libros nos recomiendas para seguir adentrándonos en la literatura boliviana?

EPS: Solo por pensar en autores que podrías encontrar ahora mismo en una librería española, te recomendaría a Magela Baudoin (La composición de la sal, Navona), Rodrigo Hasbún (Los afectos, Random), Christian Vera (El profesor de literatura, Caballo de Troya) y Giovanna Rivero (98 segundos sin sombra, Caballo de Troya).

jueves, 28 de septiembre de 2017

Delphine de Vigan: Nada se opone a la noche

Idioma original: francés
Título original: Rien ne s'oppose à la nuit
Año de publicación: 2011
Traducción: Juan Carlos Durán
Valoración: muy recomendable


El año de su publicación, «Nada se opone a la noche» fue la novela más premiada en Francia con un total de cinco galardones. El dato toma mayor relevancia, desde mi punto de vista, al tratarse de una obra intimista, sin crímenes aparatosos ni dramas históricos ni epopeyas bélicas, tan solo el aquí, el ahora y el conflicto emocional que se plantea.

Resumen resumido: tras encontrarse inesperadamente con el cuerpo sin vida de su madre, dos días después de haberse suicidado, Delphine se embarca en la reconstrucción y narración del errático recorrido vital de Lucile, sobre el que sobrevuelan las sombras del incesto, la drogadicción, el aislamiento y el trastorno bipolar. Delphine es la propia autora y Lucile, su madre, por lo que se trata de una obra autobiográfica.

Hasta las obras más poéticas o las más descarnadas tienen en su trastienda cientos de pequeños engranajes trabajando como un gran todo; los puedes identificar por separado y valorar su función específica. Lo llamo «el artilugio narrativo», la máquina que crea la ilusión de una historia. Sin embargo, en la trastienda de «Nada se opone a la noche» no hay engranajes, si no articulaciones de hueso, tendón y cartílago, donde resulta casi imposible discernir dónde acaba un elemento y empieza otro. Porque el germen de esta novela es más orgánico que mecánico, nace del dolor y de la ansiedad acuciante de la propia autora. Delphine sufre porque teme que la memoria de su madre caiga en el pozo de la incomprensión y el olvido, pero también teme escribir sobre ello y que la verdad resulte sesgada o bien acabe desgarrando a su familia.

La pulsión narrativa se abre paso sin contemplaciones, adaptando y poniendo a su servicio las cuestiones técnicas. El uso de tres voces (en el mismo narrador que es Delphine) es un claro ejemplo:
  • La voz en primera persona (Delphine como escritora), habla de su conflicto frente a la muerte de su madre y el reto de escribir sobre ello.
  • La voz de narrador testigo (Delphine como hija), relata hechos del pasado de Lucile que también pertenecen al suyo propio.
  • La voz en tercera persona omnisciente (Delphine como cronista), evoca pasajes del pasado de Lucile a partir de los documentos que ha leído, de las grabaciones del abuelo Georges o de las conversaciones con sus tíos.
La voz que transmite mayor afectación es la de la escritora, cuyo conflicto es cercano en el tiempo, seguida de la voz de la hija que muestra mayor contención debido a la distancia. Ambas representan los dos conflictos principales que mueven la novela: el conflicto vital de Lucile, marcado por la enfermedad, y el conflicto emocional y narrativo de su hija cuando trata de escribir sobre ello. Formalmente, la novela consta de tres partes y cada una está, a su vez, subdividida sin numeración ni capítulos. Los acontecimientos no se explican en orden cronológico, se alternan escenas del complejo pasado de Lucile con otras en las que la narradora expresa los temores que la abordan mientras escribe. Pero ese supuesto caos de narradores, cronología y estructura cristaliza en un texto perfectamente conformado y fácil de leer, capaz de exponer los hechos más tristes o detestables con tanta intensidad como delicadeza.

La escritora pone sobre la mesa la cuestión de la verdad narrativa a partir de sus tribulaciones a la hora de recomponer la historia de Lucile. Es consciente de que el modo en el que decida ordenar los hechos, así como la elección de lo que explique y lo que omita, construirá una verdad específica para esa narración. De algún modo concluye que la verdad absoluta (ideal y teórica) es inabarcable y debemos conformarnos con una inconsistente gama de grises.

Esta obra resulta muy recomendable por la implicación personal de la propuesta y su perfecta resolución en todos los aspectos, por la sutileza, por el equilibrio, por ese germen caótico que se materializa en un texto fluido, bello, doloroso e intenso, por el cuidadoso retrato del trastorno bipolar y por esas interesantes reflexiones acerca de lo que significa escribir sobre unos hechos con los que existe un fuerte vínculo emocional. La novela en sí es un acto de amor y Delphine de Vigan pasa a ser, desde este momento, una de mis autoras de cabecera.

En otro orden de cosas: la mujer de la portada es Lucile, lo que me ha parecido un detalle bonito e interesante. En cuanto al título «Nada se opone a la noche», no guarda relación alguna con la historia pero mi interpretación particular es: si la noche son las tinieblas que te nublan el alma y el entendimiento, te van a acompañar siempre y al final te vas a morir. Afortunadamente para vosotros, no tenéis que quedaros con mi interpretación porque la propia autora aclara en una nota: 
«El título del libro está sacado de la canción “Osez Joséphine” escrita por Alain Bashung y Jean Fauque, cuya belleza sombría y audaz me ha acompañado durante toda la escritura». 
En mi defensa diré que la letra de «Osez Joséphine» no tiene ningún sentido y que el videoclip, de gran magnetismo, tampoco arroja mayor luz al asunto, así que no hace falta perder el tiempo curioseando este link.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Salman Rushdie: Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Resultado de imagen de dos años ocho meses y veintiocho noches amazonIdioma original: inglés
Título original: Two Years Eight Months and Twenty-Eight Nights
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable


Intuyo, no sé si acertadamente, que si hay un escritor conocido universalmente por su ideología ese es Salman Rushdie. Una ideología que ha puesto en peligro su vida y le ha dado una popularidad indiscutible que quizá no se corresponda con un incremento real de lectores. Si profundizamos un poco más, es obvio que ese pensamiento que tanto ha condicionado su vida no es un hábito con el que se envuelve o no según las circunstancias, sino la razón de su escritura así como su esencia. Cualquier página suya que escojamos está, implícita o explícitamente, impregnada de ese espíritu. 
Ante de mostrar en qué consiste ese ideal de convivencia convertido en asunto recurrente, debo aclarar que si la ideología no ha fagocitado sus novelas, si no las ha convertido en meros instrumentos para transmitir unas tesis todo lo sensatas y bien intencionadas que quieran, ha sido gracias a su imaginación portentosa. Me pregunto –y nunca podré contestarme– si el propio autor ha desarrollado esa faceta suya para convertir en literatura su mensaje (algo perfectamente legítimo) o se trata de un rasgo innato que impregna involuntariamente su escritura. El huevo o la gallina, vamos. Desde luego, como puede deducirse de sus historias, el material procede principalmente de sus raíces culturales –hindúes o, más genéricamente, orientales– a las que se añade todo el bagaje que ha ido adquiriendo por su cuenta.
Sin ir más lejos, el título de la novela es exactamente Mil y una noches, si bien estas se contabilizan de forma diferente. Y es un hecho que lo metaliterario, tanto en forma de reflexiones como por el procedimiento de contar unas historias que sirven de estuche a otras de la misma forma que el modelo, se convierte, más que en un mero recurso, en el núcleo fundamental en torno al cual gira todo.
Viajando a lomos de su particular fantasía, nos enteramos de que el mundo de los humanos no es el único existente, pero nada de descubrir nuevos planetas o galaxias, nada de astronomía, aparataje y descubrimientos científicos, estas realidades se sitúan en una esfera que no es la experimental pero tampoco la de la fe sino que está constituida, tal como sugiere en ese magnífico broche final, del mismo material que los sueños. Esos sueños que un mundo futuro, sin racismo ni creencias irracionales, que vive en paz y concordia habiendo desterrado, por fin, todas las causas de violencia y logrado la igualdad entre géneros, quizá eche de menos a pesar de sus evidentes ventajas.
“La mayoría estamos contentos. Vivimos bien. Pero a veces desearíamos que regresaran los sueños. A veces, como no nos hemos librado por completo de la perversidad, echamos de menos las pesadillas.” *
De entre todos los mundos posibles, pues se sugiere que puede haber más, el novelista se concentra en dos: el que conocemos, radicado en la madre tierra, y el de los yinnis: unos seres caprichosos e indolentes, cautivados por los objetos brillantes, poco de fiar, iracundos cuando se les contradice y con un poder enorme, que habitan en el País de las Hadas. En principio, nada que ver con nosotros, sin embargo, por un capricho del destino –o una travesura de algún habitante particularmente curioso– las sólidas paredes que nos separan de ellos se han fracturado más de una vez, y a causa de esa pequeña grieta, que nos ha puesto en contacto con los yinnis, se produce lo que el autor denomina la Guerra de los Mundos, que tiene lugar en el momento en que se escribe la novela –es decir, ahora– si bien su origen radica en hechos ocurridos en el siglo XII en Lucena (Córdoba, España), y se contempla desde la óptica de un cronista del futuro, concretamente de dentro de un milenio. Existen, pues, tres planos temporales: aquel desde el que habla el narrador (3015 aproximadamente), la época actual, testigo de la cruenta guerra que tiene lugar entre yinnis y humanos, y aquella Córdoba medieval que puso en marcha toda la trama. La causante (o culpable) de todo fue una mujer –tal como mandan los cánones–, o mejor, una yinnia, la Princesa Centella, heredera al trono del País de las Hadas, encarnada en Dunia, una adolescente con rasgos humanos que se enamora del filósofo ateo Ibn Rushd –discípulo de Aristóteles y eterno adversario ideológico del platónico Al-Ghazali con el que siguió debatiendo en la tumba, una vez convertidos ambos en polvo pensante–. Este hombre, especie de anti-Sherezade, ya que las historias que Dunia le contaba, no solo no le salvaban sino que ponían su vida en peligro, acabaría sus días ejerciendo con honores su profesión de médico en la corte cordobesa de aquel califa que venció a Alfonso VIII en la batalla de Alarcos, autodenominado como Al-mansur (el Victorioso).  Su amor engendraría una numerosísima prole, origen, a su vez, de la gran descendencia (conocida como Duniazada, cuya particularidad anatómica es tener las orejas sin lóbulos) que llegó primero hasta Cádiz y Palos de Moguer y más tarde traspasó los Pirineos y hasta voló en alfombras y urnas mágicas atravesando océanos, propagándose por los cinco continentes y olvidando sus orígenes judíos (y judíos conversos) para abrazar cualquiera de las religiones existentes, incluida la que heredaron, o bien convirtiéndose en ateos.
Mucho más tarde, en pleno siglo XXI, Dunia heredará el trono de su padre y regresará a nuestro planeta para vencer a los cuatro portadores del mal y sus secuaces. Para ello contará con la ayuda de algunos de sus descendientes, híbridos de yinni y humano, en un episodio final que logrará la aniquilación de todos ellos pero acarreará también la muerte de muchos inocentes. Destruidas estas fuerzas malignas, cualquier desigualdad e injusticia habrá perdido su razón de ser y la tierra se convertirá en el lugar pacífico y racional que añoran los idealistas.
Como ven, un argumento seductor para aquellos lectores que acepten internarse por los vericuetos de la fantasía, al menos de vez en cuando. Pero, si nos atenemos al resultado final, a Rushdie tanta tensión, ser sobrenatural y escenario de maravilla se le ha ido de las manos un poco. El conjunto resulta algo irregular y deslavazado, excepto en unas cuantas decenas de páginas no nos entusiasma como debería, no consigue convertirnos en cómplices de los personajes ni apasionarnos con sus aventuras ni transmitirnos esa efervescencia que, aunque aparece en lo narrado, no acaba de llegarnos del todo.

(*)Traducción: Javier Calvo

Más del autor: Los versos satánicos

martes, 26 de septiembre de 2017

Xavier Aldekoa: Hijos del Nilo

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Aldekoa ya me pareció un narrador muy notable en Océano África, hace un par de años, e Hijos del Nilo lo confirma y diría que hasta lo mejora. Y con este magnífico libro se sacude la cómoda pero intimidante sombra de la herencia de Kapuscinki, agradable mochila que puede devenir lastre ante el ojo crítico y que Hijos del Nilo consigue, en el buen sentido, dejar atrás agarrando firmemente el micrófono de la voz propia.
Ya me perdonaréis la contundencia para un primer párrafo en el que solemos presentar de forma lineal a los autores. Pero es que este libro me ha gustado tanto porque no es fácil encontrar voces nuevas que tengan la capacidad de zafarse de sus influencias sin necesidad de que ello parezca una renuncia y sin que tengamos que andar con eso tan trillado de ir más adelante. Aldekoa solo tiene que ajustar un poco con ese intercalado de menciones personales que se le almibara a veces y ya tenemos un cronista de primer orden que hace exactamente lo que se le requiere. Narrar lo que ve sin sesgarlo ni aderezarlo y conducir a su lector a la laguna calma de las propias conclusiones.
En Hijos del Nilo la excusa es el paso por algunos de los países que recorre el Nilo desde sus poco aclaradas fuentes (el lago Victoria, otros ríos) hasta su desembocadura en el Mediterráneo. Y cada uno de esos países, Uganda, Sudán del Sur, Sudán, Etiopía, Egipto, es visitado bajo diferentes guisas por Aldekoa. Ahora es periodista, ahora turista, ahora antropólogo, no porque pretenda engañar a nadie sino por las dificultades que puede plantearse en algunos de esos países, no precisamente democracias, el acceder libremente si las autoridades o sus representantes piensan que no se va a mostrar la mejor de las imágenes. Pero la crítica de Aldekoa no surge de la manifestación de una opinión sino de la pura descripción de sus experiencias a lo largo de este viaje. Con información objetiva sobre la historia de cada territorio recorrido y los hechos fundamentales que configuraron su historia. Así que por el camino encontraremos a personajes siniestros como Idi Amin Dada o Joseph Kony, como Haile Selassie o Nasser o Mubarak, y sabremos de su importancia, casi siempre trágica, en la historia de sus países, todo ello a la vez que conocemos tantos personajes anónimos, periodistas a los que visita, colaborantes, conocidos ocasionales o recurrentes, de los cuales siempre extraemos algo útil y trascendente. La adolescente sursudanesa resuelta en sus estudios, los niños que han sido obligados mediante secuestro y amenazas a convertirse en soldados, los nómadas del desierto, los esforzados ciudadanos que han regresado ilusionados a intentar aportar sus conocimientos adquiridos en el extranjero para ayudar en sus países. 
Hijos del Nilo es un bullidero de anécdotas y situaciones personales pero no se trata de una mera secuencia. El pretexto del paso del río por los países de su cuenca aporta unidad, cohesión, progresión, hasta llegar a ese Egipto cuyos habitantes parecen añorar a Mubarak, una triste y chocante contradicción por cuanto, y esta no es la primera vez que mencionamos este tema aquí, la primavera árabe ha acabado volviéndose en contra de aquellos a los que supuestamente debía ayudar y defender. Muy buen punto final para un libro que debería ("Seguimos", escribe Aldekoa al cerrarlo) constituir un nuevo punto de partida o un nivel más en la obra de un autor que se adivina va a ser importante, o eso merece.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Colson Whitehead: El ferrocarril subterráneo

Idioma original: inglés
Título original: The underground railroad
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Parece que últimamente estamos asistiendo a una revisión de la historia de América de los últimos siglos, especialmente en clave reivindicativa sobre los derechos de los afroamericanos y su historia, a juzgar por la proliferación de autores de nivel que tratan este tema. Siguiendo esta estela de autores afroamericanos llego, después de haber leído «Volver» (Toni Morrison), «Entre el mundo y yo» (Coates) o «Volver a casa» (Gyasi), a esta reciente publicación de la novela de Colson Whitehead, ganadora del National Book Award en 2016 y del Premio Pulitzer en 2017. No son pocos premios como carta de presentación.

El libro empieza situándonos rápidamente en contexto, narrándonos las raíces familiares de Cora, protagonista absoluta del libro, en las postrimerías siglo XVIII. De esta manera nos expone, en un inicio, la vida de su abuela, siendo como la de muchas esclavas: vendida y revendida, utilizada y usada para trabajar, a manos del mejor postor. Sin ánimo de libertades, ni atisbos de tan siquiera soñar con ellas. Una de las muchas desgraciadas historias del pasado de tantas familias afroamericanas, que arrastran una falta de derechos humanos de generación en generación, hasta que consiguen cambiar la historia. Cora nos cuenta como su madre huye de la plantación donde la tienen esclavizada y, siguiendo su estela, empieza a forjarse su carácter fuerte, en compañía de otras mujeres de la comunidad, creciendo como una mujer valiente y desafiante, defensora de aquello que es suyo, de lo poco que tiene.

En esta primera parte del libro (una de sus mejores partes), el autor nos mete de lleno en una comunidad de esclavos, describiéndonos la vida de sus miembros con gran detalle, definiendo perfectamente un escenario lleno de abusos y vacío de libertades. Un entorno donde los castigos corporales son habituales y donde el miedo está siempre presente en aquellos que solo han vivido bajo la opresión infringida por la tenaza de su amo. Y como ocurre en tantas ocasiones, cuando la presión ejercida es muy fuerte, hay un momento en que algo estalla: la reacción de Cora hacia uno de los amos cuando, al querer defender a un niño de una paliza, provoca que su ira se vuelva hacia ella y la someta a un castigo ejemplar. Este hecho provoca que Cora se decida a escapar de la plantación.

A partir de ahí, y para no entrar en excesivo detalle, el libro nos retrata la huida de Cora a través del ferrocarril subterráneo que hace honor al título, un ferrocarril clandestino creado y mantenido por los abolicionistas americanos. El ferrocarril que consistía en una red clandestina, toma aquí una nueva forma en la novela de Whitehead, conviertiéndolo en un ferrocarril real que permite a la protagonista moverse por diferentes estados de norteamérica. Así, su huida la lleva a distintos territorios que el autor aprovecha para narrarnos las diferentes ramificaciones del racismo existente en la época: nos habla de plantaciones de algodón y esclavitud, nos habla de las pocas libertades de los negros, nos habla del "peligro" que estos suponen para el hombre blanco quienes les ven como mano de obra, pero que, a la vez, temen que un exceso de población negra puede suponer que haya una revuelta, por ser mayores en número; nos cuenta como se intenta controlar la demografía para evitar un aumento de afroamericanos y de un racismo "normalizado" en la sociedad... nos habla, en fin, de las libertades de unos y de la opresión de los otros, de las diferencias entre razas a todos los niveles, y de los derechos, sólo existentes para aquellos que mandan. Para el resto, quedan las obligaciones.

De esta manera, el autor utiliza una historia particular, puntual, para narrar no únicamente las injusticias a las que estaban sometidos los negros sino también el porqué del mantenimiento de la esclavitud durante tanto tiempo. La esclavitud como una lucha de poderes con un telón de fondo económico, que somete, controla y ordena; el sometimiento de los negros esconde, tras una fachada de racismo, un autoconvencimiento para justificar los actos. Y con ello, el enriquecimiento, el poder, el control.

Así, esta novela ofrece una visión renovada de la lucha de los afroamericanos por sus derechos, y la decisión de combatir la esclavitud con la ayuda de aquellos que no la comparten. Un canto a favor de la lucha por la supervivencia, la libertad y el deseo de conseguir un mundo mejor (o al menos igual para todos). La solidaridad entre personas individuales, formando un colectivo para conseguir revertir una sociedad desigual e injusta, gobernada por aquellos quienes las diferencias les van siempre a favor.

La habilidad del autor radica en lograr combinar la realidad existente en la América de principios de siglo XIX con una historia de persecuciones. Hay ecos notables de obras anteriores que probablemente el autor no trata de ocultar: vemos a una Cora convertida en Anna Frank, vemos al caza recompensas Ridgeway como una reconversión de Javert de «Los miserables» de Victor Hugo. Colson Whitehead ha escrito (o deberíamos decir retratado) una historia ocurrida hace décadas, pero no tan lejana en la mentalidad de algunos opresores. Su "guionizable" historia, fácilmente transformable en película (o serie, por los tiempos que corremos) facilitan la formación en nuestra imaginación de cada una de las escenas. La habilidad descriptiva del autor lo permite, y no sería de extrañar que su adaptación fuera una realidad en un futuro cercano. Aunque el libro hubiera podido tener algo más de dureza, el autor prefiere dejar que eso caiga en la imaginación del lector. Si eso es una decisión acertada o no, dependerá de cada uno. Sí echo de menos algo más de profundidad en el retrato de los personajes, matices que nos faciliten la empatía con ellos y los haga más humanos, con sus contradicciones y dudas y algo menos planos, pues encontramos que los "buenos" son "muy buenos" y los "malos", "muy malos". Es comprensible la elección de retratarlos sin claroscuros, puesto que hablamos de un libro de denuncia, sobre el racismo. Pero aún así, echo en falta algo que me acerque a sus personajes y algo más de pluralidad (la historia de Caesar queda algo coja, y podría haberse extendido).

En cualquier caso, el libro nos brinda impactantes imágenes: la utilización de los negros para una recreación histórica a modo de atracción de feria, las escenas de Cora reconvertida en Anna Frank, y el repertorio de atrocidades y abusos cometidos contra los negros. Son escenas duras, impactantes, y que quedan en la memoria durante mucho tiempo. Y eso es bueno porque bienvenidos sean los libros que ofrecen una lectura que, más allá de la propia historia narrada, dejan un poso en el lector sobre el cual aposentar las reflexiones y evitar, en el tema racial u otras injusticias, que tales aberraciones puedan suceder de nuevo (o sigan sucediendo, mejor dicho).

domingo, 24 de septiembre de 2017

Boris Vian: El lobo-hombre

Idioma original: francés
Título original: Le loup-garou
Traducción: J.B. Alique
Año de publicación: 1947
Valoración: Recomendable

Para mucha gente esto del ‘lobo-hombre’ se corresponde directamente con la estimable canción que en 1984 dio a conocer al grupo La Unión. Según se ve en el enlace al videoclip, la melodía tiene un punto de oscuridad y misterio muy manifiesto, que se refuerza con las imágenes de callejuelas parisinas, prostíbulos y delincuentes, donde irrumpe la híbrida criatura. El caso es que la archiconocida canción sintetiza bastante bien el relato de Boris Vian, si bien esa ambientación, aunque muy conseguida, tiene poco que ver con el enfoque del texto original. En realidad ‘El lobo-hombre’ es una especie de brevísima fábula en la que un lobo vegetariano, sumamente educado y culto, sufre una sorprendente transformación en humano. Movido por la curiosidad, se interna efectivamente en la noche parisina que tan bien presentaban Rafa Sánchez y sus chicos, desencadenándose alguna situación curiosa. Pero el tono es más bien paródico, el pobre Denis, al principio estupefacto, asume con buen ánimo su nueva condición y se decide a escrutar sus posibilidades, para finalmente mostrar su decepción terminando en algo parecido a un mensaje moralizador.

Así que, desembarazados del posible prejuicio sobre cuentos de terror, nos sumergimos en una colección de relatos que se moverán en parámetros similares al que da título al libro: extravagancia, buenas dosis de humor, el absurdo, tramas disparatadas y, sobre todo, personajes singulares. Porque, como decía Borges, ‘nadie es imposible’. Para eso Vian fue un ilustre miembro del Colegio de Patafísica, aquella célebre 'escuela' que por encima de cualquier otra cosa veneraba la creatividad, la imaginación, haciendo de lo inútil el corazón del arte, poniendo en valor la excepción frente a la regla. Se podría decir que Boris sigue al pie de la letra esas pautas. Los relatos son casi siempre muy breves y en general presentan elementos inverosímiles incrustados en un argumento banal. La intersección de lo insólito con distintos grados de humor (y distintas tonalidades, a veces más verde, otras más marrón) genera un ambiente en ocasiones bastante rabelaisiano (no sé si se dice así), muy francés.

Apenas encontramos la habitual irregularidad de las colecciones de relatos, y su nivel resulta bastante equilibrado. Tal vez uno de los más potentes es ‘Los perros, el deseo y la muerte’, en el que una misteriosa cantante se deleita atropellando perros y peatones, en un mórbido éxtasis del que se beneficia el taxista propietario del vehículo. La cosa recuerda con nitidez a 'Crash’, la turbadora película de David Cronenberg. Otro de mis favoritos es ‘El pensador’, uno de los más divertidos, donde Vian adorna con sentencias patafísicas al idiota Urodonal Carrier.

‘El mirón’ es quizá el relato más convencional, con un aire inquietante y alejado del tinte desenfadado y mordaz del resto. Pese a que finalmente lo inesperado termina por imponerse, resulta uno de los más sólidos, y deja claro que Vian sabe también desenvolverse en terrenos menos extravagantes. Y así se van desgranando como una docena de pequeñas historias pobladas de caraduras, ladronzuelos, suicidas y enamorados, que antes o después terminan inmersos en situaciones paradójicas, en que se reúnen la mofa y la tragedia como en un gran juego de sorpresas, más o menos afortunadas según las ocasiones.

Y bueno, reconociendo lo tonto de la broma, es imposible evitarla, y más aún tratándose de autor tan aficionado al equívoco: ¿quién le iba a decir a Vian que medio siglo después de su muerte, su doble iba a ser presidente de la República francesa? Es quizá el relato que nunca se le ocurrió escribir.

sábado, 23 de septiembre de 2017

John Higgs: The KLF. Caos y magia

Idioma: inglés
Título original: The KLF. Chaos, Magic and the Band who Burned a Million Pounds
Año de publicación:2016
Traducción: Elena Morán
Valoración: recomendable

Casi 300 páginas sobre un grupo que, técnicamente hablando, publicó un solo disco largo (LP, dos siglas que van desapareciendo), puede parecer desproporcionado, y lo es. Y por muy influyente en lo sonoro y en lo "filosófico" que fuera la banda, a veces en este libro se percibe que Higgs necesita rellenar páginas con cuestiones que, aún viniendo al caso, no dejan de ser circunstancias paralelas cuando, a la hora de escribir sobre música (alguien lo comparó a cantar sobre fútbol), en la nada humilde opinión de quien esto escribe, lo fundamental es hablar de sonido, de canciones, de sensaciones subjetivas al oír éstas. Pero hay que aceptar que The KLF no fueron un grupo al uso, y que, por prolongada y forzada que pueda resultar alguna vez, la puesta en contexto resulta necesaria para comprender los motivos de la prolongada reverencia de cierto sub-sector del mundo underground hacia esta banda.
La cuestión es que a mí, aunque me parezca lógico, no acaba de cuadrarme que título y primeras páginas del libro hagan referencia al hecho que representa uno de los cúlmenes de la banda. Empaquetar un millón de libras (de 1994: eso es mucha pasta), llevarse a un fotógrafo que dé fe, irse a una isla en Escocia, y pegarle fuego. Es muy difícil controlar las reacciones ante un hecho así, porque el común de los mortales (me incluyo) lo encuentra inexplicable y un acto que es muy difícil digerir evitando términos como chulería, estupidez, absurdo, y eso quedándose muy corto. 
Aunque como acto promocional no puede negarse que es de una brillantez que descoloca.
Quizás situar esa escena al inicio del todo esclaviza al resto del libro como una especie de tesis enfocada a explicar el acto, y quizás toda la relación de referencias a hechos culturales, ritos con tendencia al ocultismo o a cierta creencia pagana, muchos etcéteras que cuesta hilvanar, sea un intento excesivo de intelectualizar todo el itinerario de la banda y de sus miembros (Jimmy Cauty y Bill Drummond) cuando otra explicación plausible pero mundana y desprovista de todo glamour sería decir que fueron dos colgados pasados de algún viaje con vete a saber qué substancia, que se encontraron un éxito descomunal que solo supieron finiquitar apostando al máximo por la excentricidad, como si ésta surtiese el típico efecto catártico o liberatorio que experimentan los serial-killers cuando acaban siendo detenidos.
Así, los párrafos que más he disfrutado en este libro son aquellos más convencionalmente cercanos al libro-biografía, con la descripción de su ascenso a la cumbre (hablamos del grupo que vendió más discos sencillos en el mundo en el año 1991), el proceso de producción de sus discos y los sucesivos avatares donde sus miembros ya empezaban a dar pistas de que la historia del grupo y de sus proyectos previos no podía tener un final convencional.
Queda claro, en todo caso, que Higgs está muy informado y toda esa maraña (completada gráficamente) que enlaza a Stonehenge, al Cabaret Voltaire, al movimiento discordante, a Timothy Leary, al pirado de Julian Cope, a los Illuminatus y a unas cuantas piezas oscuras y malditas de literatura apocalíptica puede resultar a veces cargante o a veces excesivamente divagatoria, pero el libro resulta muy ameno, incluso si se le reduce a un mínimo esqueleto de ascensión fulgurante, estancia breve y caída suicida de un grupo actuando en un entorno enrarecido, pero en el fondo, tan pop como uno quiera ver.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Colaboración. Margaret Atwood: Nada se acaba

Idioma original: Inglés 
Título original: Life before man 
Traductor: Miguel Temprano García 
Año de publicación: 1979
Valoración: Recomendable 

 Esta novela, finalista del Governor General’s Awards del 1979, me ha gustado. Exhala sensibilidad, sabiduría y lirismo, la prosa es ágil pero compleja, las escenas, inteligentes y conmovedoras, los personajes redondos... Nos acuna mientras nos traumatiza: la separación no sólo rompe familias, sino personas; los triángulos amorosos se expanden, tres vértices se quedan cortos; nadie logrará jamás conocerte del mismo modo que tú crees conocerte... Es innegable que este libro tiene muchos logros. Y, sin embargo, pienso que su ejecución podría haber sido más acertada. 
 Nada se acaba gira en torno a un matrimonio agonizante. La relación de los casados, Nate y Elisabeth, es cada vez más tensa; atraviesan dudas, rencores, autoengaños, infidelidades, penitencias, incoherencias. Elisabeth estuvo con varios hombres. Nate, después de tener a una amante, se enamora de Lesje, con la que empieza una aventura. 
 Los pensamientos de los tres personajes principales son fascinantes, pues son muy humanos. Empatizamos con ellos. Además, fluyen orgánicamente. En un capítulo, por ejemplo, Elisabeth banaliza el que Nate vaya a dejarla, mientras que más tarde admite que no quiere ser abandonada. O Nate, que ama a sus hijas, va a reprocharles que son lo que le ata a su mujer. Lesje se da cuenta, demasiado tarde, de que prefería la rutina de alguien a quien no quería a las incertidumbres que surgen por estar con Nate. 
 Sus conflictos tienen repercusión, y ellos lo saben, de modo que no siempre toman decisiones egoístas, como haría un protagonista de Ray Loriga. Encima, tienen el dilema de no saber qué es justo, pues no comparten la definición de esa palabra, los matices y los intereses lo relativizan todo. 
 Lo que les pasa a estos personajes es que no dejo de verlos como eso mismo; no son personas. Todo lo que dicen, piensan y sienten parece trascendente. Son muy humanos, ya lo he dicho, pero monotemáticos: tristeza, dolor, angustia, melancolía... ¿Acaso una persona no puede experimentar más cosas? ¿Por qué nunca logran nada sin sentir inmediatamente culpabilidad o arrepentimiento? Sólo podemos empatizar con la parte del espectro sentimental más emo.
 Y, ya puestos, ¿sus diálogos y acciones deben ser tan solemnes, tan descaradamente significativos? ¿No pueden respirar, tomarse un café o darse un baño, sin que eso sea tan imprescindible, tan memorable? Son personajes, no personas, porque no hay nada de banal en ellos, nada de cotidiano. 
 Creo que la autora podría habernos hecho padecer más por ellos si no nos hubiera anestesiado con más de 400 páginas de lo mismo, de vulnerabilidad, de sufrimiento, y si hubiera puesto un marcado contraste entre esos momentos oscuros y algunos más felices.  
 La mayoría de secundarios desfilan con la cabeza bien alta. Cada uno de ellos es relevante para el argumento, y muchos son meticulosamente caracterizados. Muriel, la tía de Elisabeth, es mi favorita: está definida desde el principio y aún y así es imprevisible.
 Acabaré diciendo que es la primera novela de Atwood que leo y que, pese a lo que he señalado, me ha despertado el apetito. No voy a esperar mucho antes de hincarle el diente a otra de sus obras, pero no voy a mentir: cruzaré los dedos para que haya algo más de alegría e intrascendencia en sus personajes, además de variedad en el tono global del libro. Mis exigencias se deben a que no veo a ésta escritora, pese a no haber tenido más que una toma de contacto con ella, como puro entretenimiento (al fin y al cabo es candidata al Premio Nobel, y eso sigue significando algo, ¿o quizás ya no?), y por eso me gustaría disfrutarla en su plena potencia. Aunque claro, tampoco es que un mindundi como yo esté necesariamente en lo correcto... 

Firmado: Oriol Vigil

jueves, 21 de septiembre de 2017

Reseña a cuatro manos: Llorenç Villalonga: Bearn o La sala de muñecas

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1956
Valoración: Muy recomendable

La literatura española de posguerra (digamos las décadas de los 40 y 50) se encontraba dominada por obras de marcado carácter realista. Ejemplos claros son "La sombra del ciprés es alargada" o "El camino" (Delibes), "Nada" (Laforet), "Jarama" (Sánchez Ferlosio) o "La familia de Pascual Duarte" y "La Colmena" (Cela). De ahí que la publicación en 1956 de "Bearn o La sala de muñecas", obra culta y refinada de marcado carácter proustiano y absolutamente a contracorriente de las modas de la época, pasase practicamente desapercibida a nivel de público. Se trata de una obra, al parecer, inicalmente redactada en castellano para, con posterioridad, ser traducida por el propio autor al catalán, aunque a un catalán que escapa al canon fijado por la filología barcelonesa pues no renuncia, especialmente en los diálogos, a su variedad salada e informal, propia de los hablantes baleares.

Para entender el origen y el estilo de "Bearn" hay que dedicar unas líneas al autor. Mallorquín, aristócrata y procedente de una familia de "rancio abolengo", Villalonga forma parte de los ganadores de la Guerra Civil, milita en la Falange, ejerce la psiquiatría y frecuenta el Circulo Mallorquín de Palma, la institución donde sólo eran admitidos las gentes de "buena familia" y que todavía hoy en día arrastra una agonizante irrelevancia en la vida social de la capital balear.

Todo esto nos lleva a "Bearn o La sala de muñecas", crónica de la decadencia de un mundo o de una forma de ver el mundo y reflejo de las dos españas de las que hablaba Machado. Estamos en la segunda mitad del XIX (época de inestabilidades políticas en el interior y en el exterior, época de grandes descubrimientos), estamos en la Mallorca interior (alejada por completo de la imagen recurrente de la isla) y estamos ante los últimos representantes de una larga estirpe. Estos representantes son el matrimonio formado por don Antonio de Bearn y su prima doña María Antonia y es el capellán de la Hacienda, don Juan Mayol, quien, en forma epistolar, se encargará de narrar esa decadencia. La narración recrea minuciosamente esa tensión entre una sociedad agrícola, devota, ensimismada y dominada por la aristocrácia y la Iglesia Católica y la aparición de las nuevas Ideas basadas en la Razón, el materialismo, el positivismo científico y las nuevas aplicaciones e instrumentos tecnológicos.

Don Antonio de Bearn, prinicipal protagonista de la novela, es un hombre enigmático, desconcertante, amante de ensueños y desvaríos, capaz de azotar a los trabajadores de la Hacienda y de reverenciar a Diderot o a Voltaire, dócil en apariencia, irreductible en el fondo. Su esposa, doña María Antonia, por contra, destaca por su aparente sencillez y su gran capacidad de adaptación al entorno. Entre ambos está Xima, sobrina de los señores, tercera en discordia y con un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos. Desde la atalaya de su posición -nobles y arruinados- se comportan conforme a sus convicciones, prejuicios y tradiciones: su condición es ser servidos por un pueblo de gentes pobres, ignorantes, toscas, incultas e intrasigentes, con los que conviven y a los que parecen observar y tratar con la misma actitud disciplente y distante que los visitantes de un zoológico, y a los que el autor no otorga ni una pulsión de rebeldia sino una complacida sumisión.

El narrador, el capellán Juan Mayol, criado desde niño por los señores, será quien nos presente los hechos, quien trate de interpretar las acciones de los personajes y quien nos traslade una visión de Bearn (hacienda, no Bearn lugar) como paraíso perdido. Aunque durante todo el relato no deja de insinuarse un lazo más estrecho que el de la mera adopción por parte del Señor, la figura de este narrador atormentado y ambiguo nos ofrece una mirada muy viva a la moralidad y cultura (entendida como forma de relación entre los individuos) de esa sociedad, en la que unos pocos lo podían absolutamente todo y todos los demás debían limitarse a sobrevivir en unos límites -mentales y materiales- tan estrechos como arbitrarios. Un mundo del que Villalonga es absolutamente consciente y del que, por tanto, no hurta a los lectores su irremediable inoperancia y caducidad.

En el primer párrafo decimos que se trata de una obra culta y refinada de marcado caracter proustiano. ¡Que esto no desanime a posibles lectores, ni mucho menos! Decimos culta porque la obra está plagada de múltiples referencias culturales y filosóficas, refinada porque transmite una sensibilidad especial y proustiana por ese continuo recurso al recuerdo y la evocación de un mundo y un tiempo posiblemente perdidos para siempre.

Pese a estos adjetivos que adjudicamos a la obra, no penséis que se trata de una obra "aburrida". De hecho, admite desde interpretaciones sesudas al estilo novela psicológica o novela filosófica hasta interpretaciones más "banales" como la de novela negra (¿crimen?, ¿celos?, ¿pasión?) o la de novela histórica (el París del Segundo Imperio, la Roma de León XIII, la primera República Española, etc). Es, de hecho, una lectura entretenida, reveladora y grata, el retrato de un mundo fenecido con un estilo ágil, mundano y rico y con una perspectiva lúcida y profunda. Por lo que al llegar a la última página, tanto la parte vasca como la parte mallorquina de esta reseña a cuatro manos lo hacen con la sensación de haber disfrutado de "Bearn" y de tener su lectura por muy recomendable.

Fdo: Carlos Ciprés y Koldo CF

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Gabriel Rodríguez García: Hasta la última suela

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: está muy bien


Aquí donde ustedes (no) me ven y, sobre todo, mi cuestionable forma física, yo también tengo mi pasado más o menos remoto de aficionado a la montaña, como es preceptivo en algunos lugares. Pero he de confesar que a mí lo que más me gustaba de la actividad montañera  era darme un garbeo entre hayedos, vacas y flores y luego comerme el bocata en buena compañía, más que hacer cima y, tras la foto y el pis de rigor, bajar otra vez a toda pastilla (no digo ya subir corriendo en plan Kilian Jornet, como se estila ahora). (*)

¿A qué viene este párrafo nostálgico y, lo reconozco, totalmente prescindible, como pensarán muchos de ustedes? Pues a que el autor de este libro de relatos, Gabriel Rodríguez, sí que parece ser un montañero merecedor de tal nombre, uno que se dedica a subir montes con más vocación y, sin duda, por razones más profundas y elevadas (valga la paradoja). Como además es escritor, ha tratado de plasmar estas motivaciones y sensaciones en una serie de relatos que se desarrollan, claro está, en plena montaña, protagonizada por unos personajes que, al menos en principio, tampoco se dedican a subirlas  para comerse el bocadillo arriba (con lo rico que está...).

Los cinco relatos componen en conjunto un panorama de diferentes épocas y variantes del alpinismo. Desde el viejo asturiano que recuerda a los pioneros de tal actividad en su pueblo, cuando él era guaje -por los tiempos de la República-, a la adolescente contemporánea enganchada a la escalada de paredes en vertical. Los otros tres cuentos de desarrollan en diferentes puntos del "camino del alpinista", por decirlo así: los Picos de Europa -vertiente lebaniega-, los Alpes y, por fin, uno de los ochomiles más legendarios: el Annapurna. En todos ellos el aspecto técnico de la escalada juega un papel fundamental en la narración; ahora bien, esta circunstancia, y el uso de una jerga tan específica no debe arredrar a los desconocedores de la misma. De hecho, los relatos que a mí más me han enganchado y mantiene, creo, mejor la tensión narrativa, son Las huellas de Gretti (no, no del Yeti) y Here comes the sun, que prácticamente lo único que cuentan es sendas escaladas  y no mucho más -sobre todo el primero-. Los personajes, no obstante, también han resultado muy logrados: una mención merece, por ejemplo, Koldo, el viejo tabernero bilbaíno que aparece en el último relato, Que el fin del mundo te pille bailando.

La pregunta podría ser: ¿Ha conseguido Gabriel Rodríguez dilucidar la razón por la que tanta gente se ve impulsada a subir a sitios donde se juegan la vida y en los que las circunstancias ni siquiera les permiten recrearse a contemplar el paisaje? Pues quizás no, pero no importa mucho: lo que deja claro el libro es que la causa es lo de menos; lo que importa es lo que se hace y no el por qué.  El formar parte, además, de una cordada de escaladores, desde que se comenzó a subir montañas sin tener obligación de hacerlos, de una cadena de historias, algunas ya convertidas en leyenda, que posibilitan que se puedan escribir libros como éste. El vivirlo con libertad, sobre todo.


(*)Quiero aprovechar para expresar mi admiración por don Carlos Soria, que si no es el alpinista y el deportista más grande que hay ahora en el mundo, se le acerca mucho.


Otros libros de Gabriel Rodríguez García reseñados en ULAD:Maestro, extraígame la piedra